- sep 07, 2007 • 19:05h
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El tipo, que tenía 22 añitos y se llamaba Orleidis, era delgadito y nervioso, con el pechito bien formado, y todo su conjunto elegantemente diseñado. Tenía una hilera de pelitos desde el ombligo hasta el espacio entre los dos pectorales, todo muy agradable de contemplar.
Curiosamente estaba afeitado del pubis, y como los pantalones los llevaba por el suelo, su lisura contrastaba con el resto del vientre, tan peludito. Estaba todo cubierto (pecho, hombros, brazos) de unos rústicos tatuajes hechos durante los tres años que pasó preso por culpa de una toalla que se robó un amigo suyo y que él, por imprudente guapería, asumió como delito propio. Luego, ya preso, agravó su caso intentando fugarse sin éxito. Terminó saliendo, después de esos tres años de sonadas gurapas, algo afectado por todo aquel embrollo que se le había venido encima tan jovenzuelo sin comerla ni beberla.
Para terminar la descripción de Orleidis, no puedo escamotear el hecho, determinante para el conjunto de su agradable apariencia, de que le faltaba “el centro de mesa”, es decir los cuatro incisivos, por lo que su sonrisa era muy semejante a la de aquel patriota rumano que, además de ser conde, se hizo famoso en el mundo entero por las películas de horror que se han hecho con el peregrino cuento de su vampirismo.
Desde el momento en que Orleidis me invitó a ir con él a esa fiesta de quince de su vecindario, los que componían el corrillo que nos rodeaba (que eran más de 10 personas entre familiares, vecinos y allegados), se pusieron a discurrir en animadísimo debate sobre el tema de que todo lo que eventualmente se fuera a hacer se hiciese con muchísimo respeto. Y ponían tanto ahínco en ese “muchísimo respeto” debido, que hasta yo colegí que tal punto era de primordial importancia para la espontánea asamblea popular que dictaba las reglas a seguir en los subsecuentes sucesos, a pesar de estar ya un poco ido de la cabeza por haber aceptado por pura zalamería tomarme dos tragos de la botella de ron barato que Orleidis llevaba consigo y que luego supe que contenía ese terrible chispa’etrén que se bebe la gente sin dinero para algo mejor.
Marta era la que parecía dar las pautas, y como era la madre del chiquillo nadie podía ponerle reparos. Mientras el grupo debatía esas leyes improvisadas, Orleidis se me acercó, socarrón, y con “muchísimo respeto” me dijo que me quería mirar bien de cerca, si yo se lo permitía, cómo era eso de que las cuatro argollas que yo llevaba pendientes de mi lóbulo auricular izquierdo pasaban todas por el mismo agujero, porque no acababa de creer que entraran todas por ahí y que yo aguantara el peso de tanto arete en ese sitio preciso. Y como, por supuesto, yo le concedí permiso para hacerlo, se dio gusto estudiando el asunto y examinando bien de cerca mi proeza decorativa. A la larga, luego que todo el mundo acordara conducirse con tantísimo respeto, pudimos irnos en pandilla familiar y vecinal para la dichosa fiesta.
La cosa era en un terraplén, delante de una de esas casas prefabricadas que hizo construir el Che en los tiempos en que se ocupó directamente de las minas de níquel de la antigua Nicaro Nickel Company, siendo entonces Ministro de las Industrias Nacionales. Para que los guajiros vivieran en mejores condiciones ahora que el gobierno era del pueblo, se les había construido en la loma, encima del antiguo caserío de pescadores de Punta Gorda, del otro lado de la carretera que seguía hacia Baracoa, otro Puntagorda nuevo de paquete, con agua corriente y todo, al que se le empezó a llamar Punta Gorda Arriba, como suelen nombrar siempre en esa zona donde las sierras caen al océano por profundas cañadas sin llanura costera ninguna a los pueblos hermanos que están situados, uno cerca del mar y otros ya encaramados en las empinadas lomas de los contrafuertes de la Sierra Cristal.
