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Totalitarismo y origenismo

  • ene 10, 200818:12h
  • 2 comentarios

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Que el totalitarismo cubano, antes de mutar en un totalitarismo-nacionalista y caer finalmente —como suelen caer los totalitarismos— podía tomar una forma fascista o cuasi-fascista, fue una conclusión que nos hizo acercarnos —al menos a algunos escritores de nuestra generación literaria— a lo que entendíamos por “naturaleza del poder”. Habíamos llegado a esa conclusión a través de la literatura, confundiendo, en un mismo nivel, ficción y realidad. Pero precisamente esa confusión nos identificó con una nueva forma de “escepticismo” que fugaba del juego proverbial de contradicciones en el medio intelectual cubano. No creíamos en las soluciones “reales”, digamos “históricas”, con que se dirimía y dirime el “problema cubano”, rasgo que nos colocaba en una tradición del “esceptismo cubano”. Sin embargo, dicho “escepticismo” se derivaba de aquello que fue, para muchos de nosotros, un “revolucionarismo vital”, o la facultad de entender el mundo en función de su futuridad. Escepticismo y “revolucionarismo” son las caras de una misma moneda vital en una generación marcada por un tiempo histórico que coincidió exactamente con sus vidas.

El origenismo, dentro del totalitarismo, nos llegó como anillo al dedo, no sólo para enfrentar a la tradición realista cubana, que a mi modo de ver se había desvirtuado considerablemente al metamorfosearse en un “realismo socialista” o peor, “cuasi-socialista” (al menos el “socialista” estuvo perfectamente dibujado como intención programática, pero este último, al cubrirse de una pátina de literatura, es doblemente dañino). Aquellos años —desde 1985 a 1990— fueron felices, literariamente hablando: se podía vivir en medio de la literatura, de sus energías casi románticas, sin que la realidad interviniera desfavorablemente en el idilio. Había una voluntad de mantener la literatura “a salvo de la realidad”: como “conjunto de signos”, o como capacidad “romántica” de crear, a contrapelo de la vida, un territorio imaginario con sus propias leyes; y por qué no, potencialmente listo para evolucionar, desde algún rincón metafísico de la realidad, hacia un futuro o pasado que lo activaría simbólicamente.

Como contrapunto a esa “felicidad literaria”, estimulada por el conocimiento de una literatura propiamente nacional y anclada en lo universal —Lezama Lima y el resto de los origenistas—, avanzábamos por un camino de “autoconocimiento” en relación con la “condición totalitaria”. Respecto a la literatura, lo más probable es que estábamos confundiendo “experiencia literaria” con “experiencia vital”, pero creo, finalmente, que esa confusión era necesaria como inicio del proceso de indagación sobre la pertinencia de la literatura en un medio totalitario.

Los escritores de Orígenes —y sobre todo Lezama— habían podido articular tradición, ethos y literatura en contextos tan distintos como la Cuba pre-revolucionaria y la post-revolucionaria —sin que aparentemente el Lenguaje se modificara, emergiendo del “vacío republicano” para caer en la “plenitud de la imagen encarnada en Revolución”—. Su experiencia “cultural” nos pareció también una experiencia “histórica”, de la cual se podían extraer no pocas enseñanzas.

Aunque, mirándolo bien, como neo-origenistas también éramos, de cierta manera, algo así como los egresados del Mundo Metafísico, paseándose con la gravedad que faculta ese género de patología de la imaginación, dividido y único a la vez, rehén de la Literatura y del Estado. (Para poner un ejemplo caricaturesco, si llovía, no era precisamente que cayera maná del cielo, pero algún símbolo discreto podía pescarse en medio del fango. ¿Acaso la literatura no era un medio de “salvación”?).

La distinción de “intelectual orgánico”, del pensador italiano Antonio Gramsci, nunca pudo ser aplicada a nuestra generación. Por supuesto que las generaciones anteriores, más involucradas en la Revolución, pueden adjudicarse el calificativo con mejor integridad; pues en verdad se entregaron a la vida política con devoción, si se entiende por vida política el haber aceptado “funcionar” como intelectuales en un medio que no reconocía esa función como un ejercicio de libertad, ni siquiera como un contrapunteo entre Estado e intelectual.

Que un hombre de letras como Lezama Lima, un poeta docto, se haya confundido de lugar, colocando en un mismo plano la vida del país y su Sistema Poético, postula una “organicidad” intelectual novedosa. El novelista Alejo Carpentier, sin embargo, procuró ser más atinado en su “organicidad”, no colocando “lo real maravilloso”, su teoría estética, en el espacio público que aceptó como Revolución. Carpentier provenía de la “generación del 30″, y su concepto de “vanguardia política”, aunque refrendado por variadas tesis sobre el papel de la cultura en la sociedad, se mantuvo a una distancia saludable de su “teoría de la novela”, excepto en su peor obra de ficción, La consagración de la primavera.

Lezama nunca volvió a repetir los entusiasmos de la década de 1960. Se enclaustró en su casa de Trocadero y sublimó su idea del Estado en relación con la imaginación por vericuetos menos escrutables. En su ensayo de 1959, La imagen histórica, la imagen (imago) nunca es tratada en relación directa con la diversidad mundana, sino más bien sostenida, como escarceo potencial, entre dos polos huecos, más que mentales metafísicos: “reducción hacia un centro, o por el contrario sobre la infinidad, hacia la fiesta de la diversidad o hacia la desolación, para que esplenda removiendo el acto”. Para destruir aquello que Lezama nombra hybris como sinónimo de diversidad, en contraposición a la “simple y monda extensión”, Lezama supone un ser “actuante”, que sería un “estado previo al ser”.

Yo no sé lo que estaba leyendo Lezama por esos años, si era a Heidegger y Santo Tomás y Vico, casi indistintamente, pero lo cierto es que su teoría de la “imagen histórica” borra la historia nacional, justo en un año -1959-. Lezama fue un “visionario” a posteriori de los hechos, y por tan mínimo tiempo que no pudo consolidar su posición “visionaria”, como sí hicieron otros “origenistas” más duraderos, y más “oportunistas”, en el tiempo. Cuando Lezama muere en 1976, sus “visiones” se habían convertido en un barroco menos grandilocuente, una escritura rasposa —sin Sistema Poético—, que fue la que tardamos en descubrir. Era la escritura de un hombre herido, y no sólo por la letra. El poeta docto, el hombre de letras, se había trocado, por efecto de la vejez, la enfermedad y ostracismo, en un “visionario” de su propio cuerpo.

Rolando Sánchez Mejías
Barcelona

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2 respuestas
Comentarios

  • César Reynel Aguilera dice:

    PolO,

    Parafraseando a Mariana en un sentido que hemos querido evitar:

    !Empinémonos!

    Saludos

    C.

  • PolO dice:

    Tremendo tabaco. Tiene la misma frescura y amenidad que una clase de marxismo-leninismo a las 2 de la tarde, sin aire acondicionado, en un aula de hormigon prefabricado, y con dos croquetas “cielito lindo” attravezadas en mi estomago traumatizado.