- nov 28, 2007 • 16:11h
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El totalitarismo, por extraño que parezca, no deja de producir poesía, si entendemos por “poesía”, en este caso, un mundo de imágenes y sentimientos “forjado” en la infancia y la juventud. Aquel que llegó a creer en la voluntad política revolucionaria, funcionó en una dirección del tiempo y de la Historia muy distinta a la de otros seres humanos, cosa que pesa para el resto de la vida (no exactamente como “sentimiento de culpa”, orden de los afectos que finalmente se podría sublimar de mejor o peor manera, ni como el que sabe que ha “perdido sus mejores años de vida”, pérdida que a la postre te puede hacer vivir los nuevos años con ilusión gratificante), porque es imposible encarnar durante toda una existencia una “misión” utópica, a no ser que uno se vuelva un místico, o lo que es más práctico, un cínico.
Esa mezcla no siempre ponderada entre cinismo y utopismo, creo que es mi capital personal, adquirido unas veces a duras penas, otras con extrema facilidad: de eso, como de haber sido jesuita, uno nunca se cura, porque son dos niveles de percepción -el cinismo y el utopismo- que a veces se dan la mano, mientras en otras se desconocen, como un par de cabezas endemoniadas. Algo de “revolucionarismo” me es difícil extirpar de mis 40 años de vida -nacimiento incluído- en un país que primero intentó una Revolución para acto seguido burocratizarla y militarizarla. Ese algo de “revolucionarismo”, a veces lo siento como un peso, un lastre inútil, otras es un afecto más, una de esas aflicciones que los antiguos localizaban trabada en la carne, en una “política de las pasiones”.
El totalitarismo no es un conjunto de mecanismos que se puedan retirar de la sociedad en un momento dado dejándola libre para nuevos fórceps o ataduras: es un “sistema de vida”, entendiendo por tal la capacidad de producir vida, realidad, como si tuviera la misma competencia, el totalitarismo, que la naturaleza. Nada tan artificial y natural, a la vez, que el totalitarismo.
La mezcla de pragma, disparate y “mitologización”, por otro lado, son “hábitos” que han calado en los cubanos de cualquier calibre, y que de alguna manera han contribuído a la regulación de la violencia desde la Colonia hasta el totalitarismo. Pero no únicamente el “rumor popular” y los escritores de “ficción” han colaborado en la “mitologización” de la Isla. En un bonito ensayo escrito en 1935 -dos años después del convulso período “machadista”-, La clave xilofónica de la música cubana, el etnólogo Fernando Ortiz (tal vez la figura de sabio más representativa en la historia de Cuba), al tratar de definir la genealogía de la clave cubana -nombre de “los trocitos de madera dura que constituyen el instrumento a manera de clavijas o claves”-, busca la entidad del instrumento en la cultura china (el bon-kú), la andaluza (las castañuelas), la proto-cubana (los palitos de los indios), llegando hasta los huesos (“dos trocitos de esqueleto”) de los africanos que fueron a parar a tierras angloamericanas. El siguiente párrafo del positivista Ortiz pudo haber sido perfectamente firmado por el imaginista Lezama, nuestro escritor más voluntarioso en construir una Imago Total donde inscribir Cuba:
La clave da la sonoridad medular de las maderas durísimas que en Cuba se llaman “de corazón”. El duramen es la columna vertebral del árbol; la clave no es sino un hueso de árbol, como la corteza de su tronco es un pellejo reseco. Por eso hacer sonar una clave, o sea un palito sacado de lo más entrañal de la planta, es como revivir por arte de magia el espíritu arbóreo, es semejante al toqueteo sonoro de las vértebras de un esqueleto, al tamboreo sobre el cuero curado de un totem zoomorfo, al rito resucitador de Osiris, por tacto simbólico de su sacro coxis. En todos ellos, por la sonación ritual de un miembro donde el criterio primitivo supone más adentrada la esencia vital, ésta se reanima y resurge a la trascendencia de la sobrenaturalidad.
También hay que tener en cuenta que la política cubana ha tenido que ver, hasta el sol de hoy, aunque sea en niveles esporádicos, con ingredientes de “cultura popular”. A partir del gobierno de Gerardo Machado -el primero que abrió un estilo totalitario de gobernar en Cuba: se le llamó el “Mussolini tropical”- surgió, entre política y “creencias”, un vínculo que sirvió de sostén al poder, por ejemplo -como ha detectado el estudioso cubano Jorge Núñez Vega- las connivencias entre la masonería, la Iglesia y el Estado, institucional y personalista a la vez.
Un fenómeno de la llamada “baja cultura” puede convertirse en “ficción pública” con rapidez vertiginosa, lo cual nos iguala, desde tal ángulo de visión, a países del Caribe cuya “nacionalidad” siempre ha pendido de un hilo por la sobreabundancia de “fantasías culturales” en precaria proporción con un Estado “fuerte”, como es el caso extremo de Haití, donde dictadura y anarquía tienen su base en la pobreza y el imaginario.