Pero esos acontecimientoss históricos fueron hace ya casi medio siglo, y el trópico es particularmente implacable con los inventos de la modernidad, por bien intencionados que sean. Y hoy ese pueblo prefabricado es mejor no tratar de describirlo, porque si por fuera todavía da el golpe de efecto, por dentro el estado de desconchinflamiento material deja mucho que desear.
Punta Gorda Arriba se va pareciendo cada día más a Punta Gorda Abajo que estuvo allí desde los tiempos de María Castaña, Ñañá Seré y el Diablo Tuntún, que es quien sigue reinando por aquellos lares. Y la población sigue desgastando el entorno a fuerza de displicencia, tedio existencial e inventos de su cosecha para adaptar todo aquello que trató de ser nuevo a la férrea servidumbre de sus ancestrales costumbres y atavismos.
Pero volviendo al cuento, en esa fiesta de quince fue que di tremendo show con despelote, bailando como si estuviera en los exclusivos altos del protocol del popular Salón Rosado de Marianao, sin darme cuenta de que el suelo era de tierra sin apisonar siquiera, y de que estaba rodeado de guajiros ñongos que, paralizados de comedimiento, ni bailar osaban, limitándose a contemplar extasiados mis danzas sicalípticas mientras Marta, la madre de Orleidis, les preguntaba, agresiva: “¿Ustedes vinieron a bailar o a mirar?”.
En cierto momento de la avanzada nota, recuerdo vagamente que Marta me estaba bajando tremendo teque sobre el tema de que en esos pueblos de campo donde la gente era tan chismosa y malediciente uno no se podía comportar así y hacer esas cosas que yo estaba haciendo, y fue después de esa instructiva charla que familiares y amigos de Orleidis nos llevaron hacia un parque infantil, que estaba tan desvencijado como todo el resto del pueblo de Punta Gorda Arriba, sin desdorar al de Punta Gorda Abajo. Orleidis se fue a sentar tan campante en un caballito muy minimal, de hierro oxidado con manijas para agarrarse por arriba saliéndole directamente de la cabeza, que era una plancha de hierro recortada, y un respaldar muy lustroso por el frote de tanta espaldita de infante mojado de sudor, con otros dos tubos saliéndole por debajo para que los niños apoyaran los pies.
Y allí mismito fue que Esteniño se sacó la pinga de medio lado y que yo sin reflexionar ni nada me eché al suelo para que mi boca quedara a la altura de su pinga a secas, así, pelada, sin huevos ni nada. Y al metérmela en la boca fue que sentí esas bolitas que yo nunca había conocido antes, fuera del cuento famoso de Pedro Juan Gutiérrez, dentro de una capa corrediza de ese tipo de tabaco que sí conozco bien desde que ando por los campos aleatorios y pandemios del amor.
Y le pregunté que qué era eso y él me dijo que eran perlas. Y como no estaba para poner objeciones en ese trance se la seguí mamando, despreocupándome totalmente del asunto porque lo que en realidad me tenía algo descontento era que se hubiese guardado los huevos dentro de la portañuela; por ahí sí que le protesté consecuentemente y le dije, después de un ratico, que se los sacara para que pudiera chupárselos. Ahí fue que me dijo que le fuera a decir a su tío, el hermano de Marta, al Curro, a Sivio y a Hanoi, que se fueran un poco más lejos porque lo cortaban mirándonos desde tan cerca. Y me paré y enseguida les dije, porque estaban prácticamente al lado de nosotros fisgoneando descaradamente, que se alejaran un poco porque me tenían al chiquito medio cortado. Y me respondieron que no se podían ir porque un poco más lejos estaban Marta y el padrastro vigilando, lo cual no tenía ninguna lógica, pero en ese tipo de momento uno no reflexiona demasiado coherentemente y así se lo fui a decir a Orleidis, tal cual me lo acababan de decir a mí, que por lo cerca que estaban bien se lo hubieran podido decir directamente ellos mismos.
