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Ya es historia

  • feb 20, 200819:12h
  • 8 comentarios

Aunque se sospechaba que de un momento a otro, en vísperas de la nueva integración del parlamento cubano, el 24 de febrero, Fidel Castro abdicaría de algunos de sus cargos, la noticia le puso los pelos de punta a no pocos en la isla.

No era para menos. El 70 por ciento de la población cubana nació bajo el poder omnímodo del anciano guerrillero, un fósil de la Guerra Fría que ha regido los destinos del país como si fuese una finca familiar.

Castro ha estado siempre detrás de todo. Desde enseñar a leer a cientos de miles de analfabetos en 1960, prometer llevar la salud y la educación gratuita al alcance de todos o colocar a Cuba como una de las diez potencias deportivas del planeta. De sus errores políticos y su mal manejo de la economía se pudieran escribir varios tomos. Entrenó en la isla a guerrilleros de medio mundo. Llevó la subversión a varias naciones de América y Africa, con guerras costosas como las de Angola y Etiopía en 1975, pero antes en Argelia, Congo, Guinea Bissau, incluso en Asia y el Medio Oriente. Los tanquistas cubanos intercambiaron duelo de artillería con tropas israelitas en 1973, durante la guerra de Siria con el estado judío.

Además de despilfarrar los escasos recursos de la exigua economía local, ya en 1962 había puesto a Cuba al borde de una guerra nuclear, cuando aceptó tropas y armas atómicas rusas en el territorio nacional. Para muchos fue un aventurero impredecible, para otros, el tipo bravucón que sacaba de quicio a los gringos. Tal vez ambas cosas. Eso sí, carismático y super locuaz. Mucha gente lo apoyó en esos primeros años y lo siguió a guerras que con el paso del tiempo se antojan verdaderas locuras.

Fueron pocos los que se detuvieron a analizar los desvaríos del líder. Si una mañana decía a sembrar plantas de café en las afueras de La Habana, allá iba la gente, a ritmo de conga. La economía fue su asignatura pendiente. Su mentalidad guerrillera no concebía que los niños necesitaban juguetes más de una vez al año y que una persona no era pequeño burguesa ni tenía flaquezas ideológicas por querer tener unos blue jeans, gustarle los Beatles o poseer dos pares de zapatos.

El comandante creaba un plan tras otro, algunos descabellados, como el experimento en el poblado pinareño de San Julián, de fundar una sociedad comunista o el que permitió inundar la isla de plátanos microjet en la etapa dura del período especial. Casi todos fracasaron, o el líder máximo se aburría y pasaba al próximo proyecto. Su capacidad de inmiscuirse y querer saberlo todo es proverbial. Desde dirigir la guerra de Angola en una oficina de La Habana hasta calcular la cantidad exacta de bombones que tocaba a cada soldado en las trincheras africanas.

Ya en los últimos años hizo publicidad al chocolatín y ordenó repartir ollas arroceras y neveras a los cubanos, en un intento por disminuir el consumo eléctrico. Jamás en país alguno un presidente atendió tantos asuntos. Quisquilloso y ególatra, astuto y malhumorado, Fidel Castro ya es historia. Sus partidarios son cada vez menos: 7 de cada 10 cubanos desaprueban su gestión.

En la mañana del 19 de febrero de 2008, la gente de a pie tomó con calma la noticia. Cansados de campañas revolucionarias, marchas y consignas, los cubanos dudan que el próximo presidente, que se espera sea su hermano Raúl Castro, de 76 años, no sea una continuación de su política. Es decir, más de lo mismo. Pero también hay un resquicio para la esperanza.

Algunos como Juan Oñate, 44, obrero, cree que aunque nada cambie, “al menos Raúl habla menos y no está presente tanto en la vida de los cubanos como Fidel”.

Otros como Olga Tápanes, 27, ingeniera, esperan “que Raúl mejore la situación alimentaria, que junto con el transporte son dos de los grandes males existentes en el país”.

Los disidentes no son tan optimistas. Martha Beatriz Roque Cabello, presidenta de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, piensa “que todo no es más que una vulgar sucesión”. Oswaldo Payá Sardiñas, gestor del Proyecto Varela, ve con cautela la nueva movida de Castro. Para los periodistas independientes Reinaldo Escobar y su esposa Yoani Sánchez, nada cambiará. “Están ganando tiempo, habrá intentos por mejorar la alimentación y calidad de vida de los cubanos”, señalan, pero tienen dudas respecto a cambios profundos en la economía y en materia de derechos humanos.

