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La utopía vacía (II)

  • nov 12, 200710:55h
  • 9 comentarios

En Cuba, casi ningún cambio político desde la Colonia se ha producido por deslizamiento: el “nuevo” acontecimiento, metido de sopetón en la realidad del antiguo, aparece como disloque, como irrupción más o menos abrupta. De ahí que sea laborioso, por no decir imposible, delimitar las nuevas zonas de composición en un formato que permita cortes de estabilidad profunda.

Supongo que para las personas nacidas y “crecidas” antes de 1959, sería mucho más difícil “averiguar” o “mantener” un estatuto, llamémosle simbólico, de pertenencia a un país, o a una nación, si sustentamos ese atributo como consecuencia de vectores de pasado, por muy fantasmales que sean. Nacer en 1959 o a partir de esta fecha, como es el caso de tantos cubanos vivos, representa no sólo una diferencia de dimensión histórica, sino también, para llamarla de modo pretencioso, una diferencia de dimensión metafísica. En realidad, se ha nacido en un “mundo nuevo”, cosa que ya advertían ideólogos de la Revolución como Ernesto Ché Guevara, que dictaminaron temprano la calidad o cualidad de “hombres nuevos” que detentábamos los “nacidos” y “crecidos” dentro del proceso revolucionario. Desde muy temprano y programáticamente nos enviaron a becas escolares —allí se comía, se dormía, se trabajaba y estudiaba—: el Estado se aseguraba de que los “hombres nuevos” no fuéramos formados por las familias, que arrastraban la culpa burguesa o la debilidad del desarraigo.

La primera “becada” que conocí fue una de mis primas, traída de la provincia de Oriente por una tía. Mi prima, flaca y mal vestida, con una muda de ropa a lo sumo, llegada de Cueto o de Marcané, se incorporaba unos días a la “vida familiar”, y luego era vestida con el feo uniforme carmelita y enviada a la “beca” -una casona del otrora barrio burgués de Miramar- puntualmente los fines de semana. Supongo que para mi prima, que venía de aquellos puebluchos áridos y precarios donde también habían nacido mi madre y mis tíos, escapar de la miseria, de los campesinos bobalicones y alcohólicos del lugar, del paisaje que pasaba según el día y la hora de bucólico a seco y agreste, era algo así como un alivio; y verse vestida de aquel modo, e integrada a un “estilo” de socialidad menos aburrido, era una manera más digna de vivir, supongo, porque en vez de sentirse descontentas por la lejanía, las becadas asimilaban la nueva vida de la ciudad, se volvían parte inseparable del paisaje urbano, y los fines de semana, o cada quince días, dependiendo del ciclo de sus “becas”, se les veía arribar con sus maletas y uniformes para integrarse a esa otra forma de domesticación que era el trabajo en casa. De becadas pasaban a fregonas —además de su ropa tenían que encargarse de otros menesteres como la limpieza— y apenas contaban con unas horas para el cine o el proverbial paseíto por el Vedado, que desembocaba en la visita a la masiva heladería Coppelia, símbolo encarnado del sistema político. (El helado de Coppelia, según el Estado y la voz popular que reproducía la voz del Estado, era “el helado más sabroso del mundo”.)

Los becados en la Habana se contaban por miles y venían de todas las provincias, aunque creo que sobre todo provenían de Oriente, la provincia más grande y miserable del país. Al ser “rescatados” por el sistema político, arrancados a una vida campesina y miserable, los “becados” se constituían en un ariete perfecto del totalitarismo. No hay peor cosa que ver a un campesino metamorfosearse, de pronto, en “ideólogo” del sistema. Lo que tenía de campesino, con la reciente capa de ideología, se volvía duro caparazón. Los habaneros, los que se consideraban habaneros de pura cepa, no asimilaban la lengua de campo que les parecía chabacana o, peor, “cantada”. (Sí que mis primas —llegaron otras después— “cantaban”; para mí no era inconveniente porque ya yo había oído “cantar” a mi madre, aunque mi madre, fruto del esfuerzo que tuvo que hacer desde niña para cantar realmente -cancioncitas de Schubert y pedacitos de óperas cubanas-, era de los orientales que menos “cantaban”.

Mi padre, el zombi cazurro, no “cantaba” cuando hablaba: era del centro de la isla y allí no se “cantaba” como en Oriente. Por otro lado el “idioma” habanero, de cierta forma, se resistía al totalitarismo, mientras que el “idioma” cantado de Oriente se amoldaba al nuevo pathos ideológico: las arengas y discursos en cubano “cantado” tenían un no sé qué que me dejaban, o con la boca abierta, o con la sensación de que me habían estafado. El propio Fidel Castro, aunque no cantase tanto como el resto de los orientales —aunque sí “cantaba”—, supo utilizar aquella melodía que se parecía a la “tierra”; no sólo la melodía, también los afectos -y aflicciones- que eran “naturales” del campo: cierta espontaneidad, como si se abriese, el muy cínico, de pronto, el corazón. ¡Qué tipo!)

Que el totalitarismo cubano se haya afincado en Cuba con devoción insular por más de cuatro décadas se explica, entre otros factores, por el amplio caudal de “violencia” que, a modo de capital simbólico —si se puede hablar así a un fenómeno tan complejo y difícil de definir— se ha ido acumulando. El enraizamiento —u origen— que han buscado con sospechosa obsesividad los letrados e ideólogos del país desde el siglo XIX, puede interpretarse como necesidad de encontrarle -o fabricarle- un molde a la nación. Un molde y no un cajón de sastre, donde cabrían, en disjecta membra pero atemperados por una lógica “nacionalizadora” modelos políticos y poéticas insulares, catastros de botánica nacional y programas de cómo debía definirse “el ser cubensis”. ¿Cómo “meter en cintura” aquel agrupamiento fortuito de razas y conciencias distintas? ¿Cómo empujar a un chino junto a un negro y a un castellano en un proyecto nacional? Eso, un molde, un Estado o un conato de Estado, y no el tan traído sopón o ajíaco que se tiene por símbolo de mezcla de razas, es la lección que el totalitarismo extrajo de la historia cubana, convirtiendo, lo que había sido una revuelta o revolución, en el molde perfecto para “definir” a un país que siempre se ha resistido a una forma estable de Estado-nación.