Y entonces fue que me dijo que lo siguiera y cogiéndome de la mano, porque entretanto yo me había puesto ya en cuatro allí mismo sin preocuparme de los espectadores, y me hizo pasar por debajo de una talanquera que quedaba casi a ras del suelo, que cuando la fui a ver a la mañana siguiente no pude concebir que hubiera yo podido pasar por allí con mis 64 años cumplidos para andar en acrobacias con semejante borrachera.
Y así fue que nos encontramos en una especie de camino vecinal propincuo totalmente a oscuras, fuera del radio de acción del bombillo que apenas alumbraba pero que ya con eso jodía bastante, en sitio más propicio para la consecución de nuestros deseos, donde con más sosiego al fin me pude poner de manera que me montase a pesar de que era de esos que le exigen a una agacharse mucho. Me encontraba de lo más incómodo, pero ya por fin con aquello con sus tres perlas y todo adentro, y yendo y viniendo por caminito bien trillado y sensible, y a buen ritmo y sabrosa cadencia natural —y muy montuna por cierto. Y en cierto momento le tuve que decir que acelerara el vaivén porque ya no aguantaba mas, y él se creyó que era del culo que no aguantaba más, pero le tuve que explicitar que del culo estaba de lo más feliz, pero que era el resto de mi cuerpo el que ya no soportaba la posición extrema en la que me exigía ponerme porque ya a mis años no me podía agachar tanto de la cintura para arriba.
Y el caso es que así y todo gozamos un ratico más hasta que parecía que íbamos a culminar ambos con una merecida venida simultánea después de tantos y tan descabellados percances y entremetimientos de terceros, cuartos y hasta de catorceavos impertinentes y pasmadores profesionales, cuando en eso vemos sobresalir por encima de la dichosa talanquera que nos había permitido una relativa intimidad, la cabeza de enano de las Meninas de Velázquez del Curro con sus cuatro pelitos rubiancos de jabao vergonzante que tenía, pidiéndonos que nos apuráramos porque Marta ya se estaba impacientando. Y mosqueado ya con tanto jaleo, Orleidis, un poco desanimado, me susurró al oído de manera que el Curro no lo oyera: “Mejor lo dejamos para otro día”.
A mí se me ocurrió después de todo hacerle un regalito a Orleidis por su buena disposición y él me dijo que de ninguna manera lo aceptaría porque él había hecho aquello por puro gusto. Y tuve que buscar entre aquellas penumbras a Azael, que así se llamaba mi chofer que se tomaba muy en serio su papel de secretario mío sin que yo se lo hubiera pedido pero que desempeñaba esa función con mucha pericia y buena voluntad, y resulta que, como de pura casualidad, también andaba por esos parajes, supongo que como parte del mismo equipo de vigilancia familiar y comunal aunque con un poco más de discrecion que los otros, porque se me había quedado otra vez con la cartera so pretexto de que hubiera peligro de que me la robasen como acostumbraba a hacer de vez en cuando.
Y le dije que quería darle un regalo a Orleidis y él me preguntó: ¿Qué le damos, cincuenta? Y yo le dije que sí, y él sin devolverme la cartera ni un carajo parece que por verme demasiado curdango todavía le dio cincuenta pesos cucalambés directamente a Orleidis y enunciandole en voz alta y clara al chiquito la cantidad exacta del valor del billete como para que acusara el golpe.
A lo cual Orleidis me respondió, entre incrédulo y resabioso: “A ver si es verdad”. Y los puso de manera que la luz de los mortecinos faroles del alumbrado público disipara sus dudas. Cuando en eso llega Marta como un cohete, y le grita a cajas destempladas: “Me tienes que dar algo a mí también!”. Y el muchacho no había manera que quisiese ir a dormir, que era lo que todos le aconsejaban, y se empecinó en que de ninguna manera se iba a acostar hasta que a él le diese la gana, y se fue acompañado por el Curro a cambiar su billete de cincuenta cucalambés por una botella de ron de veinte pesos moneda nacional, mofuco chispetrén, para seguir bebiendo, y se los entregó en depósito a un macetón del pueblo que se encontraba en la fiesta de quince —que todavía seguía andando sola—, con su foco de luz que más bien cegaba a los que cogía de frente en vez de alumbrar el escabroso terraplén que había frente a la casa de la homenajeada.