Los hay esperanzados, como el economista Rogelio Ruiz, 53, que opina que el gobierno adoptará el modelo chino, flexibilizará los viajes al exterior, permitirá que los cubanos puedan alojarse en hoteles de primera y eliminará el CUC, la moneda que representa a la divisa fuerte y la que posee valor real. De momento, Raúl Castro, que habla mal y poco, no ha dado muchas pistas.

Hace años dijo que los frijoles eran más importantes que los cañones. Y en el discurso del 26 de julio pasado retomó el tema de la alimentación y alentó a aumentar la producción de leche fresca. También Raúl es consciente del problema de una economía regida por dos monedas, entre otros males. Pidió calma y alegó que el partido no estaba ajeno a esos fenómenos y lucharía por resolverlos.

Pero ya la calma escasea. Tras casi 50 años de pobreza material y penurias, la paciencia se agota y la desilusión aumenta. Las encuestas internas realizadas por el partido comunista reflejan que la popularidad de los hermanos Castro y de su sistema político cuenta con menos del 25 por ciento de apoyo de la población.

Este 19 de febrero pudiera ser el principio del fin. Sin embargo, para el cubano medio las buenas noticias siguen siendo la posibilidad de emigrar al extranjero o de que un familiar o amigo te pueda enviar 100 dólares, o mejor aún, 100 euros. Eso sí, la gente está consciente de que ya nada será igual después del supermartes cubano.

Todo parece indicar que Fidel Castro, siempre pendiente de fechas y simbolismos, escogió ese día para oficializar su renuncia porque un 19 de febrero, en el 2000, en Mangos de Baraguá, Manzanillo, el gobierno celebró una tribuna abierta dedicada al litigio por la devolución del niño-balsero Elián González. El acto concluyó con la lectura por el presidente cubano de un documento que quedó conocido como Juramento de Baraguá.

Si aquel acto marcó el inicio de la “batalla de ideas”, ocho años después, en el mensaje publicado en el periódico Granma este19 de febrero, Castro confiesa que hubo que preparar psicológicamente al pueblo para su ausencia.

El trabajo de la maquinaria del partido para que los cubanos se acostumbraran a que Castro no era imprescindible, demoró año y medio, desde el 31 de julio de 2006 a la fecha.

Si los cambios que pronostican algunos optimistas en la Isla y en el exterior se suceden a ese ritmo, entonces habrá que seguir esperando. Y si algo saben los cubanos es esperar.

Iván García Quintero
La Habana

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8 respuestas
Comentarios

  • tania dice:

    BBJ, tienes razón, el Pacto del Zanjón se firmó el 10 de febrero de 1878. Lo que ocurrió un 19 de febrero, y del 2000, fue una proclama que lanzó el gobierno con el nombre de Juramento de Baraguá. Pero la culpa es mía porque Iván, que es mi hijo y me dictó el trabajo por teléfono, me pidió que verificara el dato, pues se había guíado por un libro viejo de historia y yo, con la premura, no lo hice. En mi blog lo voy a poner, arreglado.

  • HR dice:

    Soporifero, no te entiendo!

  • Fantomas dice:

    Fidel repartio ollas y bombillas , Raul repartira gratis pintura de uñas, de labios y chancletas

  • misha dice:

    soporifero , no te cansas de la misma bobá?

    Cánsate compadre del saquito de mierda.

  • Anónimo dice:

    Y no lo absorvera.

  • Soporifero dice:

    Lo que tiene en la mano no es el jarro de mierda de su propia caca, la que habla logicamente?

  • BBJ dice:

    Creo que el pacto del Zanjon se firmo el 10 de febrero de 1878, no el 19 como dice el escrito

  • sergio dice:

    Bueno, si eliminaran el CUC y dejaran el peso que no sirve, no se resolvería nada tampoco. La cosa es que los cubanos tengan una moneda propia convertible para que se puedan pagar el pasaje al exterior con su propio sueldo, el dia que sean libres de viajar al exterior, o para cualquier otra cosa. Tener una moneda sin valor, es no tener nada. Ahora, está por verse lo que sucederá. Si mientras el palo va y viene, y mientras si son naranjas o son limones, Fidel Castro se va de este mundo, entonces sí podriamos hablar un poquito más en serio de cambios o reformas, o como se les quiera llamar.