Penúltimos Días

“The Fall-Out” de Andrew Anthony: una reseña

Noviembre 24, 2007 · 9 Comentarios

Andrew Anthony es un periodista inglés que solía escribir en periódicos liberales hasta la publicación de este libro, que le ha costado críticas y ataques desconsiderados. ¿Cómo ha podido convertirse un buen mochilero tonto de los que fue a la Nicaragua sandinista a recoger café en alguien a quien sus compañeros creen lícito acusar de nazi?
El 11 de septiembre del 2001 la esposa del autor estuvo a punto de morir en una de las Torres Gemelas; tenía programada una visita a las mismas. Hasta esa fecha el autor había seguido la conducta propia de un buen izquierdista inglés. Esa fecha, que al parecer supone un punto de inflexión de toda la historia contemporánea, provocó también un cambio total en el autor, le obligó a replantearse toda su historia personal y, sobre todo, sus códigos de conducta, tanto personales como profesionales.
Este es un texto que en otras manos podría parecer un manifiesto reaccionario en contra de la inmigración ilegal, el islamismo o incluso el Islam, y es por ello que su autor comienza por desplegar sus credenciales de liberal acomplejado, anteriores al 11 de septiembre.
Lo primero que hace es preguntarse hasta qué punto tenía que sentirse culpable del Imperio Británico alguien que es hijo de una familia proletaria, y cuyos dos abuelos murieron prematuramente de resultas de una dura vida de trabajos en la Inglaterra industrial anterior a la creación del welfare state; alguien criado en una vivienda supuestamente provisional de construcción social en que cinco hermanos tenían que compartir dos cuartos y toda la familia un mismo cuarto de baño con la familia del piso de arriba; alguien obligado a estudiar en un colegio público en el que en vez de una verdadera educación, unos profesores marxistas, maoístas o trotskistas, lo llenaron de complejos y sentido de culpabilidad con respecto a su pasado y su origen, no de clase sino étnico, y culpable por extensión de todos los crímenes y expoliaciones del Imperio Británico en el mundo a pesar del poco provecho que le había reportado a él y a su familia.
Los capítulos iniciales del libro nos muestran su vida, su educación, su primer contacto con gente letrada, mientras trabajaba como repartidor para los almacenes Harrod’s, sus viajes a Nicaragua junto a un grupo de izquierdistas que como ya había descrito Orwell, incluía a cualquier santón, vegetariano, naturista, socialista utópico, calzado con sandalias, que hubiera podido ser reclutado en Londres. Junto al relato de su vida Anthony nos ofrece también un análisis del antiamericanismo de la izquierda, del relativismo moral que llevó a los liberales ingleses a condenar el Macarthismo, que no condujo a nadie al paredón, mientras se extasiaban ante el Gran Salto Adelante de Mao, que costó millones de vidas a la China de Mao, o a insistir –con justicia– en condenar los crimenes de Somoza olvidando los de Ortega o Castro. Una serie de conductas de las que el autor se declara culpable y cómplice, tanto cuando defendía ante sus amigos la dictadura de Henver Hoxa, como cuando ocultaba datos de la violencia en los barrios de inmigrantes en Londres.
