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Los límites de la sucesión

  • ago 24, 200715:25h
  • 10 comentarios

Por Rafael Rojas

Sólo las grandes expectativas de cambio que genera un régimen totalitario de medio siglo explican la buena recepción internacional que ha tenido el discurso de Raúl Castro el pasado 26 de julio en Camagüey. Es tanta la necesidad de creer en el ambiguo eslogan de “algo se mueve en Cuba”, tanto el deseo de ver el comienzo de un proceso de reformas, varias veces postergado en las dos últimas décadas, que cualquier indicio, aunque sea un mero desplazamiento en la retórica o el estilo de los gobernantes, puede ser leído como el punto de partida de una transición democrática en la isla.

Para Raúl Castro y el equipo sucesor se trata de una considerable ventaja: la comunidad internacional, sin excluir a Estados Unidos, espera por ellos, les ha dado un voto de confianza, aun cuando las reformas “estructurales” prometidas se limiten a la esfera económica. Si queremos imaginar el alcance de esta eventual transacción habría, entonces, que medir algo tan poco mensurable como la soberbia y el maquiavelismo del propio Raúl y sus más cercanos colaboradores.

Si la promesa de cambio “estructural” y entendimiento “bilateral” con la próxima Administración norteamericana hubiera provenido de Fidel, como tantas veces en el pasado, esperaríamos toda clase de ardides y maniobras destinados a la preservación de un régimen intacto. Pero esta vez quien envía señales es un gobernante interino, con una racionalidad más burocrática que carismática y obligado a afirmar su liderazgo, no por medio del hechizo de las masas sino con los resultados tangibles de una administración de los conflictos sociales y los recursos del Estado.

Antes de explorar la oferta de transacción, recapitulemos un poco. ¿Qué se ha movido en Cuba en el último año? En el orden estructural de la economía, la política y la cultura, nada. La sociedad cubana sigue estando gobernada por un partido único, que se autodenomina “marxista-leninista”, la política económica del régimen continúa apostando por el control estatal y la vida pública de la isla permanece bajo la falta de transparencia y libertades a que la somete un Gobierno ideológico, que aspira al adoctrinamiento de una ciudadanía cautiva.

En la mejor tradición soviética, los sucesores cubanos, encabezados por Raúl Castro, han concentrado toda su imaginación en el terreno simbólico. Se han propuesto cambiar el estilo, no las instituciones, la forma, y no el fondo, de la política cubana, y lo han logrado con suma eficacia. El líder interino no viaja a Caracas, se conmueve en los funerales de su esposa, da discursos de una hora a las ocho de la mañana, no asiste a las mesas redondas televisivas, gobierna colegiada e institucionalmente y dedica su mayor atención a problemas prácticos como la productividad, la corrupción y la ineficiencia.

Los principales destinatarios de esa renovación cosmética son dos: la comunidad internacional, y la población inconforme. La primera ha respondido favorablemente al mensaje sucesor, como puede constatarse en zonas críticas de La Habana en los últimos años como Roma, Madrid o México, que han abandonado la presión diplomática e, incluso, el cuestionamiento público de la falta de democracia en la isla. La segunda, en cambio, ha reforzado su escepticismo: descree de la voluntad reformista de políticos que en el pasado reciente han abortado los mismos cambios que hoy anuncian. Esa población molesta, dentro de la que habría que incluir varios miles de opositores y los exiliados, ejerce hoy por hoy la mayor presión a favor del tránsito democrático.

A diferencia de Fidel, las principales amenazas al poder de Raúl provienen de adentro, no de afuera, donde ya goza de una inusitada reputación de político flexible y pragmático. Es decir, provienen de los cubanos que han deseado y desean el cambio, en la isla o en el exilio, y que tienen memoria de las tantas veces, en el pasado reciente, que esos cambios han sido postergados por el propio Raúl. Sin ir más lejos, habría que recordar el año 1996 y el papel desempeñado por el segundo secretario del partido y vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros en la paralización de las reformas de principios de aquella década. Erróneamente, aquella contrarreforma se atribuye sólo a Fidel y se olvidan las intervenciones ortodoxas de Raúl en el V Pleno del Comité Central de aquel año y en el Congreso de 1997.

Para creerle a Raúl una voluntad de reforma, los cubanos que desean el cambio sólo cuentan con la evidencia del deterioro físico y mental de Fidel. Sin la presión del hermano mayor, piensan muchos, ese hipotético líder realista avanzaría en el corto plazo por la vía de una liberalización económica, similar a la china o la vietnamita ¿Es esa reforma económica limitada, que a lo sumo concedería la pequeña empresa privada de servicios, suficiente para satisfacer a la población inconforme y para iniciar un proceso de normalización de las relaciones con Estados Unidos? A juzgar por el liderazgo de la oposición y el exilio, que es y será escuchado en Washington, aun si Hillary Clinton o Barack Obama ganan las elecciones de 2008, no.

