- dic 22, 2007 • 00:01h
- 6 comentarios
00:00/00:0000:00
Maurice Béjart, el coreógrafo de este Bolero, murió hace exactamente un mes, en Lausanne, Suiza. Suya es la versión más exitosa -si no la única que expresa con una fuerza espectacular lo esencial de la partitura-, de las 24 que se han hecho sobre la obra de Maurice Ravel, estrenada en 1928 (¡un 22 de noviembre!) en la Ópera de París, con coreografía de Bronislava Nijinska (la hermana de Vaslav), por encargo de Ida Rubinstein, bella y rica diletante rusa que podía pagarse sus sueños.
Ya el Bolero original de Nijinska ponía a Rubinstein en una gran mesa, rodeada de hombres, deseosos de hembra, hasta que el éxtasis se transformaba en violencia y la cosa acababa en un duelo de cuchillos.
La primera puesta en escena de Béjart, en 1961 para el Ballet del Siglo XX en Bruselas, retoma esa idea; o sea, una mujer (Douchka Sifnios, quien lo interpretó en Cuba, en el Teatro García Lorca en 1968, durante la primera y única visita de la compañía de Béjart a la isla) que ondula, se “liga” y se “desliga”, exacerbando el apetito de los machos.
En 1979 Béjart estrena otra variante: un hombre (Jorge Donn, argentino, quien estuvo en Cuba entonces, y bailó La consagración de la primavera, rodeado de mujeres. En el mismo año, pero en la Ópera de París, Béjart presentaría la tercera opción, que es la de este video: Donn, el gran amor del coreógrafo, rodeado de hombres, en lo que quizás sea el primer ballet abiertamente homosexual. O, al menos, el primero que innova sin tapujos en la sensualidad de la danza. Béjart, no obstante, no dejó de acudir a la Mujer-versus-Hombres en otras escenificaciones, entre ellas la absoluta Maya Plisétskaya o Sylvie Guillem.
“Mi Bolero debería llevar un exergo: ¡metánselo bien en la cabeza!”, decía Ravel. “Es una danza de un movimiento muy moderado y uniforme, tanto por la melodía como por la armonía y por el ritmo, este último marcado sin cesar por un tambor. El único elemento de diversidad es aportado por el crescendo orquestal”. El tempo de la pieza, como se ve, es obsesivamente repetitivo. Los dos temas que aparecen desde las primeras medidas conforman el discurso musical. La progresión dinámica y el juego de los timbres instrumentales otorgan la variedad sonora. Cada una de las secciones de la orquesta forman la “masa” del sonido, que crece en estratificaciones sucesivas hasta la eclosión final.
Béjart apuntaba que la melodía “sinuosa” era de origen oriental y no español. La Melodía es el/la solista, mientras que el Ritmo son los bailarines.
El fogoso y felino Jorge Donn, un raro “comprometido” con la espiritualidad del baile, fue uno de los bailarines más interesantes del siglo XX. Observen cómo se arquea, se encabrita, lanza los brazos hacia el cielo y muestra un rostro de ménade con los ojos perdidos. ¿A qué dios está buscando? Si a alguien buscó siempre fue a Béjart, a quien le inspiró sus piezas más célebres. “La coreografía es como el amor, hacen falta dos para hacerlo”, dijo alguna vez.
Con apenas 16 años, Donn conoce a Béjart durante una tournée en Argentina. “Yo debo bailar para usted”. Pero al ser tan joven Béjart se negó a aceptarlo en la compañía. Poco después tomó un barco para Europa y se puso a trabajar de camarero, hasta que pudo arribar a Bruselas: “Aquí estoy, me tiene que contratar”. Béjart no tenía plazas libres, cuando súbitamente dos bailarines se enferman… Le llevaba veinte años a Donn, y algo hubo de Pigmalión en esa relación. “Él no bailaba, él se incendiaba… era un gran amigo, y un amor extraordinario”. La muerte de Donn a causa del SIDA en 1992, a los 45 años, produjo en Béjart una larga temporada en el vacío.
El propio coreógrafo contaba que luego de incendiarse en escena, Donn terminaba “broyé”, triturado, y listo para comenzar de nuevo. Creo que ese espiral agónica es la definición misma del Bolero, ascensión extática del deseo, mística de la lujuria celebrada en un ritual paroxístico. La partitura de Ravel posee un poder físico, que Béjart consiguió extender a otro, ese de los llamados del cuerpo. Tal vez porque la única religión en la que creía era la de Eros.
Isis Wirth
Munich




Ric, gracias por el tesoro de tus recuerdos del 68 en La Habana, y no menos, el del libro de Karsavina.
Gracias!, Machetico.
Maite, gracias, muy interesante tu comentario. Y ese pájaro de Plisétskaya. Yo justo la reconocí aquí en Munich por el cuello que mueve como un pájaro; o sea, la mujer que veía se me parecía demasiado a Maya, pero…hasta que sacó el cuello de la abotonadura del vestido, y entonces no tuve más dudas.
Yo vi esa función de Bolero en La Habana, en el 68. Si no me equivoco el programa de esa noche fue Bolero, Ni flores ni coronas (creo que es una versión de Les Sylphides) y, al final, La consagración. Para mí, una experiencia para toda la vida. Al otro día el programa incluía La noche oscura, ballet con Maria Casares recitando el poema de San Juan de la Cruz, y otras dos obras más. Hubiera querido ver ambas funciones. Inolvidable. Recuerdo que una de las cosas que más me impresionó fueron lo poderosos y grandes, que eran los cuerpos de bailarines y bailarinas.
Por cierto, hace un tiempo leí en Theater Street, la maravillosa autobiografía de Karsavina, acerca de esa primera versión para Ida Rubinstein y me pareció curioso que Béjart se hubiera basado tanto en ella. Creo que hay pocas obras musicales donde se vea tan claramente ese contrapunto de la melodía y el ritmo como lo femenino y lo masculino de la música.
Excelente. Aprendo con placer. Gracias, Isis.
Gracias Isis, muy buena resena; no conocia esta version de Donn, la de la Plisetskaya la vi en arte, cuando fallecio Béjart, y me impresiono mucho la fuerza de su interpretacion, la he vuelto a ver.
El Bolero es increible, la pieza musical, es muy oriental, es cierto, digamos que muy mediterrànea, hay una fuerza, telurica, erotica y muy sensual como bien dices.
Me impresiona mucho esta mujer, tiene una dureza en su rostro que contrasta con la suavidad de movimientos de sus piernas, de sus brazos… dibuja con su cuerpo con una exactitud increible, el torso se mueve en sentido contrario…
Pienso en los rituales mediterràneos de la antiguedad, en los que se sacrificaban toros a la fertilidad, las formas de los brazos de los bailarines son como las astas, hay mucho de flamenco también, imagino serian danzas asi de celebracion del cuerpo, es muy tierra y de pronto se eleva y es como un pàjaro…impresionante…