Esos capítulos nos muestran también la evolución de la vida ciudadana inglesa, la llegada de inmigrantes que, en vez de ser acogidos dentro de la cultura del país veían a ésta denigrada y reducida a una versión negativa y caricaturesca –imperio bárbaro, opresor de todos los pueblos–, inmigrantes a quienes se les animaba a mantener sus propias costumbres a pesar de ser incompatibles con las formas de conducta de su país de adopción. El trabajo como periodista llevó al autor a observar de cerca una compañía de taxis atendida únicamente por conductores pakistaníes que, a pesar de vivir en gran parte gracias a las ayudas a la seguridad social, y a tener casas subsidiadas por el estado, se permitían mostrar su desprecio hacia la Inglaterra que los acogía. El crimen del negro contra el negro, el robo dentro de los límites de la comunidad inmigrante, la homofobia dentro de la comunidad caribeña de Londres, primero, y la educación de las nuevas generaciones de inmigrantes musulmanes en el desprecio hacia la cultura de acogida, después, son temas omitidos por una prensa con temor a pasar por racista y que para no caer en prejuicios acaba consagrando estereotipos no menos perjudiciales para las minorías al presentar a todos los negros, a todos los hindúes y pakistaníes no como individuos sino como miembros de un colectivo de víctimas, al margen del éxito social que puedan tener…
Cree el autor que eso se debe a una forma parcial de entender la corrección política, que ha conducido a la prensa inglesa a tratar las comunidades inmigrantes con el mismo doble rasero que antaño se usaba con el bloque soviético, y a tolerar entre los inmigrantes toda una serie de actitudes (la homofobia, la violencia contra la mujer, la exaltación del terrorismo, la tolerancia frente a formas menores pero incontrolables de delincuencia) que sí se condenarían en comunidades blancas.
Y después llegó el 11 de septiembre, donde de nuevo se recurrió al relativismo moral para igualar a víctimas y asesinos, o incluso para culpabilizar a las víctimas de su propio asesinato, a través de las plumas de intelectuales de primer orden como Dario Fo o Noam Chomsky, pero también a través de numerosos periodistas ingleses, a los que por conocerlos bien y en persona, el autor reserva algunos de sus comentarios más ácidos.
La fatwa contra Salman Rushdie, el 11 de septiembre, el escándalo provocado por las caricaturas publicadas por un periódico danés, que provocó toda una serie de ataques contra el gobierno y los ciudadanos de un país en el que la prensa es absolutamente libre, el asesinato del cineasta Van Gogh en Holanda y el acoso de la feminista musulmana que asesoró uno de sus cortos, las bombas contra el metro de Londres, son algunos de los hitos de la intolerancia islámica dentro de Europa, recordados en los capítulos de la segunda parte del libro por un autor que está obviamente molesto contra los terroristas y los asesinos pero lo está mucho más contra la reacción, tibia y tímida, de la inteligentzia occidental, europea, frente a los mismos… Así en el caso Rushdie, a pesar del asesinato de uno de sus traductores y de las amenazas recibidas por distintos editores, muchos escritores occidentales se han limitado a ver el asunto como una controversia entre iguales, en la que ambas partes tendrían algo de razón, como si esa equivalencia fuera posible entre alguien que escribe un libro, que puede o no ser leído, y los que dicen que hay que matar al autor… Hipocresía que el autor ve también en los líderes musulmanes ingleses, que condenan unas caricaturas danesas que nadie se ha atrevido a publicar en Inglaterra, como ofensivas al Islam, pero se niegan a condenar un atentado terrorista cometido en nombre de su Dios.
Para Anthony, estas “tomas de posición” son toleradas por un multiculturalismo mal entendido para el que Occidente nunca tiene la razón, ni derecho al beneficio de la duda, mientras que el Islam siempre tiene derecho, por lo menos, a este último. Un autoodio a Occidente que el autor resume así:

“The anti-Westernism no longer takes the rigid form of procommunism but instead the more protean shape of cultural relativism. The job now is to overlook the abuse of women and homosexuals, to legitimise superstition, deride secularism, pour scorn on Enlightenment values, and recast religious terrorism as a simple function of Western brutality. British story over the centuries has been emancipation: religious, political and, increasingly in the last century, social and sexual. As a result of this protracted and sometimes bloody struggle, British culture, however it is divided and defined, is both reflected in and a reflection of certain rights, liberties, responsibilities, protections and opportunities. It’s not perfect, and progression and adaptation should be integral to any living culture, but I had to acknowledge that I thought these principles and the attitudes they fostered preferable to the petty corruption, sexism, homophobia, tribalism and patriarchal authoritarianism that were characteristic of many traditional cultures in the Third World.”

No deja de ser curioso que los dos ataques más duros que he leído contra el islamismo, y su presencia en Europa, vengan no de la derecha sino de dos periodistas que por largo tiempo han sido de izquierdas: Orianna Fallaci y ahora Andrew Anthony. En ambos casos, la crítica ante el cese del Estado a la hora de aplicar a aquellos que viven dentro de sus fronteras un trato igualitario para conceder a un grupo que no se integra en su nueva sociedad todas las ventajas de esta sin ninguna de sus responsabilidades, viene de gentes que abogan por un estado laíco en el que todos los ciudadanos tengan los mismos derechos y obligaciones y resienten un multiculturalismo de vía única en el que una sociedad se ve obligada a a abjurar de todos sus valores y hacer una autocrítica de todo su pasado con el único fin de que una parte de ella, aún no integrada, se sienta cómoda sin ceder nada. Como Orianna Fallaci supongo que también Andrew Anthony será acusado de racista y nazi. En cualquier caso de ser el autor de un libro que aquellos que no sepan leer con cuidad podrán confundir con un texto racista, sin serlo en absoluto.
Aunque escrito para Inglaterra, algunos fragmentos de The Fall-Out me han parecido desgraciadamente próximos. El problema está presente, el debate es inevitable y es bueno que se publiquen libros como este para evitar que esos temas queden en manos de los demagogos.

Andrew Anthony
The Fall-Out
Jonathan Cape, septiembre 2007, 320 pp.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Bookmark and Share

9 Comentarios ↓

  • Güicho

    Infelizmente el blandenguismo occidental es tan obcecado como el socialismo o el ecologismo. Ni siquiera el más rudo terrorismo sacude sus simientos.

    Apenas los sectores primitivos europeos -the underclass- disponen de instintos defensivos, pero los mecanismos benefactores estatales los mantienen sedados.

  • Santiago Navajas

    Gran recensión. Y necesaria. No todos los días se lee algo que merezca la pena, pero por hoy voy servido.

    Un saludo

  • Armando

    Secundo la moción.

    Francia tenía a Revel; Italia a Falacci; Inglaterra parece que también ha encontrado el suyo…
    y España?
    Ah! España se mira el ombligo -porque haberlos haylos pero…por qué no se les oye?-

  • Woland

    Mucho tiempo practicando alegremente la política del avestruz… Un informe presentado recientemente por el Ministro del Interior alemán, Schaeuble, nos trae cifras que son algo más que alarmantes, como han escrito educadamente los periodistas (ver por ejemplo http://www.publico.es/internacional/029771/fundamentalismo/aumenta/comunidad/musulmana/alemania). (Copio: uno de cada dos jóvenes musulmanes considera verdadera la siguiente frase: “Los musulmanes que mueren por su fe en la lucha armada van al paraíso”.)

    No sé de algún estudio semejante en España. Ahora, reunir cuatro noticias sobre criminales extranjeros en un vídeo propagandístico, como acaba de hacer CiU, no parece el camino más acertado para enfrentarse a este GRAVE PROBLEMA…

  • José

    Es una utopía pensar que la progresía española se va a enterar de lo ridículo de su buenismo.
    Bueno, rectifico: es posible que los que están viviendo como reyes por los votos de la masa ignorante lo sepan, pero procuran (educación, televisiones controladas, etc.) que la gran verdad que proclama Anthony se oculte.

  • 24 de noviembre de 2007

    [...] Andrew-Anthony, siempre copiando. [...]

  • Master Bates

    ¿Y qué hay de nuevo en todo esto?
    Supongo que ya que no podemos convencer a los fundamentalistas, habrá que matarlos a todos, incluidas a sus familias y ¿por qué no? a sus vecinos.
    Claro, es lo que tienen las bombas, que no seleccionan bien el objetivo.

    Como decía Bruce Lee: ‘be water, my friend’

  • Culpa y desencanto - DanielTercero.net

    [...] ni tan detallada, como la que nos regaló -de la versión en inglés-, hace ya unas semanas, Juan Carlos Castillón; ni tan breve y contundente como la de Paco Sánchez de hace unos días: Con todo, aún proliferan [...]

  • Salvador

    Que lo acusen de racista y de nazi, eso no es un insulto, no?

Escribir comentario