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Acosta como Espartaco

  • Ene 21, 200821:54h
  • 11 comentarios

No es ocioso subrayar la carga simbólica. El Ballet Bolshoi en París, en la Ópera Garnier, cuyo telón recuerda la fundación de esa institución en 1669 por Luis XIV, el Padre y el Espíritu Santo del ballet. Invitado del Bolshoi, circunstancia excepcional, el cubano Carlos Acosta, ya había sido invitado por el Ballet de la Ópera de París —otra rareza— para bailar en Don Quijote y La bayadera.

Acosta como Espartaco, en el ballet homónimo. Ya lo había interpretado con el Bolshoi en Moscú y en la temporada londinense de la compañía rusa, algunos meses antes. Desde entonces, los que lo vieron comenzaron a alimentar la leyenda: Acosta en Espartaco supera cualquier imaginación posible, y acaso también cualquier límite teatral.

Espartaco (1968) es otro símbolo, pero del estilo histórico del Bolshoi y de un cierto “realismo socialista” balletístico, desafortunadamente. Todo lo que podemos rechazar de esa estética politizada está ahí. Sin embargo, resultó tan paradigmático que ha trascendido. En una operación alquímica, los “defectos” (lo enfático, lo grandilocuente, la “claridad” apabullante del recuento, la insistencia en el “mensaje”) se convirtieron en “virtudes”, y para nuestro asombro, todavía hoy funcionan como tales, incluso si se trata de un ballet ferozmente comunista. Las fuerzas del “mal” —el “imperialismo” romano— finalmente vencen al esclavo rebelde, pero su ejemplo redentor continuará iluminando a los oprimidos en su eterna lucha contra los opresores.

Sin embargo, el coreógrafo Yuri Grigorovitch —zar del Bolshoi en los “dorados” tiempos soviéticos— logró transformar esta bazofia en una expresión admirable. No sólo porque la obra sea un compendio estilístico, sino porque incluso lo que ha envejecido irremediablemente –sobre todo, los dibujos del cuerpo de baile, los diseños de Simon Virsaladze, para no hablar de la ruidosa partitura de Aram Jachaturian– se transforma en un referente epocal, capaz de trascender lo museístico.
El rol de Espartaco fue creado para Vladimir Vassiliev. Desde entonces, el único bailarín que el Bolshoi ha encontrado para suplir esa interpretación mítica es Carlos Acosta. Se trata de un ballet endemoniado y extenuante a través de sus tres actos, en los que abundan los monólogos del esclavo. Las legendarias dificultades técnicas, caras al sello masculino del Bolshoi, complican además el maratón. Acosta no sólo se las “pasea”, sino que las complica aún más. Su escalofriante virtuosismo es, sin embargo, lo más evidente, aun si Carlos Acosta, el bailarín del siglo XXI de la misma manera que Nijinsky lo fue del XX, acusa la capacidad, rarísima, de fundir los despliegues pirotécnicos con la expresión teatral y dramática.

En este Espartaco, probablemente el rol más significativo de la carrera de Acosta, hay algo más inefable: el misterio del teatro. De pronto, la “realidad” teatral desaparece, y uno se olvida de que se está sentado en una butaca, presenciando un espectáculo, por “emocionante” y “mágico” que éste sea. La frontera entre lo racional y lo irracional desaparece. Hay tan sólo una realidad, la de un hombre, de quien ciertamente nos han dicho que se llama Espartaco, pero del que ya no importa siquiera su nombre o su historia. Es el terreno de la emoción pura, ese inexplicable fenómeno artístico, que sí, pudiera racionalizarse en términos de transmisión de energía entre Acosta y el público, pero, ¿de dónde proviene esta fuerza casi mediúmnica? Dije “de pronto” y casi me arrepiento, ya que tal misterio escaso en el tiempo, se manifiesta durante apenas unos segundos en los que se borra la percepción de las convenciones. Lo más asombroso de este Antonio Maceo es que durante los tres actos, cada vez que está en escena, nos traslada a otra realidad. Y abundan las lágrimas, porque Espartaco sufre, pero también porque en alguna parte del cerebro —esa que curiosamente permanece despierta, como nos enseñó María Callas— se nos avisa de que algo inusitado se ha hecho carne entre nosotros.

El Ballet Bolshoi ha triunfado en París. La compañía que se encargó de engrandecer el arte del ballet visita la cuna de varias tradiciones, y consagra a un cubano, interpretando una obra de la “épica comunista”. La clave de todo esto es una interpretación, la de Carlos Acosta, absolutamente moderna y dotada de un tremendo poder sugestivo y alegórico.

Isis Wirth
desde París

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11 respuestas
Comentarios

  • Isis dice:

    Creo que alteré el orden: crucifixión.
    Disculpas.

  • Isis dice:

    Anoche volví a ver Espartaco con Carlos Acosta, Güicho, y tuvo ese mismo efecto “irreal”, incluso, más apabullante en ciertas escenas, especialmente la que antecede inmediatamente a la cruxificción: se ve el paso a la muerte.
    Pero bueno, creo que sí, es surtout “circasiano”.
    Saludos,
    Isis

  • Güicho dice:

    Se agradece la gestión fotográfica, PD.

    Interesante el zarape soviético de Espartaco. No consigo ubicarlo exactamente, pero creo que el estilo es caucásico, entre circasiano y cabardiano, más tirando para circasiano.

  • mauricio dice:

    Gracias por las fotos. Retiro lo puesto en el primer comentario.

  • ric dice:

    Gracias!

  • pd dice:

    Bueno, ahí tienen las fotos de Acosta como Espartaco, cortesía de Sébastien Mathé, fotógrafo de la Opera de París.

  • Isis dice:

    Gracias, Güicho. Efectivamente, fue lo primero. Sólo tomé una copa de champagne antes.
    Saludos,
    Isis

  • ric dice:

    Pero, Ernesto, ¿cómo va a ser ésa la foto de Acosta, qué dices, hombre? Ni Josephine Baker, que era negra teléfono y se entalcaba toda y se ponía bajo luces klieg para retratar mulata, hubiera logrado eso. Ese pelirrojo tampoco tiene el cuerpo de Acosta. Es casi seguro una foto de publicidad del Bolshoi.

  • pd dice:

    La foto es la que acompañaba hoy en EL PAÍS la crónica de Roger Salas, sí. Otras fotos que me prometió Isis no estarán hasta mañana. Ante la disyuntiva de retener el artículo hasta mañana o sacarlo sin foto e incorporarle la galería de imágenes de la función después, escogí lo segundo. Creo que el de la foto sí es Acosta, sólo que está tomada desde lejos, y con una iluminación, y el maquillaje, y todo eso…

  • Guicho dice:

    No, ese pigmeo no es Acosta, no por el pigmento, porque ahí hasta con talco se resuelve, sino por la baja masa específica del sujeto.

    Isis, tremenda energía que destila esa crítica. O estaba fabulosa la interpretación o te tomaste un coctail de ácido lisérgico antes de salir para el palacio Garnier. Me inclino por lo primero.

  • mauricio dice:

    Pero ese no es Carlos Acosta, a no ser que se haya sometido a un tratamiento de despigmentación de la piel.
    La foto la tomaron de El País, donde la encajaron medio que a la fuerza.