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La utopía vacía (IV)

  • Nov 21, 200715:10h
  • 8 comentarios

Que muchos cubanos hayan aceptado y acepten el totalitarismo como solución a sus vidas, no se explica únicamente por la fuerza que ejerce el poder o por su capacidad de anulación del “yo”. Mientras Cuba sea un país “joven”, nacionalmente irresoluto, el totalitarismo, en cualquiera de sus variantes —incluidas las “democráticas”— vendrá a establecerse en el país. Y es bastante difícil que una democracia, entendida en su acepción literal, prenda con rapidez y continuidad en la isla. En política, la violencia ha sido el vector fundamental, no el libre ejercicio de la vida en el espacio público. Los más de cuarenta años de totalitarismo en Cuba, a pesar de haber traído estabilidad —o mejor, inmovilidad— histórica, no han erradicado la violencia, sino que la han convertido, sutilmente, en razón de Estado.

En 1994, invitado a un evento literario en una de las provincias orientales de Cuba, tuve la oportunidad de visitar una escuela deportiva. En la sala de entrada de la escuela había una pequeña tarima que, a primera vista, por estar colocada junto a un mural con fotos y una bandera, parecía un adorno “ideológico”. Sin embargo, tenía como función no sólo “adornar” el salón de la escuela, pues daba acomodo a cuarenta porras de tamaño mediano, que a primera vista parecían bates de béisbol para niños de siete años. Las porras, según me explicó un profesor-deportista, servirían para “controlar algún motín contrarrevolucionario”, y estaban allí, justo a la entrada, a disposición de los alumnos, “para repeler cualquier acto contrario a la Revolución”. Cogerían sus porras, montarían el camión y se trasladarían al lugar del pueblo o de la zona —caseríos desperdigados en las afueras— señalado por el Partido o la Dirección de la escuela. Seguramente habría algo festivo en el hecho de montarse en un camión, en camiseta y short, a la orden de “ir a dar palos”.

La manía de “dar palos” o de agredir en grupo no es nueva en Cuba. Según se cuenta, ya desde los años 40 a los homosexuales “se les daba de vez en cuando sus escarmientos”. Los grupos de “hombres” salían a la calle, cogían a algún “maricón desprevenido, le daban tres o cuatro galletas para que parara de llorar”, y luego, con tijeras, lo pelaban al rape. Durante los días de la “huelga del 33”, La Habana se convirtió en una ciudad donde “podía pasar cualquier cosa”, incluidos los linchamientos por venganzas personales y políticas. Lo mismo se repitió en 1980, durante la salida de miles de cubanos por el puerto de Mariel: mítines violentos —o más exacto, pogroms— contra los que se iban o querían irse del país. En la década de 1960, amparadas por el “nuevo Estado revolucionario”, salían a la calle con tijeras grupos de mujeres que pertenecían a los Comités de Defensa de la Revolución, y pelaban a la fuerza, ante la aprobación general de los mirones, a los peludos o hippies que encontraban en la calle. Estos “porristas” del socialismo tienen su precedente en Cuba en los años de Machado, cuando se crearon los primeros grupos de “porras” paramilitares, curiosamente junto al primer código penal, el culto al líder, los congresos de eugenesia y el presidio “modelo”, que resumía arquitectura, psicología y antropometría médica como medios de “cura”.

La capacidad del totalitarismo de organizar la violencia dentro de la sociedad, de “institucionalizar” el terror, es una vuelta de tuerca al concepto romántico de Revolución: como ya era imposible sustentar la “lucha de clases del desposeído contra el burgués” —lucha que asegura durante un breve período la “legitimidad” del proceso, al menos desde el punto de vista internacional y de una porción de la sociedad—, la “lucha” se transfiere a otros niveles. Las golpizas y los gritos de los grupos organizados de cubanos contra cubanos son una página del proceso “revolucionario” cuyas consecuencias “morales” resultan imposibles de medir. Quien ha visto de cerca, o ha participado en algunos de estos grupos “espontáneos”, o ha resultado “objeto” de su violencia y cinismo, sabe de primera mano el grado de descomposición a que pueden llegar incluso las personas más allegadas: vecinos, amigos, familiares, o compañeros de trabajo y estudio. Los pogroms de 1980 cerraban una etapa de “pequeñas” políticas programadas en las aulas preuniversitarias y universitarias contra los estudiantes católicos que, por ejemplo, eran sometidos a “reuniones de escalafón” a la hora de escoger carreras: se suponía que un católico no era “digno” de ciertas profesiones.

El Estado cubano se había dado cuenta de que repetir la “experiencia rusa” no tenía sentido: los “campos de trabajo” (UMAP) llamaban demasiado la atención internacional. El asunto era crear mecanismos e instituciones que garantizaran indirectamente el control y la segregación, no sólo los Comités de Defensa en cada cuadra vecinal, sino también las nuevas brigadas de trabajo y producción, conformadas por “obreros escogidos”, que se pusieron de moda a partir de los finales de la década de 1980. Los obreros del “Contingente Blas Roca Calderío” —nombre de uno de los comunistas del viejo Partido Comunista anterior a 1959—, al escapar de las provincias orientales, cobrar mejores sueldos que el resto de los obreros del país, recibir pequeños regalos, condecoraciones y premios, además de ser “atendidos especialmente” por dirigentes políticos, se erigieron en emblema de una “nueva forma de lucha”, tanto en la producción —les encargaban tareas rápidas y de relativa importancia— como en “tareas ideológicas” —se les trasladaba de un punto a otro de la ciudad para controlar o “escarmentar” a los “grupos de disidentes” o controlar posibles revueltas en embajadas o en el malecón de la Habana.

