- dic 01, 2007 • 23:59h
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Cuando leo un libro, juzgo habilidades, capacidades, técnicas; pero cuando el libro es bueno, o cuando es muy malo, lo que sobresale no son esas capacidades, esas habilidades, o esa técnica, sino la voz profunda y completa de un ser desnudo ante mí.
Un amigo periodista siempre se impresiona de lo sangrientas e intestinas que son las polémicas entre escritores en Chile. Mal alimentados, poco leídos, es fácil entender por qué los escritores nacionales pelean entre sí. Pero eso no explica por qué en otras latitudes y otros tiempos, con dinero, lectores, entre mentes más generosas que las nuestras, estas polémicas han sido igualmente sangrientas que en estos lares.
Las polémicas literarias suelen ser violentas y personales porque la literatura, tanto para los lectores como para los escritores, es siempre algo personal. Si juzgo al arquitecto por las casas que construye, si juzgo a un Presidente por las medidas que toma, incluso si juzgo a un pintor por los cuadros que pinta, juzgo ante todo habilidades, capacidades, técnicas y estrategias, no personas. Cuando leo un libro, también juzgo habilidades, capacidades, técnicas, pero cuando el libro es bueno, o cuando es muy malo, lo que sobresale no son esas capacidades, esas habilidades, o esa técnica, sino la voz profunda y completa de un ser desnudo ante mí. O quizás no desnudo sino vistiendo, como ese psicópata de El silencio de los inocentes, un traje tejido con su propia piel.
¿Qué me gusta de Stendhal? ¿La severidad de Rojo y negro o el humor de La Cartuja de Parma? Eso, claro, pero también me gusta Stendhal. Todo Stendhal, incluso sus libros malos, incluso sus errores. Me gusta la forma de su mente, me gustan sus ideas y sus olvidos, me gusta sobre todo un soplo de viento, una sintaxis que yo llamó “Stendhal” pero que se ha incorporado a mi vida, que es parte ya de mi conciencia.
Me gusta Stendhal, pero eso no significa que la persona de Henry Beyle (el verdadero nombre de Stendhal) me hubiese, de haber vivido en la Francia y la Italia de mediados del siglo XIX, interesado mayormente. Leo con pasión el 2666 de Bolaño, y sé que no me apasiona lo que cuenta, sino ese acento peculiar, personal, insustituible que es Bolaño, todo Bolaño en todos sus libros, los buenos y los malos. Pero conocí personalmente a Roberto Bolaño y no me interesó demasiado. Me apasiona entonces otra personalidad que la que pude conocer brevemente en Santiago y Barcelona, una personalidad que creo yo es la verdadera, la profunda, la implacable, la definitiva, la indefinible. ¿La metaliteratura, México, el mal, la habilidad para relatar cuentos? Todo eso está bien, pero si Bolaño no hubiese sido Bolaño por escrito, sus libros tendrían tan poco interés como los de sus imitadores.
Cuando las mujeres hablan de los performances sexuales de sus amantes no se limitan a enumerar el tamaño de sus órganos o la variedad de posiciones a los que estos las invitan. Todo eso, por cierto, importa, pero sólo dentro de un todo que incluye la hora en que se produjo el acto, la luz de una ventana y los tropiezos y temblores del amante. Buscan las mujeres en la cama el verdadero ser que habita el señor que habla de acciones en el banco. Miden las mujeres los goznes entre el ser civil en traje y el niño desnudo. Huele la mujer en el acto sexual el uso, el abuso, el olvido de los instintos, los puentes cortados o gloriosos con que el amante se relaciona con su animalidad.
Algo parecido le sucede a un lector. Entre líneas y párrafos, es el instinto, la desnudez de una mente, su necesidad, sus mentiras, lo que juzgamos. Los profesores universitarios, y algunos críticos —como algunas mujeres— miden tamaños, clasifican posiciones, ponen notas y descubren, por ejemplo, que el aburridísimo Severo Sarduy es un potente semental de intertextualidades. Algunos lectores, como algunas mujeres, aman a sus amantes por la ropa que usan (o por la editorial en que publican), por las referencias que trae, por las amistades que frecuenta, por el prestigio que su lectura, o su amor, les proporciona. Ese tipo de lectura, como ese tipo de sexualidad, desplegada en toda su crudeza (listas de top ten y top five, chismes editoriales, entrevistas con escritores famosos) dejan la misma desoladora impresión que la pornografía. Quienes aman el tamaño y la técnica y no la esencia terminan por ensalzar bodrios con cara de clásico como Las benévolas, de Jonathan Littell.
Otros lectores, y otras mujeres, aman justamente los modales principescos de un mendigo, la tontera de los inteligentes, la belleza que una cara fea esconde. Otros lectores, como algunas mujeres, ante el verdadero placer, ante la inconmensurable sorpresa de un estilo propio, no saben explicar qué les importa o les interesa, sólo saben, con una mezcla de rabia y reverencia, que ese libro, que ese amante, que no tiene nada en su lugar, al que le faltan dinero o amigos famosos, que ése y no otro —por quién sabe qué motivo— es de verdad.
Rafael Gumucio
Santiago de Chile-Nueva York








Hola, ¿me preguntaba de donde es la imagen y si es posible utilizarla en otra web con su debido crédito. Saludos
Al menos queda ese consuelo, que la sensibilidad y la intuicion nos revelan el verdadero talento, y lo mejor es el misterio de lo inexplicable…
un placer leer a Gumucio
y no se diga más. es el artículo que quería escribir. así que agradezco su clarividencia.