Ramón Alejandro
París





Para el que no sabia lo que es una pajara chocha, el ejemplo clásico es Alfredon Guevara.
Anonymous, hijo mío, pero te has cogido el blog para ti solo. No ves que ni te hacen caso… Recuerda que la belleza está en los ojos de quien la ve. Dejémonos de querer ser correctores absolutos de las expresiones y gustos ajenos…
pura vulgaridad, fuera de etica, desercionarte, no lo leo , mas, m…..!!!!!!!
No es un problema c………. todos sabemos que el no tiene ni en un sentido u otro es de mala redaccion y mal gusto.
vulgaire merde
MERD
Totalmente moderno y avantgard, Ramón pinta con palabras y (contrario a los que dicen los analfabetos esos) su literatura SÍ está emparentada con la Erotica del bugarrón de Buonarroti, esto es literatura de pintor par excellence!!
Además, la pintura de Ramón, ES LITERATURA… y su vicio, su “defecto”, consiste, exactamente en ser demasido literaria… troppo literaria…
Jajajajaja
Bravo, Ramonsuelo, las únicas páginas que merecen leerse en toda la literatura cubana actual, lo demás es de una mariconería (¡precisamente!) de una pendejada (¡que tu muchacho se había afeitado!) tal que leerte a ti es ya un acto de liberación.
Y…
.. al sentir esa libertad entrándoles por el culo, los reprimidos gritan de placer: entiéndelo. Cada una de las protestas equivale a un orgasmo digital. Y afin de cuenta,una de las funciones principales de la INTERNET es proveer sexo barato y anónimo, con los pantalones arrollados, delante de la pantalla, hipócritas lectores!!!
¡Caballeros..! Algunos estàn reaccionando cual recatadas y feroces doncellas guarnecidas de morales inquisitoriales… O como los “Comecandelas” de las Brigadas de Respuesta Ràpida en los “actos de Repudio”.
Si esto sigue asì, el tipo va a terminar en la UMAP.
¡No sufran con lo que Èl goza!
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PolO “El Tolerante”
ñoo Ernesto,
después de 14 días sind Internet en la región donde me encontraba regresé hoy y lo primero que hago es pinchar es PD y me encuentro con esta oda a la mariconería. Solavaya!
Parece que la revista Encuentro quiere publicar fragmentos de Adua la Pedagoga, el relato de Ramón Alejandro que salió antes aquí, pero con la condición de que no sean muy pornográficos…
porque no pone para poner la tapa al pomo la bella litera-burra de Soez Valdes ?
Ay, Ernestico, mira que eres chicharrón del Mongo. Se ve bien que no tienes dinero para adquirir uno de sus cuadros. O que buscas algo más. Cuánta guataquería, por Dios.
Ramon Alejandro…llego el hombre lobo….
Me parece una excelente respuesta del señor Ernesto. Si el quiere llenar de mierda su Blog, pues que la haga un mierdal. O un mierdero. Es su gusto y su elección. Sólo que teniendo tanto escritor cubano bueno que sabe hacerlo, me pregunto, ¿por qué se empecina en poner a un pintor? Bien podría colocar sus pinturas. ¿O no? Pero comprenda que exponga la educación recibida: la totalitaria. Es decir, lo que le salga de sus hemorroides. Cuba es él. Y el la interpreta a su modo según el forro de sus… Me parece palabra de sabio. De inteligente. De genio. Aplaudo con rabia, aunque lánguidamente, la decisión de no tener en cuenta la calidad de quien publica aquí. Jau, jau. Jaaaaaaaaauuuuuuuuuuuuuuu.
