Penúltimos Días

La ribera del tueste

Diciembre 17, 2007 · 14 Comentarios

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Antes de ser ágora, la Playita de 16 fue el patio de unos edificios tan mojados y particulares como los demás. Así lo cuenta el viejo Fernández, vecino del barrio desde mucho antes de la revuelta. Señala con el dedo desde su terraza y me suelta una descripción: allí hubo un muro ornamental, una celosía de ladrillos huecos que le cerraba el paso a los despistados; porque en aquella época a nadie se le ocurría bañarse en semejante reguero de rocas con filos de corta y desgarra.
Era un mundo que ya anunciaba los condominios de hoy. Los dueños de esos apartamentos compartían un pedazo de playa, la poceta en la roca, una escalerita de piedra y el pasamanos de bronce. Cada edificio tenía un atracadero donde dormían, sobre canales arados con dinamita, unos yates de espérame aquí… que ahorita regreso. Triunfó la revuelta, y el viejo Fernández me mira con ojos de viejo Fernández. Para los antiguos habitantes del otrora aristocrático barrio de Miramar la cosa empezó a pintar negra con pespuntes morados. Y decidieron partir. Hasta que las aguas se calmaran. Arrancaron en barcos y aviones, le pidieron a los criados que cuidaran las propiedades por un tiempito, no mucho, unos meses quizás; pero el tiempo pasó, y los criados engendraron descendencia y trajeron paisanos a vivir en las regias mansiones de antaño.
La fisonomía de la vecindad cambió. Muchas residencias fueron otorgadas en usufructo indefinido a los miembros de la nueva clase (el famoso “mazo de llaves”), otras se utilizaron como albergues para las campesinas pobres que llegaron a estudiar a la gran ciudad. Y así crecieron los niños de ese nuevo Miramar. Los hijos de las cocineras negras alternando con nietos de pintores famosos, con hijos de músicos geniales, con sobrinos de cineastas y con las proletarias proles de un guajiro guerrillero o algún chivato de reciente vocación. Fueron juntos a las mismas escuelas, jugaron polo acuático, se disputaron las mismas novias en las fiestas y los mismos peces en el mar. Así empezó la tostadera: a un mulato con cuerpo de estibador le dio por estudiar física del estado sólido, y el hijo de un escritor homosexual se atrevió a mostrar una gran pasión por las mujeres hermosas y los motores de los carros rusos.
Pero mucho antes de que eso sucediera un vecino del barrio quiso aprovechar el momento histórico para ejercer, con cautela, aquello de lo tuyo es mío, lo nuestro es de todos, y el conjunto total pertenece al capataz de turno. El viejo Fernández saluda a ese mismo vecino desde la baranda en la que estamos recostados, espera que pase de largo y me cuenta el secreto. Ese fue el primero que se adentró en la playita. ¿Y tú sabes lo que me dijo hace un rato?
El resto fue inteligencia de hormiguero. Los exploradores marcaron el sitio, dejaron sus feromonas como contraseñas y se tumbaron a tomar el sol sobre unos dientes de perro duros y puntiagudos; unos cráteres de bordes filosos que parecían -cuando uno los miraba a ras de suelo- olas esculpidas en miniaturas de piedra, crestas y abismos que bajaban hacia el mar, se metían por debajo del agua y, allá en el fondo, servían de asiento a las púas de unos erizos enormes, saludables e insolentes.
Esos primeros bañistas compartieron la cercanía de la playa, el saber nadar bien, y la certeza de que no hay erizo que pinche más que una multitud. El resto de la ciudad, mientras tanto, disfrutaba los recién estrenados Círculos Sociales y Obreros, o se iba, con carros, guaguas, y combustibles que entonces parecían eternos, hasta las playas del Este.
