- nov 19, 2007 • 10:08h
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El patriotismo cubano se erige sobre los escombros del país, en la imposibilidad de estratificar una sociedad consolidada, capaz de crear, a su vez, instituciones con cierto aire de perennidad. Un personaje de la novela de Miguel de Marcos Papaíto Mayarí (libro que recoge un período importante de la presunta formación de la nacionalidad cubana, 1907-1946), Tin Boruga (que representa al rico azaroso que de la noche a la mañana se vuelve paria, mutilado, mendigo y bebedor) cuando Serapio Pedroso, el viejo criado de Federico Mayarí, le pregunta por qué bebe, responde:
-Tin Boruga, un harapo social; Tin Boruga, un andrajo, un residuo; Tin Boruga, un escombro, una imagen trunca, incompleta, una sinfonía inconclusa, viejo, que hace años tuvo la riqueza -casas en el Vedado, acciones de petróleo, almuerzos en el París, yacht en el Almendares, una garçonniere en la calle Marina- y ahora está hecho leña. ¿Comprendes por qué ahora me embriago? Pero no violento tu conciencia y tus escrúpulos. Ya que no me das el ron, dame su equivalente en numerario. Si Papaíto Mayarí, tu señor y mi excelente amigo, estuviera aquí, no vacilaría en calmar mi sed, sabiendo que es patriótica.
El totalitarismo no es entonces, como se ha querido ver, sólo un engendro venido desde afuera para desviar al país hacia un modelo extemporáneo: tal vez sea mejor observarlo como el animal que llevamos dentro, seres aún coloniales, instituciones nunca maduras, que cualquier cazurro, sea o no oriental, puede mancomunar bajo éste o aquél pretexto redentor, bajo la “sed de patriotismo”. Y si el totalitarismo ha prendido, no ha sido sólo por “marco histórico”, sino también debido a razones “emocionales”: necesidad de hallar asidero en la vida nacional, de vincularnos a un proyecto político estable con determinado capital de “redención”.
Quizás tengamos que ver el totalitarismo cubano como culminación de la Colonia. En Cuba, el capital apenas tuvo tiempo para organizar algún equivalente de nación: por un lado dio lugar a un pequeño burgués vacilante, un Tin Boruga potencial que lleva en la sangre el suicidio o la bufonería como modos de resolución; por otro, a una “alta burguesía” cuya “ilustración” arrastraba el siglo XIX como un pedigrí legañoso, y cuyo capital tampoco sirvió —como demostraron los hechos— para darle coherencia al país. Forcejeo de un Estado siempre precario, incapaz de avanzar hacia la democracia a no ser instituyendo la violencia; forcejeo que generó el “terror del 33″ (precisamente cuando el Estado había cuajado en su forma más moderna), y que se erige en el signo dominante de la política en Cuba durante el siglo XX, dando paso a dos dictadores como Fulgencio Batista y Fidel Castro, ambos amparados en un discurso nacionalista de “sed patriótica”.
El populismo y el control institucional cuajaron en los años del gobierno de Machado en la década de 1930, años que venían a resumir una historia de exabruptos, decepciones y falta de cristalización cívica de la política como medio pacífico de construir la nación: de ahí que lo que se creó no fue una nación, sino un Estado, que recogió del fascismo europeo el “biologicismo” —una de las frases de Machado y de otros presidentes que vinieron después fue “sanear la nación”—, la ampliación y consolidación de una policía y una “inteligencia policial” que se hicieron populares en América, la estratificación de un fuerte aparato burocrático no exento de “ideología” (durante el gobierno de Machado se creó, por ejemplo, la Liga de Higiene Mental y el Departamento de Moralización). Por otro lado —o por el mismo lado, pues el Estado tenía que consolidarse bajo alguna “teoría”—, habían llegado a cristalizarse las tesis de una “limpieza social”, amago de mecanismos biologicistas, raciales y médicos que procuraban -según el escritor Marqués de Armas- un cubano “más limpio” en lo racial y lo psicológico: luego de la “rebelión de negros” de 1912 (murieron alrededor de 4.000), el fantasma de futuras rebeliones no se pudo borrar de la sociedad blanca y burguesa cubana; el negro, el vago, el paria social, el borderline, ya pertenecían a un mismo campo indiferenciado.
Rolando Sánchez Mejías
Barcelona




