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Clavelito y la República cubana

  • ene 18, 200812:12h
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En la década de 1950 la radio inundó el espacio público de tal manera que atrajo la atención de los políticos por el peligro que implicaba este género de “movilización masiva”. Tal fue el caso del popular Clavelito y su programa, chamán a distancia que recibía miles de cartas y llamadas desde cualquier punto de la Isla, sin contar los cientos de procesiones a la Habana para recibir sus consejos “en persona”. La opinión pública cubana -mezcla de “sentir popular” y rumor inducido desde los medios de prensa por los políticos y empresarios- se dividió en dos: por un lado, los que veían en tales programas (no era sólo el de Clavelito) un retraso en la modernización del país, un mantenerse en las “estructuras mentales atávicas” del siglo XIX y los primeros años del XX; y, por el otro, un “modo natural de vivir en lo cotidiano”, que no tenía por qué herir el desarrollo de la nación en su dimensión económica y moral. Una “comisión de ética” dispuso, en 1952, que no se debía estimular a través de la radio “creencias en pugna con la civilización o cualquier otro tipo de superchería contraria a la moral o el orden social”. Hay que recordar que la radio no sólo servía para “dramatizaciones ficcionales” de este género: los políticos arengaban también desde la radio, y ya pertenece a la “mitología nacional” el disparo que se propinó en el estómago el político Chibás en plena sesión radial, como “advertencia de los males” que aquejaban a la nación y como “salvación de su propia conducta moral”.

El proceso de gestación de la modernidad en Cuba a lo largo del siglo XX nos pone frente a dos niveles difíciles de colocar en un mismo movimiento homogéneo: las estructuras mentales y públicas, por un lado, y los problemas que presentaba la “capitalización” del país desde adentro —formas rurales y urbanas como los “pequeños negocios” y otras formas capitalistas primarias— y desde afuera —la definitiva influencia norteamericana—. Un ejemplo “paradójico” resulta el de los chinos que llegaron a Cuba durante el siglo XX: muchos de ellos, expulsados de Norteamérica, trajeron la banca y se erigieron en “artífices del dinero”, mientras que otros, la mayoría, tuvieron que sumarse a la “masa indistinta de blancos, negros y mulatos” que montaban sus lavanderías y tenduchas y arrastraban carretones de frutas y viandas por las calles de la Habana. (Se creó, así, el Barrio Chino de la Habana. De los 150.000 chinos emigrados entre 1847 y 1874, apenas quedaron vivos el 10%, según un censo efectuado en 1899.)

¿Preparó la República cubana del siglo XX el totalitarismo que vendría luego? Es una pregunta que hoy intentan responder algunos historiadores y “estudiosos del problema cubano”. Para unos, la República, al no cuajar en un proyecto sólido, dio paso al totalitarismo, responsabilizándose a la “débil e irresponsable burguesía cubana” de dicho “trastorno”. Otros ven en el “republicanismo cubano” un proceso aún no maduro, y en gesta de evolución, que fue cortado de golpe por circunstancias más o menos azarosas de la Historia. Incluso hay quien ve en el totalitarismo una etapa necesaria de modernización del país por vías no precisamente económicas, sino más bien “espirituales, morales y políticas”.

La República es un hecho, y más que un hecho, un proceso que tiene su lógica en la historia: en vez de criticarla o denigrarla, quizás sea mejor preguntarnos cómo, a pesar de la inclemente historia de Cuba, a pesar del atropellamiento de violencia, guerras, colonizaciones y pseudo-colonizaciones, pudo emerger una república desde el marasmo del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX. Sucesión de etapas republicanas, inestables, sí, pero de las cuales es posible —además de ser un argumento moral— extraer una lección de civilidad: no la absoluta negación con que se afirma de la República algo poco menos que un desastre. Ni, tampoco, colocarla en un pedestal de modernidad lograda, perfecta, gratificante como nacionalidad conseguida o como aparato expedito de dicha modernidad. (Hay que recordar que la crítica que realizó la burguesía blanca exiliada en Miami, no vio en la república parte del problema que había llevado a la solución comunista, o achacó al mulato Batista la culpa del desastre nacional. La gran etnóloga y cuentista cubana Lydia Cabrera, llegó a decir, por ejemplo, que en Cuba no habían cucarachas y que todos se querían como hermanos.)

Entre los más jóvenes —y entre los más viejos— cunden ambas radicalizaciones. Tanto en el exilio como en la Isla, son frecuentes y peligrosas ambas radicalizaciones, pues se exagera no sólo el pasado, sino también el futuro. Así como se exagerará o aminorará en unos años el “capital simbólico” del período llamado Revolución, hoy se hace con la República, y quizás sea conveniente pensar el futuro como una posibilidad extraída de las lecciones de ambas etapas, que finalmente se anudan una en la otra como caras de una misma moneda, como resultado de un pasado colonial y la confusión entre utopía y destino.

Rolando Sánchez Mejías
Barcelona

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3 respuestas
Comentarios

  • Jose Antonio dice:

    Creo que el esfuerzo Pigmalionico de tratar de eliminar la supercheria de un pueblo, en nombre de civilizacion y modernismo, es tan ridiculo como la supercheria misma.
    En esta constante dicotomia de Republica vs Revolucion a veces el analisis, casi pudiera decirnos que entorpece mas que clarifica y canaliza los extremismos.
    Estos son necesarios, no ya como expresion metaforica de la ideosincracia cubana, sino ya continental.
    Lo mismo aplicaria a un analisis historico de Argentina, del periodo entre Rosas y Peron, y hasta los peronistas de hoy.
    Lo que si tenemos que aprender es lo que nunca nos ha venido bien ni todavia deseamos, bastante del positivismo y lo utilitario como pueblos.
    Clavelito, como los Hippies, los Yippies y demas, tambien es absorbible, dejandolo pasar. Lo que tenemos que aprender es a ABSORBER

  • historiador del futuro dice:

    sin dudas la reflexión de rolando ha tenido como resorte un texto (o autor) al que cita, pero sin darnos la referencia. bien que nos vendría la precisión.

  • luisc dice:

    comparto plenamente la opinión de rolando, la cual entiendo a tono con esa mirada descansada – o leve, al decir de enrisco y franky – que se necesita para dar paso a la modernidad.