Durante años la Playita quedó para el placer de unos niños que iban descalzos hasta el mar, se lanzaban al agua sin mirar la corriente, se mecían en las olas con un baile que iba, en puntas de pie, desde un fondo sin púas hasta otro. Los erizos no pinchan, los pisamos. Ramón de las Posas y los Brouwers se acercaban desde La Puntilla, recogían al Billy en calle 6, y al “Lechero” más adelante; Ayme iba con ellos; el Curry saltaba el muro de su patio, Ernestico y El Inca cruzaban la calle, Pablito llegaba desde calle 20 y Néstor desde 24, Abela caminaba desde 28 junto con Marcos y el Chito; Raúl León saltaba desde calle 30 y Camilo Loret de Mola, cuando andaba libre de broncas, se desplazaba desde cuarenta y pico para dar muela con los socios, o proponer buceos en busca de tesoros escondidos por “los burgueses”. En La Mojonera nadie se bañaba, El Ferretero era el reino de Tabares, de Jorge Mario, y de un chino que flotaba sentado sobre el agua mientras leía un periódico que siempre estaba seco. El Chino hace yoga y controla la respiración, por eso flota. O: mentira, El Chino tiene un cilindro de corcho metido en el culo. Y a bucear por debajo del narra a ver si le veían el flotador.
Para el Primer Congreso del Partido cerraron el acceso a la playita, el Carlos Marx era la sede y se esperaba un ataque de submarinos americanos. Pero estaban rompiendo unas olas enormes, y los chamas del barrio entendían poco de congresos y playas cerradas. Recuerdo los guardias de seguridad personal corriendo por las rocas con gestos de salgan del agua, partida de cabrones, y los niños y las niñas gritando desde las crestas más altas “vengan a buscarnos”. Terminaron presos, entumidos y tiritando, las pieles de gallinas y los pelitos del pubis asomándose por encima del cordón de las trusas, un guardia ordenó “súbase eso”, El Inca obedeció y se le salieron los testículos por abajo, “bájeselo ahora mismo”, ¿en qué quedamos? y se formó la risotada.
Ya por esa época la ciudad empezaba a descubrir la obligación de ir a bañarse en las rocas. Los Círculos Obreros de la playa de Marianao eran cada vez más legendarios por sus broncas, y las arenas del Este se veían cada vez más lejanas. Ese fue, según el viejo Fernández, el punto de máximo esplendor de La Playita. A partir de ahí empezó la decadencia…
Viejo, le digo, la lejanía también trajo sus bellezas, por cada diosa de Miramar, por cada Alina Brouwer, por cada Lourdes Franco, Adria ¿Carneado?, Mabita, o Claudia de la Guardia (cuando se escapaba de los entrenamientos en la Marcelo Salado), hay una Gilma o una Beatriz Helpes que nada tiene que envidiarles.
La descarga del viejo, sin embargo, es ecológica. Y para hacérmelo saber me da la razón con un, ay mi’jo, claro, nadie está hablando de eso, Dios le da agua al dominó, en eso se le va el tiempo, en garantizar que a cada cual le pueda salir la data buena. Mieles por lindas, La Habana es un panal de sueños, en cada celda nace una reina. Yo me refiero a la decadencia de la Playita, no de la gente.
Los erizos fueron aplastados por las suelas de unos bañistas que insistieron en nadar con sacrílegos zapatos. El diente de perro perdió su furia bajo millones de pisadas, y el Almendares aprendió, con ayuda de la corriente, a bañar la costa con todos los “submarinos” que cargan sus aguas. Las Majuas se fueron a estudiar a la universidad, y del fondo, ya calvo, desaparecieron las esponjas, los abanicos, las algas y los cabezos de coral que antes paraban las olas, y las obligaban a romperse en espumas antes de llegar, por eso ahora se deslizan como hielo en espejo, avanzan erguidas hasta el borde de la playa y forman el destimbalamiento que forman.
La noche anterior entró el mar. Desde la terraza del viejo Fernández la Playita se ve cubierta de piedras y cascajos, las calles del barrio amanecieron forradas de sargazos, esponjas tubulares, caracoles, gravilla, y unos corales enormes que fueron arrancados por las olas y lanzados contra los edificios. Parecía otra playita, el paisaje cambió y los vecinos, asombrados, discutieron en coro que nada igual se había visto en décadas, quizás en siglos. El viejo Fernández les explicó su teoría del fondo maltratado y subió a contarme la respuesta de aquel vecino que años antes se había colado en el patio de los edificios. ¿Y tú sabes lo que me dijo hace un rato? Que la gente le jodió su playita. Como si fuera de él.
“Viejo, ¿y de quién es?”
El suspiro rebota en el mar.