Don Ernesto debe poner lo que le viene en ganas que para eso es su blog y para eso es el que lo suda. Y al que no le convenga que haga el propio o se se raye una yuca. No sé cuando carajo aprenderán los cubanos a respetar lo que hacen otros, a hablar menos mierda y hacer sus propias cosas según sus propios intereses.
Bueno la fijación con el falo y las divinas relaciones anales han existido en toda las sociedades antes de que se les impusiera rito alguno. Por sólo mencionar, baste decir que los nativos de ésta mal llamada América singaban a troche y moche antes de llegar los sacerdotes e imponer el catolicismo. Es propio de todas las sociedades porque el placer prostático es tan deleitable que nadie escapa de él una vez que conoce que se posee esa posibilidad. Porque a nadie le amarga un dulce. Tal es así que estoy convencido que dentro de uno o dos siglos las próximas generaciones nacerán por inseminación artificial. Tiempo al tiempo. Ya nos estamos curando de los espantos del machismo y del feminismo. Ah, la homosexualidad masculina. Pobre de quienes no la han probado y ejercido. Consuelo. Salvación de este mundo tan superpoblado, tan poluto que, o la practica o se va a pique. Pero esto no tiene nada que ver en relación a la churrada escrita por Mongolandro desde ese París que no ha pasado por él. Ni es gracioso, ni descubrió el mamoncillo. Está mal relatado con prosa del XIX. Y quiso emular a los más contemporáneos. Pero no puede, carajo. No tiene nada con que sea o no maricón. Ése no es el punto. Es malo. Remalo. Malísimo. Todo el mundo no tiene el don, la gracia, el magisterio, de la literatura. Y don Ernesto no debía permitir tales narraciones del largo de una longaniza que no tienen valor alguno.
Cuàndo podremos leer un sexudo ensayo sobre
EL SEXO en la literatura cubana ? el machismo y la homosexualidad en la sociedad y en la politica cubanas ? la fijacion con el falo…y el culo
Si hay alguna bibliografia ?
que no sean las novelas de Zoe, Pedro Juan, Reinaldo Arenas…
bueno, pero se parece bastante a la literatura de algunos compatriotas y a diferencia de ésta al menos la de Ramon da gracia.
Estoy de acuerdo, que Mongo haga con su culo un tambor, pero no que lo cuele como literatura. No es que se esté en contra de lo que dice, pero para contar hay que tener algo más, que él no posee. No es narrar por narrar que fui al baño y cagué y el mojón era del color del caramelo pero hedía a mierda. Of course. No es ser escatológico. Es saber serlo. Y Ramón no sabe. Zapatero: a sus zapatos. Qué no deje de pintar. Eso que creó y que don Ernesto le colocó aquí es un churro. Eso es lo que se ha dicho. Amamos la pintura del artista, pero rechazamos el bodrio de sus palabras. Joder. Que to el mundo no e Michelangelo di Lodovico Buonarroti, que hacía bien cualquier cosa. No señor. Esto que está escrito aquí es mierda. Excremento. Heces fecales. Boñiga. Porquería. Evacuación. Suciedad. Detrito. Deposición. Deyección. Defecación. Cagada. Caca. Joder, tío.
Pues a mí me parece que Ramón tiene los cojones de contar lo que otros(as) hacen y callan. O peor, ni se sabe cuantos cubanos existen que han delatado y delatan, que han cogido armas para matar ya sea en Angola o en cualquier otra parte, que han hecho fortunas vendiendo drogas o desfalcando el erario publico del Condado Dade por ejemplo, que han chivateado a sus propias madres o hermanos, que han trabajado a la paga de la siniestra Seguridad cubana, que han pisoteado a quien se les meta delante (o echado polvazos) para ganarse un viajecito de mierda, que se han prostituido con viejos que ni se les para o con viejas que la tienen seca para vivir fuera, y un largo etc. Ramón hace con su culo y sus dólares lo que le viene en gana. Además lo cuenta tal y como lo vive y para más hace que otros se beneficien con sus posibilidades. Los que parecen del siglo XIX son los comentarios de este blog. Qué siga Ramón estremeciendo la moral caduca y poquita cosa de los cubanitos(as) remilgaditos ! Esos sí que viven en un chinchalito y se creen en el centro del mundo !
