- dic 13, 2007 • 11:06h
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Debía correr el año 1983, pues rondaba yo los quince. Una loca bibliotecaria que vivía cerca del antiguo campamento militar Columbia, tenía en su cuarto un salón de té improvisado donde se daban cita sus amigos diletantes, casi todos obnubilados, desde un provincianismo ingenuo y a la vez aparatoso, por el arte y la cultura en general. Allí había llegado yo, introducido por un amigo con el que me refocilaba a gusto. Cinco minutos después, sin apenas conocernos, el anfitrión en cuestión, abriendo bien grande los ojos, pestañeando exageradamente y con tono de confesión de comadre me soltó, ni recuerdo ahora por qué motivo: “Niño ¿pero tú no conoces elllllll ‘Paradiso’ de Lezama?”.
“Ellllll” Paradiso, alargando bien la “ele” para significar su propia idolatría, superior a la que incluso pudiera inspirarle el autor. Desde mi ignorancia, imaginé por fracciones de segundo que se refería a alguna disco de esas que en mis primeros pasos entre el humo y el alcohol me alegraban la espera de los sábados nocturnos. Adivinando por mi cara de perplejidad que ni siquiera lo había oído mentar, la loca, sádica además, sacó un manoseado ejemplar del mencionado libro y amasándolo con avariciosos ojillos de bibliotecario benedictino me dijo: “Míralo bien porque de aquí no sale. Pues para que te enteres: está prohibido. Pro-hi-bi-do. ¿Entendiste? Si quieres probar suerte ve a ver en la casa de Lezama, en Trocadero, a ver si pescas uno. Éste, de aquí no sale”.
Quedé, pues, de lo más intrigado con aquella danza de pitonisa velada a la que había asistido. Y antes de abandonar su casa ya sabía (por lo menos) que el capítulo 8 del libro era “de lo máximo de caliente” y que “aunque el todo no se entendiera mucho había que leerlo si se quería estar en algo”.
No tardé en averiguar dónde quedaba la calle Trocadero. La 132, que por entonces cubría la ruta Playa de Marianao-Terminal de Trenes, me encaminó hacia el lugar de tanto culto, misterios y precauciones. La bibliotecaria que me recibió era de las que abundan en los “templos” de lecturas de segunda categoría de la Isla. O sea, una mulata tropical, con un pellizco azulito en la pasión, unas uñas repirimpipetas de escarlata y brillanticos y un acento meloso y envolvente, imagino que del barrio de Colón: “Mi niño, aquí para consultar libros hay que hacerse el carnecito”.
Entonces me hice el “carnecito” y quedé debiéndole la “fotico” que no traía ese día conmigo. “En español no lo tenemos disponible. Está en préstamo. Pero si quieres tenemos una bellísima edición brasilera que acabamos de recibir”.
La edición ni siquiera era bella pues recuerdo rechinaba de naranjas como sus uñas de rojo. Después de múltiples advertencias y un plazo de una semana La Sabrosona me entregó, como quien entrega uno de los pliegos que conforman el conjunto de manuscritos del Mar Muerto, la voluminosa edición de los brasileros.
En mi vida había intentado leer en portugués y para mí lo lusitano se refería exclusivamente a un poco de telenovelones como el de la esclava Isaura y a una amiga de Secundaria cuyos padres trabajan en la embajada portuguesa en La Habana. Empecé a leer las primeras páginas del libro, pronunciando en voz alta, a mi manera, divertido, hasta que el ejercicio se me hizo cansón y perdió gracia. Entonces decidí saltar al grano, al capítulo 8, única razón del famoso “carnecito”.
Me lo leí completo. El 8, quiero decir. Poniendo en el cuadrado de las delicias, en puro ejercicio de enajenación literaria, lo que me viniera en gana. Amparado por las lagunas en la comprensión. Entendiendo de cuatro palabras dos y aderezando para la salsa que yo iba cociendo el plato de gozadera que servía Lezama en una de sus tardes habaneras.
Años después, cuando accedí a la edición cubana del libro, el mismo capítulo me pareció simplote y mucho menos excitante que el de mi lectura en portuñol. La censura me había vedado un libro, la imaginación pudo más: fabricó (y hasta mejoró para mi gusto) otro. Desde entonces, “Paradiso” tiene para mí un aire de escuela de samba, una brisa de palmar en un quilombo, la sabrosura de un mulato de Recife y la espesura misteriosa de la vida en Minas Gerais.
William Navarrete
París





Ernestico:
No te calientes los metales, que uno de mis objetivos aquí es provocar. Para que la vida no nos sea tan aburrida y no estemos nada más con la “majomía” del Coma-andante. Si te fijas el tono que uso en el comentario es ambiguo, lo puedes interpretar de cualquier manera. Lástima que el que hayas caído en la trampa hayas sido tú.
By the way, esto estaba más entretenido antes, cuando no eras tan sofisticado.
Bonito, honesto y sui generis Post Navarrete. Lo lei con gusto.
Liborio, si no te gustan los maricones no te los metas. Pero ahórrate la homofobia, que queda feo.
te quedó bien.
Ya Reinaldo Arenas habia contado algo similar, si mal no recuerdo, en sus memorias. William continua copiando a diestra y siniestra, sobre todo “siniestra”. Cuando intenta escribir algo no es mas que una mala copia de Arenas o de Ramon Alejandro. Pues que tenga mucho cuidado; pronto muchos de los copiados podran darle una sorpresa. Que siga con las “mil y una noches” saudies, al menos, esas le dan de comer.
Si William, me imagino que tú podrías haber escrito mucho mejor que Lezama cualquier capítulo de Paradiso y en el 8 hubieran paseado la distancia. Sólo que no te imagino comiendo mierda con una tiza pintando una pared. Ah! no es un piropo. Yo soy homofonoséquecojones,… vaya chico, que no me gustan los maricones.