César Reynel Aguilera
Montreal

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14 Comentarios ↓

  • camilo loret de mola

    César, tu artículo me regresó en el tiempo, me río solo frente a la pantalla.
    Nunca encontré un tesoro que no fuera un pelotero y una chopa en un pomo de boca ancha y de broncas solo verbales, me duelen los huesos.
    Pero dar muelas es lo mío todavia.
    No sé quien eres pero gracias por recordarme a Ernesto e Ignacio Javier, te faltó Alexis y Tania, Mario y Ana Maria Cohen, Lily, Patry y mi adorado Hugo. Ramon Ibarra y familia, en fin el mar.

  • César Reynel Aguilera

    Camilón,

    César Reynel Aguilera es, también, César Reynel Gómez Aguilera, o sea, César Gómez.

    Un abrazo

    C.

  • varadero

    En esta reseña faltan personajes, entre ellos Nenguito, Taladrid y Igor León.
    Obvio que hay muchos más

  • miquito

    ¿Qué Taladrid? ¿El de la Mesa Redonda?

  • César Reynel Aguilera

    Sí, faltan mucho, razón de espacio. Igor es una omisión imperdonable, como también lo es la bella Slava.

    C.

  • César Reynel Aguilera

    Y Cristo, que vivía, o vive, en el primer apartamento del primer edificio contando a partir de 16. Super cool guy.

    C.

  • camilo loet de mola

    Ceeesssssaaaaarrrr
    Qué bueno saber de ti, es verdad que siempre me viste fajado, con todos y por todo, al final me involucré en una legendaria bronca, pero mi casa era en 38,
    Era tal mi espíritu de gladiador que lo único que te regalé fue un libro de boxeo, luego supe que lo cuidabas a extremos de perseguir y amenazar a alguien que no te lo devolvia, te pasé el espiritu de bronquero.
    Por cierto Cristo vive todavía allí.
    Aquí en Miami he visto a los Vila, a Cohen, a Tabares y a Ramon Ibarra, a los hermanos Sergio y Silvita, ella competía entre las ninfas del diente de perro
    De Taladrid, para que hablar, Castrico, Rafael, hermano de Ana Margarita de calle 8,
    el portero de la Playita y su hermana Silvia, que realmente vivían dentro de la playita,
    Mis primos Juanchi, Carlos y Luis, con Mingui, Tavito, Anita y Coqui
    Rodolfito,
    PEDRO ACOSTA, todo un personaje…..
    Son tantos que se atropellan.

  • camilo loet de mola

    el chino del ferretero, que memoria
    era champola y si se acercaba al muro le tirabamos bombas, que no era otra cosa que hacer salpicar lo mas posible cerca de el.
    pero es verdad que aparecio la cerveza a granel y se acabo todo.
    y es evidente que autotitulado Varadero, estudio en la Lenin, mira a quienes menciona.

  • César Reynel Aguilera

    Camilón,

    Qué bueno saber de ti. Sí, me regalaste “Los colosos del Boxeo” de Nat Fletcher, lo traje para acá para Canadá, aquí alguien me lo pidió prestado y todavía no me la ha devuelto (me estoy poniendo viejo y ya mis amigos no me respetan). Y te perdí (me robaron) dos LP, uno de Paul McCartney y el otro ni me acuerdo de quién. Recuerdo una bronca tuya a la salida del Pre, bajo las casuarinas de la playita de 34 con un karateca que cayó redondito, y con las manos vacías. Ya hora me voy pa’ la pincha. Ahorita te escribo al mail.