Es difícil reaccionar de manera radical ante tales mecanismos. La sensación de que todo no es totalitario en la vida de uno es un imperativo psicológico que atañe a la sobrevivencia como “principio de realidad”. En Barcelona, hace poco, un amigo cubano me explicó la necesidad que él sentía de no saludar a otro amigo en la calle: no era sólo el miedo policial de que lo confundieran con las “tendencias ideológicas” del otro, sino la necesidad de poner a distancia aquello que ya no pertenecía al “mundo cotidiano”, y que se desplazaba por las calles de la Habana Vieja a Centro Habana o al Vedado con cierta calidad “irreal”, como si se hubiera desligado de lo cotidiano.

Eso mismo tuve oportunidad de sentirlo cuando me topaba por la calle a “disidentes” como la poeta María Elena Cruz Varela. La veía como a una persona “enferma” a la que se le había suministrado una cuota insana de energía, como si hubiera pactado con un único nivel de la realidad que la dislocaba del resto: un disidente, para poder ejercer como tal, de alguna manera tenía que “violentar” su persona respecto al “principio de realidad”, como hacen los actores. La casa del poeta y periodista Raúl Rivero, cuando comencé a visitarlo, me pareció que no era una casa “normal”. No sólo tenía la sensación de que “estaban grabando”: había, en los pocos muebles y en las paredes apenas pintadas del apartamento, un ligero aire de devastación o decadencia similares al hombre gordo que era Rivero. En su sillón, Rivero me parecía ciertamente un poco farsante. Incluso llegué a pensar a veces que aquel disidente “gordo y canoso” había equivocado su función en la vida. En fin, que cuando das un paso que te desconecta con la realidad, te vuelves irreal para ti mismo y para el resto: es la sensación que uno tiene si escoge un camino que no sea la plena indiferencia.

El totalitarismo te hace vivir en un mundo totalmente político, sin que uno suponga la diferencia, esencial o práctica, entre política y vida; como si finalmente aquella forma de vida fuera la vida. Conozco cubanos que ni en el exilio han podido cambiar radicalmente. En el fondo, conservan una vaga ilusión “redendora” que los hace fatalmente incapaces de actuar como seres normales en la ciudad a que han ido a parar. No aceptan vivir en el totalitarismo, pero ya nunca tendrán tiempo para adaptarse a otras reglas de juego como “principio de realidad”. Su crítica al capitalismo es despiadada y enrevesada, no porque amen el comunismo —probaron que ya no podían vivir en un sistema semejante—, sino porque ya no pueden vivir como seres normales en ningún lugar: los llamo cariñosamente “los endemoniados”, aludiendo en broma y en serio a los personajes de la novela de Dostoievski, que apenas tenían tiempo para sopesar la diferencia entre sus ideas y la vida que llevaban, paseándose por las calles de San Petersburgo con las manos y el cerebro crispados.

Rolando Sánchez Mejías
Barcelona

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8 respuestas
Comentarios

  • misha dice:

    Estimada maite, 9:45, te recomiendo para que veas ejemplo de falta de respeto en nuestra cultura a esta contribucion de Rolando Sánchez Mejías, en este mismo blog.

    La utopía vacía (II), como Rolando S. M. irrespeta a los orientales con absoluta arrogancia. Oiga, de irrespetuosos está llena la nueva oleada , salvo excepciones muy plausibles.

  • maite dice:

    Me gustan los anàlisis historicos antropologicos de Rolando Sanchez Mejias, si, es un buen cuentista, y es un intelectual preocupado por analizar las violencias a que somos proclives los cubanos, y su institucionalizacion en el poder a través de nuestra historia.
    Màs allà de discrepancias de “matiz” sobre determinados topicos nacionales, creo que sus escritos molestan porque son espejos, a veces un poco deformados, pero espejos al fin, que devuelven una imagen en la que no nos gusta reconocernos…
    La violencia ha marcado nuestra historia constantemente, y ser concientes de ello, quizàs nos permita reflexionar sobre la necesidad de paz, estabilidad y respeto en nuestra cultura, tan dada al abuso y la falta de respeto. Gracias Rolando

  • Anónimo dice:

    Nada nuevo, penoso, manido, cualquier adulto mayor almorzando en el Versalles, aqui en Miami, elabora un ralatico de ese tipo mucho mejor que RSM. Seria bueno que siguiera el consejo del guajiro, si es que no se le seco la fuente……

    Al

  • Jose Antonio dice:

    Pues este articulo si que me gusto. Directo, claro y que lleno de razones. Asi, que los endemoniados. Cuanto de cierto hay en esto.
    Y en lo de dados a pogromos, linchamientos y estruendos populares desde antes del 59, muy verdadero.
    Nada como la instrospeccion para saber quien somos y hacia donde queremos ir, y la realidad de hacia donde iremos.

  • Contra el Guajiro dice:

    Más nos aprovecharía a todos, Liborio, que aprendieras a leer de una vez…

  • Tengo entendido que Rolando Sánchez Mejías es un buen cuentista. Más nos aprovecharía a todos que publicara cuentos aquí.

  • Anarquista dice:

    “En su sillón, Rivero me parecía ciertamente un poco farsante”. Quizás no estuviste errado cuando pensaste que RR, “habia equivocado su función en la vida”. Creo que, fue precisamente ahí, en ese momento, cuando tuviste un orgasmo de luz que iluminó tu razón. Después te dejaste seducir por las sutilezas de la palabra y la impostura.

  • Jorge Camacho dice:

    Estupendo Rolando!! Ese es el rostro más perverso de la violencia institucional en Cuba, la marca que nos deja dentro. Hay quienes nunca logran sacarse ese demonio del cuerpo. Reinaldo Arenas, -a quien admiro enormemente- era uno de ellos. Pero hay tantos y tantos otros que para qué contar.