Fue Mamón Ala Pajandro. El firmó el bar-the-ni-ano bodrio. En otras palabras: el Mongo Mamón dio por falta de bar el culo. ¿Me hago entender?
Fue Ernesto el que se la mamó al tipo, a otro con ese cuento
esto sobrepasa la mariconería… ¿qué coño es esto? ¿la vejez?
Pues amigüito Matías Pérez:
Señor: Pérez oso, que anda por las alturas, bien podría usted usar un diccionario. En el de la RAE dice que chochear es tener debilitadas las facultades mentales por efecto de la edad. Y la palabra pájaro es una acepción peyorativa del vocablo sodomita en buen cubano. Y también aparece en el diccionario de la RAE. Así que pájara chocha viene siendo maricón decrépito. No sé si le ayudó en algo mi explicación.
Alejandro no tiene la culpa de ser vulgar y malo escibiendo, quien la tiene es el Ernesto por publicar semejante basura que no tiene ninguna calidad literaria, lo que que revela que él también cojea de esa pata. En fin, la complicidad…;-)
Pol favol una pregunta, que cosa quiere desil pajara chocha? Nunca lo he visto desde mi globo.
Matias Perez
Dios mío, este señor no tiene sentimientos ni principios éticos. ¡Con las pérdidas que ha tenido y miren con la desfachatez que habla! Qué vergüenza ha de sentir su familia si leyera esto. No madura, que es bueno para las letras. Y digo madurez como signo de seriedad literaria. Lo lúdico erótico dicho con elegancia parisina. Pero esto es una chabacanería. Una grosería. Es como colocar, en una sala elegante y llena de arte y de flores, el orinal con las heces y los orines de todos los días. ¿Y Ernesto le da valor a esta pseudo literatura? Realmente: todo degenera.
El típico cuento de una loca de argolla y garabato.
Qué triste que a Ramón Alejandro le falte la musa de la pintura donde es bueno y tenga que hacer esto para llamar la atención. Porque esta historia mal contada es símbolo de su decadencia, de su decrepitud. Esto es historia de pájara chocha de asilo de ancianos libidinosos. Y soy homosexual. Pero siento vergüenza ajena. No sé cómo Ernesto permite este tipo de cosas. Si hubiera sido una hermosa historia que diera vuelo a la imaginación… algo que el pintor sabe plasmar en sus lienzos, pero no en la palabra. Esto, como han dicho otro, es de una vulgaridad sin límites.
¿Y tenían que poner este bodrio pornográfico y vulgar hoy día de la virgen? ¡Qué poco sentido de respeto! Lo hemos perdido, dentro y fuera de Cuba.
¡Qué asco!
Lenguaje cervantino para la decadencia cubana. Horror.
Cursi. Lenguaje de Nañá Seré. No le veo lo lúdico. Relato de maricón viejo que no es escritor. Puede tratar de hacer cuentos pornográficos para las revistas de poco pelo de España.
Genial; Como todo lo de Ramon.
Eros y Tanatos…
Ernesto lo tiene claro…
Mongo,
“Me tienes que dar algo a m también!”. Es m o mi?
Granmatica
Wow Cuba 100%. Real o no la historia es muy comun en la Cuba de hoy, especialmente en pueblos pequenos del interior de la Isla. La historia podria ser peor, tambien con una muchacha joven. Puede ser un guion de un short film. Muy bueno.
Hoy si estoy de acuerdo con el troglo,la dicha de el pobre dura poco.
muy buenas las historias que cuenta ramón alejandro.
Esto se jodió,Magnético,ya empezaron a poner historias de maricones. Vayanse pal carajo. Tok
¡Pa’l carajo!