    Un abrazo muy contento.

    Un abrazo

    César

  • camilo loret de mola

    Me acuerdo del karateca, el segundo disco era de Chicago, el vol 5, pero qué importa.
    Me acuerdo también que en esa bronca acabaste fajado tú también.
    Qué paso con Toste?, dónde se metio?
    algun día tendras que escribir de la escuela al campo.

  • César Reynel Aguilera

    Camilón,

    Nada más de pensar en escribir de tu escuela al campo me empiezzo a reír como un bendito. Las cosas tuyas no tienen nombre. A ver si algún día me embullo, previa consulta contigo, claro está.

    Un abrazo

    C.

  • Elina Vilá (lili)

    La Playita es lo más querido de La Habana. Escenario por igual, junto al patio y mi casa, de mi niñez feliz. Recuerdo con precisión cada paso para entrar al mar. Cuando he regresado a Cuba, he comprobado que las rocas siguen igual, y que el camino de entrada al mar sigue siendo igualmente fácil: un, dos, tres pasos, y a nadar: todo igual.
    Aprendí a caminar, a nadar y a correr por el “dienteeperro” con mis hermanos, por la misma época. Los inviernos era especialmente agradables: cuando había un “norte”, no había escuela y era maravilloso levantarse y descubrir hasta donde había entrado el mar, cuantos charcos amanecían llenos…había pecesitos. Abrigados con corduroy y botas ortopédicas heredadas y totalmente raspadas deambulábamos el día entero descubriendo qué había traído el mar. Ese día no había Edad de Oro ni Renato Guitart.
    Un día entró el mar y se llevó el piano, la vajilla, los muebles, los zapatos, las ventanas y las fotos. Al otro día amaneció como un plato. Se arrepintió. Lo perdoné y lo seguí queriendo.
    Después vino el “tueste” y la decadencia. Pero La Playita siguió siendo la misma a ratos: antes de las 11 y después de las 6 de la tarde. No he visto puestas de sol más lindas en ningún lugar del mundo.
    Tan lindas como la imagen de ver a Urbizia y sus “siete guajiritos”, sentados en la acera del final del patio, en un orden que comenzaba de derecha a izquierda en riguroso orden de tamaño, a contraluz, mirando la puesta del sol. Urbizia, y sus hijos, bañaitos: el primero (no recuerdo el nombre), que coincidía con Curri, Caridad con Patricia, Leonardo con Hugo, Lorenzo conmigo y seguían Carina y los que cada año Urbizia traía al mundo. He querido recordar a este personaje entrañable (vivían en el edificio art-decó, medio abandonado, de la esquina de 14 y primera), que cambiaba la novena de carne por cigarros y llevaba a sus hijos cada tarde a ver la puesta de sol.
    He recordado a todos los amigos desde que leí este homenaje a la Playita. Los abrazo a todos, desperdigaos como están.
    pd: Las puestas de sol siguen siendo las mismas. Mi hermano Curri me las suele mandar varios días seguidos.

  • camilo loret de mola

    y llego lily con su pelo rubio que desentonaba entre los crespos de sus hermanos

    el balcon de los guajiritos fue el primero que desaparecio en todo Miramar, era mas facil entrar por alli que por la puerta

    al lado habia una casa de la iglesia que para asombro de todos la reja imponente era de madera y no de hierro.

    en casa de Lily habia una jaula, decian que de un leon que alguna vez vivio en el patio, yo me imaginaba a Gustavo Sanchez, el vecino de los altos, metido en la jaula con su misma cabeza y cuerpo de leon

  • César Reynel Aguilera

    Lili,

    Muy lindo lo que escribes, y, !abierto! comparte, dale uno de esos atardeceres a Ernesto para que lo ponga al alcance de todos (aquí en Canadá se agradecen).

    Camilón,

    No es una iglesia, es un hogar de ancianas regentados por unas monjas de la orden de San José. Las puntas de las lanzas son de hierro, pero la reja es de madera.

    C.

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