- sep 21, 2007 • 09:22h
- 9 comentarios
Yo hubiera querido cogerlo porque era enorme y colgaba peligrosamente fuera del cantero en este sexto piso en el que vivo. Pero como no estaba todavía completamente colorado, lo dejaba crecer un poco más a ver si se encendía su color antes de recogerlo. Pero, qué va, era demasiado gordo y eso mismo fue lo que lo precipitó al abismo.
Esta mañana, al ir a echarle un vistazo, noté que se había ido de su tallo. Miré a ver si lo veía espachurrado en el suelo del traspatio pero pienso que la portera debe haber recogido su cadáver porque no vi trazas de él.
La causa de que aparecieran paulatinamente esas matas de tomate en mis canteros fue un misterio para mí durante varias semanas Fueron creciendo poco a poco, y yo me enteré de que eran tomates cuando Osneldo, que es guajiro como su nombre indica, en la fiesta que di para los artistas que hicieron los refrigeradores que estuvieron expuestos en el Grand Palais este verano, al mirar por la ventana de la cocina dijo con su voz gangosa y su hablar displicente: “Ay, son tomates, son maticas de tomate”. Pero yo no lo tomé muy en serio ni le di importancia al asunto pensando que sería una reminiscencia campestre de su guajirismo endémico, porque además ya a esa hora estaba un poquitico borracho.
Y fue con el paso del tiempo que aparecieron los tomaticos verdes, y me tuve que rendir ante la evidencia de que los guajiros sí que saben de matas y yerbas, aunque se hayan vuelto artistas como Osneldo y se hayan ganado Premios Nacionales de escultura y todo.
Cuando volví de pasarme un mes en Cuba, ya aquellos tomaticos que yo había dejado al irme eran unos señores tomates. Y yo me preguntaba cómo diablos era que estaban creciendo tan frondosos y hermosotes en todos los canteros, porque una semillita de alguna yerba loca puede que llegue volando con una brisa distraída y se te incruste en un elegante cantero de geranios en tu balcón burgués, pero tantas matas de tomates en todos los canteros era algo difícil de concebir por esa vía.
Y un día de esos, descargándole como de costumbre a mi psicoanalista, de repente me acordé de que meses antes me había dado por hacer cierto experimento. De tanto escuchar por France Culture esos programas ecológicos en los que te explican cómo hacer abono con tus basuras orgánicas para enriquecer el humus, se me ocurrió que todos esos mojones que yo echaba en el inodoro y que no le eran de ningún beneficio a nadie los podía utilizar provechosamente para fertilizar mis canteros.
Y mientras hubo sitio en ellos, deposité lo que hacía a esos efectos en una palangana dedicada exclusivamente a tales menesteres, y eso duró como unos quince días antes de que estuvieran todos los canteros de las cinco ventanas, expuestas al sur y al oeste, tan rebosantes de mierda que no pude seguir descargando en ellos el contenido de mis palanganas y volví a echarlo por el hueco del inodoro como cualquier vecino, y como yo siempre había tenido costumbre de hacer antes de escuchar ese dichoso programa de radio.
Después de eso me olvidé del asunto. Y no fue hasta esa hora del miércoles, mientras le descargaba a Abou Raschid, que me di cuenta de la cadena causal que enlazaba esos tomates con mi experiencia de agricultor amateur.
En efecto, los tomates que había comido en aquella época contenían esas semillas que no vinieron volando ni en el pico de ningún sinsonte, sino que pasando a través de mi cuerpo habían sido transportadas en mis escultóricos y flamantes soretes hacia esas macetas en las que florecieron y maduraron sus frutos al tibio sol del verano parisino.
Y me sentí enternecido por estos hijos míos, tan colorados y sanotes que colgaban despeocupados, ignorantes de su linaje, estirpe y noble prosapia, pues eran hijos de un artista, de un pintor que los había engendrado por esta vía conceptual a manera de instalación digna de ser exhibida en algun museo de vanguardia del Primer Mundo, como el MoMA de Nueva York por ejemplo, que tanto promueve este tipo de novedad estética.
Y se lo dije a Abou Raschid, quien como de costumbre se rió mucho de mi ocurrencia, que yo debiera ser quien le cobra a él en vez de pagarle por esas consultas descargosas que le disparo una vez por semana, porque el tipo se ríe a mandibula batiente con todas mis aventuras, y me dice que no es que se esté burlando de mí ni por nada malo, sino que es por la manera en que yo se las cuento que se desbarata de la risa.
Antenoche ya me comí tres tomates al ver que no me quedaba nada con que hacerme una ensalada para la cena, y ya sin ganas de bajar al Champion porque no me gustan ni las frutas ni los vegetales que venden en los supermercados. Sobre todo, después de enterarme del escándalo de los fertilizantes cancerígenos de la Martinica, que de eso también me enteré por France Culture.
Ramón Alejandro
París




Primera vez q leo algo de Ramon y me he reido muchisimo, con su forma de narrar, algo tan singula q la caida de un tomate , por el balcon , jajajajaja, felicidades, me ha encantado, menos mal q no estaba , comiendo nada, sigue asi , esta muy bueno, y si quieres pinta tambien no importa , vinculas las dos cosas , jajajajajajajaaja……………..
ramon alejandro deberia decorar los produces de los sedanos
Imagino el olorcito que entraria por las ventanas, antes que los tomaticos crecieran.
Hay que saber poner la obscenidad. Yo lo he encontrado grosero, groserísimo. Este muchacho es coprofílico. Y hay homosexualidad en la manera de narrar: colgar, enorme, etc. Inconscientemente se refiera a un falo grande que cuelga. Por otra parte un fecaloma es algo fálico. ¿O no? Zapatero a sus zapatos. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Que pinte. Pero que no escriba. Que cedan este lugar a un escritor real.
Sin mariconerias?.Yo no conozco al Ramón, pero es ostensible que el que narra la historia es una loca de carroza.Que quede claro que no pretendo afender ni discriminar a nadie,además creo que el autor se debe sentir orgulloso que sea tan plumífera su pluma.Felicidades por haber parido tomatitos.
Genial las cosas que escribe Ramón !
Ya quisieran otros “reconocidos(as)” escritores(as) llegarle a los talones ! Ramón no solo tiene gracia y cultura, sino que da verdadero placer leerlo. Sin pujos, ni extreñimiento !
Cómo deben envidiarle Dios mío !
Me gusta cuando escribe con tanta imaginacion y humor, es super divertido, asi su psy lo debe adorar que no todo el mundo tiene esa chispa…genial jajaja
Debiera quitarle un poco de sturación a la cámara, ya que el verde está tan saturado que no es real.
wow! Un escrito de Ramón sin mariconerías!