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Muere Yorkshire (Cuento navideño)

  • Dic 24, 200700:45h
  • 2 comentarios

Tropecé con él dos veces en inglés antes de acomodarnos uno frente al otro sobre el piso alfombrado del ferry (sólo boletos de subida, sin derecho a camarotes), recargados sobre nuestras mochilas, hablando ya en español.

“Es la historia de una traición —optó por franquearse en un momento de la larga noche, el Mediterráneo afuera. —No he dejado de pensar en ello todas las navidades entre aquél año y éste. Mi padre y yo traicionamos a alguien que habíamos acogido en nuestra casa, dado cobijo. Como esos caballeros que se detenían a pernoctar en una posada y al caer la noche eran asesinados por el posadero y su hijo…”

Me llamaron la atención su acento, el tipo de palabras con que pensaba, los vidrios de sus lentes, azules. Asentí sin decir palabra; él continuó su historia:

“Seguí a mi padre en la luz blanca de mi emoción, que ahora, años después, me hace ver algo imposible: a mí mismo desdoblado —una ristra de muchachos de la edad que tenía entonces— avanzando en la oscuridad por el jardín de mi casa, cargando todo lo necesario para la faena. El primero de esos muchachos con la jofaina para la sangre, el segundo con una cuerda gruesa arrollada que le cuelga del hombro, un tercero con un mazo y el último de ellos tan sólo con la mirada con que los niños ven salir la sangre de un animal al que le clavan un cuchillo en el cuello. Todos planos, todos llevados hacia atrás, elongados por la luz blanca de la linterna con que mi padre alumbraba el camino y hacia delante por la curiosidad y por el impulso de mi padre, la certeza con que buscaba encandilar a Yorkshire…”

“No me había interesado antes en él, lo había visto fieramente y desde un primer momento como un cerdo a sacrificar. Sin sentimientos encontrados sobre su estancia en la casa de juegos del jardín. Toda mi ansiedad aunada en un solo haz, percibiéndolo no en su estado temporal de cerdo rosado, sino en el futuro y crujiente de animal empalado. En todas las casas, en los enormes patios de aquellas casas, en los años setenta. Todos congelados en una danza frenética en el segundo que me izaba para verlos por sobre los muros del patio. A los músicos que se reunían desde temprano, faltándole al cerdo (un yorkshire o cualquier otro) tres o cuatro horas sobre las brasas, allá en Cuba… Músicos que en mi recuerdo veo perfectamente en trajecitos negros como esos violinistas judíos o zíngaros contratados para tocar en bodas pero que allá en Cuba eran mecánicos o electricistas, profesiones nuevas o relativamente nuevas. Todos formando una imagen ingenua, como suabos sobre un lienzo. Envueltos en la luz amarilla de la tarde en que comían, mondaban con fruición los huesos de otros yorkshires, se acomodaban luego con las barrigas llenas en los patios de sus casas, en sus jardines”.

“Mi padre no había planeado una fiesta así, no ese año de la peste (la plaga porcina que azotaba la isla); pero igual debía darle muerte a Yorkshire. Una muerte calculada de la manera más cruel por la mente de un hombre joven y práctico. Lo había salvado de la hoguera en que eran incinerados sin misericordia, sabiéndolo no apestado; lo había dejado vivir como a un caballero en el jardín de una de esas casas californianas (aunque no fuera California), grandes y confortables, con garajes para dos y tres autos. Cómodamente instalado en la preciosa casa de juego, de madera cepillada y pintada de azul, una casa de muñecas en tamaño real, mientras los yorkshires, afuera, morían en masa: una fiebre aftosa, una suerte de peste porcina que adelantaba, ahora lo pienso, nuestra próxima caída en masa o desaparición… Yorkshire no vería aparecer al hombre del delantal de hule, no sería incinerado con toda la piara: fue ocultado, salvado de la peste para morir de otra manera, indolora.”

“Un matarife estaba excluido porque alertaría a las autoridades sanitarias. A una matarife habría que darle (para acallarlo) toda la sangre de Yorkshire, toda una pierna quizá: el dinero sobraba y no había nada que comprar con él. Un hombre joven, una persona con conocimientos de medicina como mi padre sabría hacer él solo la faena. Bien, ayudado por mí.”

“Mezclaría con la comida, le daría de beber algún somnífero (¡a un puerco!). Lo sorprendería dormido, buscaría fácilmente, sin forcejeos, la carótida con dos dedos aplicados a su compacto cuello, lo encandilaría en última instancia con la luz de una linterna, lo atontaría, previamente (y también) con un mazo…”

“Veo a uno de esos niños, a uno de mis yos (el más excitado) adelantarse, desprenderse de la estela para observarlo todo fijamente antes de pasarle a mi padre el mazo… Mi padre lo sostuvo en alto, lo dejó caer con fuerza sobre la frente de Yorkshire. Que dormía, pero no bajo los efectos del somnífero, sino como lo hacen los cerdos: que ronzan por el día y duermen por la noche.”