Según el rumor popular, políticos cubanos como Machado, en su debido momento, enterraron bajo un árbol prendas que asegurasen su “buena relación” con el “panteón negro”, y por supuesto, que le deparasen un “salvoconducto” a prueba de peligros como el golpe de Estado, la muerte “accidental” y otras contingencias “públicas” y “privadas”. El rumor popular -que en Cuba resulta más eficiente que los medios públicos de información- también habla de “trabajos de santería” que ministros y funcionarios ejercen “a escondidas” para asegurar su bienestar o “adivinar” su futuro en un medio tropeloso y cambiante.
Jorge Núñez Vega refiere el surgimiento de la filiación entre fantasía pública y mecanismos de poder a la etapa que abre Machado en la década de 1920: un nuevo sistema de “gobernar” una población todavía trabada en el imaginario de la esclavitud:
Hubo un proceso de persuasión gestado en el seno de la clase política para presentar a Machado como el Mesías providencial que debía combatir la depresión económica, el intervencionismo diplomático de los E.E.U.U., el estancamiento de las obras públicas y la corrupción administrativa, partes de la realidad compleja que eran la sociedad y la política cubanas (…) Es difícil conocer en profundidad cómo se articularon esos dispositivos o recursos del poder. Formaban parte de la estrategia de legitimación del régimen político, mecanismo combinatorio de elementos racionales e irracionales. Elementos que eran transmitidos por el rumor y aceptados por el imaginario popular, gracias a las raíces existentes en él.
Vale la pena reproducir in extenso un fragmento de la crónica “El niño prodigio”, de Guillermo Cabrera Infante, escrita en el año 2000, que a un lector ajeno al “temperamento” cubano puede parecerle no desprovista de énfasis fabular o resultado del delirio, lo mismo del propio pueblo cubano como de sus hombres de letras:
Batista también veía visiones y creía más en los dioses que en Dios. Le contó a Gastón Baquero (coterráneo, amigo y consejero consultivo) que debía el éxito de su golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 a la “luz de Yara”. La luz de Yara es una creencia cubana de origen aborigen. Batista debía entrar de madrugada (el madrugonazo era su actividad política preferida) al cuartel general del ejército en el campamento de Columbia por una de las puertas estrechamente vigiladas. De pronto se decidió por la posta 6, donde el centinela de guardia no sabía de la conspiración militar. Batista, vistiendo el jacket que se ponía en todas sus apariciones peligrosas, llevaba en el bolsillo su pistola “con una bala en el directo”. Al entrar por la posta el centinela no pudo verlo porque lo protegía y hacía invisible la luz de Yara, bien conocida en el oriente de la isla, desde Banes, donde nació Batista, a Birán, donde nació Fidel Castro. Seis años más tarde en 1958 entra en escena uno de sus maestros de ceremonias preferido, Odilio Urfé, erudito de la música cubana… Urfé era un batistiano que confesaba estar en un cuarto de espaldas a la puerta y cuando entraba Batista sabía que era él sin siquiera volverse: anunciaba al falso general su halo irresistible. En el verano de 1958, bajo petición batistiana y usando el dinero que le había dado Batista para este propósito Urfé organizó lo que se llama en la santería “un gran Ekbó” en la vecina villa de Guanaboca, uno de los centros espirituales de la santería. Este ekbó (o egbó como también se llama) tenía el propósito de reunir a todos los santeros de Cuba en una petición a Olofi (Dios para la santería) en el estadio de Guanabacoa… El estadio estaba atestado de prosélitos y babalaos, todos vestidos de blanco de pies a cabeza. La reunión de todos los santeros, algunos venidos de Cárdenas, centro originario de la santería, era para pedir a todos los santos que se detuviera el “río de sangre” que anegaría a la isla. Curiosa petición de Batista que era la causa principal tanto de los horrores de su régimen como de la existencia del terrorismo urbano y la guerrilla que se desplazaba de la Sierra Maestra hacia el occidente de la isla.
El imaginario popular, a partir de 1959, también se encarga de dotar a la figura de Fidel Castro de un aura o atributos que le concedían cierto grado de naturaleza sobrehumana. Primero fue la idealización mesiánica -el joven barbudo que bajaba de las montañas-, y luego, ya convertido el joven barbudo en un monigote de más de seis pies engordado con un chaleco antibalas y embutido en uniforme a la medida y unas botas rusas enormes, se le adjudicó tratos con “santeros de África”; incluso se cuentan cacerías en las cuales “el Comandante” sacrificó elefantes, o leones, según quien contara la historia.
Rolando Sánchez Mejías
Barcelona





Pobres animalitos, si Brigite Bardot, se entera de esos sacrificios, le organizarà un mitin mediàtico al Empereur y una denuncia por maltrato…
La imagen del articulo es alucinante, es el simbolo del naufragio, su uniforme destruido, hasta un tiburon le ha comido el antebrazo;
o alguien enfurecido se lo amputo; es como un fetiche exotico en plaza publica, miren sus rasgos, comienza a devenir asiàtico…
Ese “munequito” en un pedestal, y se ve, que “lo iluminan” de noche…
la foto nocturna debe ser increible…
Este no erotiza, da pena…
Wow, otro más de los que erotizó Fidel…