Sólo un oriental, un hombre cazurro como Fidel Castro, que representa la norma típica de astucia nacional —cuya cazurrería se puede olisquear como un rastro desde la Colonia hasta hoy—, pudo darle el empujón que necesitaba el país para mirarse en el espejo de una utopía. Que un hijo de terrateniente oriental —el padre, un gallego— haya venido a la Habana y le haya hurtado a los republicanos el país posible, es signo de la cazurrería proverbial de los orientales.

Finalmente, republicanos o revolucionarios, cualquier propuesta, como lastre insoslayable, pasa por la “cubanidad” o “cubanía”. Como dice el novelista cubano Miguel de Marcos en Papaíto Mayarí (crónica humorística, “pantuflar”, como llamó el autor a su estilo despreocupado y satírico en la década de 1940) la cubanidad es amor, o es el timo del siglo.

Rolando Sánchez Mejías
Barcelona

9 respuestas
Comentarios

  • Woland dice:

    Rolando, broder: se te fue la olla.

    Lo único que nos faltaba: ¡anti-orientalismo!

    ¡Retráctate, o le digo a Carod que te nombre embajador de Catalunya en Cueto!!! :-)

  • Jose Antonio dice:

    Nunca entendere una literatura comprometida, y menos aun estar comprometida en desplazar una mala leche. Que se la agrio quien sabe.
    Esta de liborio, Misha, Anarquista, Anonimo y Sergio me parece una buena tropa en este post.
    Pero que tendran que ver Oriente, Las Villas, Pinar del Rio o quizas el Toti con lo que pasa en Cuba?
    Pero la cosa no va por arbitrariedades geograficas. La cosa va, Oh, salvanos Dios, por nosologia demografica que amenaza a ese pais independiente, a esa insula llamada Habana.

  • sergio dice:

    ¡Viva Oriente, Carajo! Por ahí comienza Cuba y ahí comenzó nuestra historia después que llegó Colón. Los cubanos más antiguos son los orientales, pues la colonización de Cuba por ahí comenzó. Las primeras villas, el primer obispado, la primera capital, todas estuvieron en Oriente. Hasta el nombre Cuba es de esa región, en particular donde se encuentra Santiago. Fué en Oriente donde encontraron o primero veneraron la imagen de la Virgen, y es allí donde tiene su casa la que fué declarada patrona de todos los cubanos. Fué en Oriente donde se sintetizaron tres razas: la indígena, la española y la africana. Para después uníserles franceses, árabes etc. Gran diversidad hay en el Oriente cubano, en todos los sentidos. Y no digo esto porque sea yo oriental, pues no lo soy, soy del otro extremo de la isla: pinareño.

  • Anónimo dice:

    La primera parte fue una miserable mentira y esta segunda, una racista mentira; en ninguna de las dos hay literatura, análisis, ensayo. Y repito: Dios nos salve, a Cuba y a los cubanos, de estos que se dicen y se anuncian como literatos.
    Rolando sanchez Mejías: Por qué no te callas?.
    Verguenza !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

    Al Rodríguez

  • Jose Antonio dice:

    El Oriente cubano miserable?. Con su capital humano, sus minerales inagotables, emporio azucarero y cafetalero, industrias, recursos hidraulicos y maderables.?
    El tosco campesinado que invadio la siempre Noble, elusiva y casquivana Habana, que a quialquier hombre nuevo se le entrega, que no canta. Si es que no puede cantar, con sus S aspiradas y sus B explosivas. Mi gran putaco prostibular, mi Habana.
    Siento tufo a racismo. Decia la negra Amada en casa: “Al que le apesta mucho el negro, es porque lo tiene cerca de la nariz” a esto le llamamos en psiquiatria “reaccion formation”

  • El Anarquista dice:

    En la pobre mentalidad del señor Mejías, existe un paralelo entre el campesino y el miserable; una analogía desdichada con el sólo objetivo de establecer que, “los becados se constituían en un ariete perfecto del totalitarismo”. Es decir, en aras de satanizar una ideología, se prostituye sin piedad la génesis sublime de un campesino. Asistimos en este texto, a la profanación conceptual de la virginidad espiritual del ciudadano-tierra; ese que con mayor frecuencia salva su alma de la jauría humana.

    Si duda, miserable encomienda teórica la de este señor Mejias. Sigan denunciando sus carencias. La lejanía física de éstos Gregorio Samsa, nos proteje.

  • misha dice:

    cazurro, rra
    adj. y s. Torpe, corto de entendimiento.
    Tosco, zafio.
    ——————–
    Qué atrevido eres Rolando Sánchez Mejías, hijo y nieto de cazurros! Cazurro tú tambien.
    Holguinero y guajiro.
    Me documentaré sobre tí.

  • misha dice:

    Quién te dijo que Oriente era la provincia más miserable del país? Vamos a documentarnos.¿ok?
    Y dale que dale con la res……
    A uds. le va a ir mal con este asunto .

  • Liborio de La Pena dice:

    Parece que tienes un trauma con los orientales.
    Es muy facil usar el regionalismo para hacer pagar a un grupo determinado por toda la caca nacional.