“Lanzó un alarido terrible. No el típico chillido de un cerdo, no, el alarido de alguien traicionado, despertado en mitad de la noche, alevosamente, atacado por un amigo. No el simple chillido de un animal que teme morir. Mis oídos captaron una queja más profunda, un tono casi humano. Pero se recuperó al instante, Yorkshire. Como un caballero que ha sido traicionado por su mesnada en su propia tienda y salta sobre sus rollizas patas y bufa e intenta desesperadamente echar mano a sus armas; en el caso de un caballero, alguna espada con empuñadura de oro y pedrería; en el caso de Yorkshire, correr chillando de manera que mi padre, comprendiendo la gravedad de su error (no sólo había calculado mal la dosis del somnífero, habiendo equivocado también el peso de mazo que rebotó elásticamente contra la dura testa de Yorkshire…), de manera que mi padre, entendida a fondo la torpeza de su plan.”

“Permaneció de pie con los brazos caídos y el semblante de un cirujano al que se le escapa un paciente entre las manos: el secreto del cautiverio de Yorkshire limpiamente cercenado por sus chillidos, puesto en alerta todo el vecindario. Por lo que debió contratar a un matarife a quien hubo que darle (como temía) una pierna en pago (y también la sangre).”

“Sobrevivió Yorkshire esa madrugada. Ascendió por las horas de ese día aún vivo, mientras mi padre buscaba desesperadamente al matarife. Murió en una fecha imprecisa de finales de diciembre. ¿No hubiera sido mejor para él morir aquella madrugada, ser limpiado con un cuchillo muy afilado y agua hirviente, como seguro aún se sigue haciendo; girar empalado hasta dorarse en el centro de la atención de los músicos, los niños, los hombres maduros con sus esposas?”

—Hasta ese día, sabe… —se echó hacia delante mi interlocutor, hizo avanzar su rostro sobre sus piernas sin dejar por ello el cono de sombra— no lo había visto así. Fue la manera que tuvo de defenderse…

—He pensado lo mismo —lo interrumpí—. Sobre los toros. Ante al trance de morir en la penumbra de un matadero, puesto a escoger, ¿no escogeríamos todos morir bravamente a la vista del público? Mucho mejor, ¿no cree? A ser ultimados oscuramente sobre el piso de un rastro. He pensado en eso…

— ¿Le he hablado yo de toros? —saltó molesto (era un hombre de unos cuarenta y cinco años)—. ¿Qué tienen que ver los toros con esto? ¿Pero usted de dónde es? ¿Es cubano?

Escogí no responderle.

José Manuel Prieto
Nueva York

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2 respuestas
Comentarios

  • anónimo dice:

    Sí, un muy buen cuento. Maite, me has hecho recordar lo que decía Churchill: ” Dogs look up to men, cats look down on them but pigs just treat us as equals”.
    ¡Feliz Navidad! a tí, y a todos!.

  • maite dice:

    Muy buena la historia, es cierto que los cerdos tienen algo que les acerca al hombre, he leido articulos sobre la semejanza celular que existe, una proximidad increible…muchas gracias a José Manuel Prieto, un placer leerlo.
    Las navidades en La Habana las recuerdo siempre, en mi casa, no se dejo de poner el àrbol de Navidad, sin pesebre, y sin el pavo relleno de Navidad. El nacimiento,no se ponia -mis padres no eran catolicos- los ponian mi abuela y tia que eran muy catolicas, me encantaban las figuritas de los animales, los reyes magos…recuerdo muy pequena, ir a la Iglesia de k y 25 donde ponian unos àrboles de Navidad enormes, y a la Iglesia del Carmen con mi abuela. La cena el 24 era pavo relleno, o guanajo, como se le dice en Cuba también…en la casa de mi abuela, en el patio, aquel arca de noé, que nos salvo de la falta de proteinas, se engordaban dos, que luego eran sacrificados para la cena familiar.
    Naci en 1963, y recuerdo en la bodega “la cesta” , que aun antes del 70, el “emperador” ofrecia a sus sùbditos, turrones, vinos, uvas…racionados, pero los cubanos aun teniamos derecho a una cesta navidena.
    En el 70 se acabo la navidad por decreto…
    Un dirigente del Teatro escambray, por los comienzos de los 80, llego a casa de visita con una amiga, y al ver el arbolito de Navidad, me dijo en tono policial…
    – y uds son creyentes ? le dije -no, es una tradicion familiar la fiesta de navidad, y siempre la hemos celebrado, con lo que hubiera a mano para comer…
    Como siempre los personajes ideologizados,
    que no son màs que caricaturas presuntuosas,
    trato de hacer su discursito…pero en casa estàbamos bien enterados que la tradicion del àrbol, es pagana, anterior al cristianismo, y se celebra en familia la llegada del invierno o el nacimiento de Jesus, o los dos o lo que ud quiera…
    Feliz Navidad a todos ! y mucha felicidad y cosas buenas para el 2008…!!!!!!