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Viajes cubanos de José Bianco: apunte y desagravio

  • mar 13, 200816:46h
  • 2 comentarios

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Dos veces —ambas célebres— estuvo José Bianco en Cuba. La primera, en 1961, invitado por Casa de las Américas como jurado del premio de cuento, fue la que provocó la ira de Victoria Ocampo. La directora de Sur publicó una nota en la revista desmarcándose públicamente del turismo revolucionario de su jefe de redacción. Al regresar a Buenos Aires, Bianco molesto por la nota, presentó su renuncia. “¿Por qué razón —argumentaba en alguna carta— tenía ella que aclarar que viajé a Cuba a título personal y no en representación de Sur? ¿Acaso hizo una aclaración semejante cuando Murena viajó a Norteamérica invitado por el Departamento de Estado?”.

Bianco dejó Sur después de casi treinta años, y poco después la revista cerró, pero la sangre de aquel desencuentro nunca llegó al río. La Ocampo incluso tuvo la elegancia de legarle el departamento donde el escritor vivió hasta su muerte. (Esas no son cubanas polémicas, sino bonaerenses discordancias ideológicas de clase alta).

El chisme sirve para ilustrar que tampoco los liberales probados fueron inmunes al encanto de la naciente Revolución. Bianco, como tantos otros, participó de la efervescencia de la alborada. En esos años, su entusiasmo era compartido con sus amigos José Rodríguez Feo (también jurado del Casa) y Virgilio Piñera —a quien Bianco había conocido en Buenos Aires e introducido en Sur en 1955.

“Tendría tanto que hablar de Cuba que no sé por dónde empezar —escribió Bianco a su amigo y confidente Juan José Hernández—. En primer lugar de la belleza del país, de la bondad y simpatía de la gente. Es el pueblo más sencillo y amable. A eso se agrega que está contento porque la Revolución se ha ocupado de él, como se ocuparía un padre ejemplar.”

En 1968, el escritor argentino viajó de nuevo a La Habana como jurado del premio UNEAC, en aquella sesión histórica que premió Fuera de juego de Padilla y Los siete contra Tebas, de Arrufat. Esta vez sí se sintió decepcionado por la intolerancia, la censura y la represión que los oscuros manejos que siguieron al premio le hicieron aún más evidentes. Fue vigilado y respiró el miedo de sus colegas. Blas Matamoro recordaba, en uno de esos perfiles impecables en los que no sobra una sola palabra, cómo las conversaciones habaneras de Bianco con Lezama eran sometidas a la atenta escucha de un seguroso disfrazado de empleado del Ministerio de Educación, “con quien Lezama, para no aburrirse, estudiaba de memoria a los peores poetas españoles del siglo XIX, como Grilo y Selgas.”

¿Qué había cambiado entre 1961 y 1968? Básicamente, la ingenuidad de Bianco. Todavía en 1970, en el prólogo a una antología de relatos de Piñera (prólogo, por cierto, del que salen dos de los grandes equívocos para la lectura del cubano: lo kafkiano y lo barroco), el argentino consideraba que la Revolución de 1959 había tenido lugar en el histórico contexto de “uno de los país más corrompidos de Latinoamérica”. Opinión que la revista Casa se ocupó de glosar oportunamente.

Visto con la perspectiva de más de cuatro décadas, todo parece indicar que quien tuvo razón al desmarcarse pronto de aquel viaje político fue la Ocampo, una señora muy culta, elegante, furibundamente antimarxista y poco amiga de revoluciones.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

Foto: Carlos Rafael Rodríguez, José Bianco y Virgilio Piñera (1961) en Casa de las Américas.

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2 respuestas
Comentarios

  • Woland dice:

    Buen texto, Ernesto. Es quizás interesante recordar la postura del maestro Borges, quien se dolía de que la palabra “paredón” estuviera asociada a fusilamientos en la Cuba castrista…

  • Chago dice:

    Interesante.