- feb 26, 2008 • 14:04h
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No hace mucho leí un cuento poco conocido de Lino, “El secreto de Narciso Campana” —lo escribió en Nueva York en 1967, nunca fue antologado en Cuba junto a los relatos anteriores a su vida de “traidor a la Revolución”—, y me sorprendió la liviandad con que Lino narraba la vida cubana. Cierto que esa liviandad ya la habíamos visto también en Virgilio Piñera, pero en Lino no había ni rastros del “absurdo” satírico con que Virgilio captaba la realidad. En el fondo, Novás Calvo y Piñera son parecidos, yo diría incluso que lo que los separa es una telita fina, el mosquitero a través del cual miran con esa “mala” ubicuidad con que miran los desarraigados —”mala” ubicuidad que no les permite contar una historia de violencia como lo haría por ejemplo Hemingway, que parece gozar todo el tiempo de un excelente punto de vista “objetivo” tamizado por oraciones cortas—.
Son parecidos y sin embargo en Novás ni por asomo hay el “platonismo negativo” que le permite a Piñera ver en sus personajes a homúnculos zafados de una “existencia” que rebasa la Historia, como si su “miedo” dependiera de un entramado o mecánica no solamente insular. El cuento de Lino, “El secreto de Narciso Campana”, se remonta a los años 30: “Aquellos nos parecían ya malos tiempos, y muchos andábamos tristes, y algunos componían canciones tristes. La familia de Narciso había quedado regada por la isla.” Después de recibir una golpiza, sangrante y dando tumbos, Narciso va a parar a los arrecifes de la Chorrera, y días después, luego de deambular por las fondas de la ciudad, encuentra junto al mar una cartera con un título de chofer de un tal Colomano, que resulta ser un criminal conocido de la ciudad. Narciso decide cambiar de destino, se hace chofer de carros de piquera y adopta la “valentía” como estilo de vida.
En otro de sus cuentos escritos en Nueva York en 1968, “Peor que un infierno” (reconstrucción memoriosa de un relato publicado en una revista cubana veinte años atrás), Lino teje la violencia en un mundo casi familiar, donde alternan insulsos tenedores de libros emigrantes con la familia de un matarife y su hija Rafaela, “llamada Fela, Adelfa y Extrañarrosa”. Uno de los tenedores de libros se ve atrapado en lo que parece malamente una historia de amor, y cuando decide poner pies por medio del lugar —hija y matarife representan la misma entidad amenazante—, un hecho inesperado tuerce súbitamente la narración, como si ya “sobrara” en la historia el “personaje principal”: “Compró la maletita, metió en ella el traje y los zapatos y se disponía a regresar, en sentido contrario, cuando Mauro Rubio (el padre de Extrañarrosa) se le acercó sigilosamente por detrás y le clavó en la nuca el punzón o clavo con que daba la puntilla a las reses en el matadero. Aquello sucedió tan sencilla y prontamente como acabo de contarlo.”
En el ensayo “El pathos cubano”, Novás Calvo intenta explicar las razones del desarraigo nacional, el por qué de una estructura —histórica y psicológica— que no ofrece asideros para un “ser nacional”. Novás anticipa que la ausencia de una “raza autóctona” —a diferencia de otros países de América Latina— hace endeble la empresa de un proyecto nacional. Clasifica a los pueblos americanos en “pasivos” y “activos” según se hayan formado a raíz de “conglomerados militares y conglomerados pacíficos”: los primeros, como resultado de una resistencia autóctona a la “voracidad colonial”; los segundos, al no contar con tal “resistencia”, dan pie a naciones “pobres, dispersivas y débiles”, como Cuba. Novás va más allá y sitúa el “mal” en la amplificación de una “venganza” de los “vencidos” sobre los “vencedores”, dilatada en el tiempo como una amenaza mitológica: “es la herencia de los muertos, que aún sufren, como una oculta profecía talmúdica, los actuales pobladores de la Isla”. Al explicar a los “vencidos”, Lino critica su debilidad expresada en el suicidio: “La vitalidad de un pueblo se muestra en el heroísmo, aun en el martirio, y no en el suicidio”. Aquí, Novás se suma al grueso de los intelectuales de la república, que veían en su presente un tiempo poco heróico y sin ideales, de manera que glorificaban el siglo XIX como un siglo de autenticidad en los valores y la lucha política.
Según Novás, el espacio que los colonizadores han ganado, al no depender de una resistencia, es un espacio debilitado, morfológicamente desprovisto de moldes vitales enérgicos, siendo más bien una “tierra blanda y caliente”, una Isla que sólo acogería a “una familia cansada procedente acaso del Sur de España”, pues “no hay en Cuba espacio para grandes hechos…, empresas difíciles de acometer”. Una Isla así, que hasta en el paisaje se muestra pasiva: —”No existe un terreno quebrado y áspero que lastime nuestros pies. No nos espera la crudeza de un invierno que nos empuje unos contra otros en busca del calor físico y espiritual”—, según Novás no puede dar lugar a un epos civilizatorio: sólo será una “estación de paso” para el inmigrante (drama que la vida del propio Lino reproduciría). El proceso de invertebración, siguiendo su razonamiento, se completará más adelante por la incapacidad de las fuerzas en juego —”elementos aisladores extraños”— en dar cabida o impulso a las “minorías revolucionarias triunfantes”, que en vez de oponerse al poder “se congregaron en torno a éste”. En lo adelante, según cierto discurso “negativista” cubano, el cubano tendrá tres caminos: la dependencia del comercio español, del norteamericano, y la economía parásita que crea el poder a su alrededor. La “masa”, entonces, nacerá sin conexiones con el “ejercicio cívico”.
Tal vez la “economía de medios” de la prosa de Lino tenga su explicación en la imposibilidad de hallar resonancia afectiva profunda en el contexto donde tuvo lugar: su prosa, aun siendo enérgica, no encuentra una realidad ni una psicología convincentes. Hay algo ciertamente “contemplativo” en su mirada de prosista urbano, que asiste al desarraigo sin implicarse a fondo. Ya trae suficiente desarraigo en su cuerpo como para no sentirlo como una caricia metafísica, parece decirnos Lino.
Rolando Sánchez Mejías
Barcelona




Rolando, me has recordado cuando conocí la obra de Novás gracias a tu prodigiosa biblioteca de 2 filas -lo mejor siempre en la fila de atrás.
Es interesante la explicación de Novás sobre nuestro drama nacional, básicamente lo que describe con sus palabras es el Karma. La Isla como una especie de celda de castigo y purgatorio.
Quizás todo el desmadre vivido nos ayude a acrisolar finalmente una nación, luego de aprobar las asignaturas pendientes… el tiempo dirá.