El alcance de la transacción insinuada en el discurso del 26 de julio depende del significado que las élites sucesoras den a palabras como “cambios estructurales y de concepto” y “conversaciones para resolver el diferendo”. Si las primeras no contemplan más que un afianzamiento del actual capitalismo de Estado y las segundas se limitan a demandar el levantamiento incondicional del embargo, difícilmente podrá llamársele cambio o reforma a lo que suceda en el corto plazo en Cuba. Como se verá el próximo año, el afán de excluir a la oposición y al exilio y, por tanto, de no contemplar la esfera política dentro de las reformas, se volverá contra el régimen, ya que esos actores se concentrarán en impedir un entendimiento con Washington.

Las expectativas de cambio creadas por la élite sucesora en Cuba poseen, por lo menos, dos límites sustanciales. El primero, de origen: surgen, no como consecuencia de un proceso de reorientación política de las instituciones sino por la coyuntura de la enfermedad de Fidel. El segundo, de alcance: aspiran a preservar el partido único y la ausencia de libertades públicas en la isla. Ambos límites permiten la interpretación contrafáctica de que si la salud de Fidel no se hubiera deteriorado, el régimen hubiera seguido funcionando de la misma manera, sin alteraciones, siquiera, en el estilo o la retórica. Lo cual pone en entredicho, ya no el alcance de la promesa, sino la conciencia de los problemas de Cuba que tantos analistas y académicos atribuyen a esas élites.

A falta de realidades, es preciso analizar las promesas de la sucesión cubana. Y a juzgar por los límites de la misma, resulta que medio siglo después del establecimiento de un régimen de partido único, control estatal de la economía y falta de derechos civiles elementales, como la libertad de asociación o de prensa, los gobernantes cubanos asumen que los únicos problemas de Cuba son sociales y económicos, no políticos. En la mentalidad de esas élites soberbias, que se consideran elegidas por la providencia revolucionaria para regir eternamente un país, la política se ha reducido, finalmente, a administración. La lentitud ideológica de la sucesión es consecuencia de un acelerado relevo dinástico del poder: en menos de una década los destinos de Cuba han pasado de las manos de un Castro a otro, del ideólogo al gerente, del estadista al administrador.

La naturaleza transitoria de la sucesión es evidente: ninguna ciudadanía, por muy amordazada que esté, tolera que una sola organización política la gobierne a perpetuidad ¿Cuánto puede durar este interregno? Unos años o una década, a lo sumo. Mientras dure, los sucesores vivirán bajo el cuestionamiento ineludible de la oposición y el exilio. En algún momento de los próximos años, la desaparición o el deterioro físico y mental de Fidel y Raúl impondrán una reconstrucción de la legitimidad del orden político en Cuba. Dicho orden no se basará ya en los derechos históricos del liderazgo de la Revolución sino en la satisfacción de demandas de representación política de la nueva sociedad insular y emigrada. En ese momento, la democracia será inevitable.

Rafael Rojas
México DF

(Cortesía de El País.)

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10 respuestas
Comentarios

  • Amadeus dice:

    Para anarquista

    Es una falasia imaginarse ya, que en Cuba existe ni remotamente un capitalismo de estado como lo hay en realidad en China o Vietnam, sólo por que ha comprado un par de “féferes” en el imperio. Lo que hubo y todavía hay, es un limitado pragmatismo derivado del período especial, es decir, hacer lo necesario para evitar males mayores, pero sin comprometer el status quo.

    En cuanto de EE.UU., por parte de este nunca hubo un “bloqueo” a las medicinas o los alimentos, siempre que fueran efectuados en dinero constante y sonante y no a través de créditos ni compensaciones de las cuentas congeladas de la Isla. Que ahora Cuba compre y pague, se debe a la bonanza protetora de Venezuela, que permites excedentes para esos fines.

    De todos modos el panorama no es alentador, ya que para empezar, si un país eminentemente agrícola como Cuba, tiene que importar cereales, pollos, tomates y ganado, en vez de descentralizar la economía y dejar la producción a la libre competencia (como en China y Vietnam), revela la poca voluntad del régimen en ir más allá de un par de medidas para seguir sobreviviendo, por lo que mientras las reformas radicales y profundas en el sistema no se lleven a cabo, lo que veremos serán señales de humo para los incautos.

  • Infortunato Liborio del Campo dice:

    cometranca porque yo soy ingeniero y no escritor

  • Anonymous dice:

    Si Rojas es aburrido por qué a él le publican en el País y a tí no. Será porque escribes frases tan brillantes como “escolástico poco elástico”. Mala imitación de Cabrera Infante.

  • Infortunato Liborio del Campo dice:

    Que aburrido es el Rojas. Por lo menos si dijera lo mismo que todo el mundo pero lo hiciera de manera brillante y amena, se le pudiera leer. Es sólo escolática poco elástica. De que aquello no va a cambiar de hoy para mañana eso lo sabe hasta Pocholo, ni siquiera la Revolución cambió el régimen anterior de hoy para mañana, se necesitaron 17 años hasta que el nuevo régimen se institucionalizara. Pero para saber las verdaderas intenciones de Castro el Chiquito no había que esperar a este discurso del 26 de julio. Desde el primer discurso apenas dos meses depués de la sucesión, en el congreso de la CTC, se hicieron añicos todas las espectativas de un cambio radical en la isla. Ver comentario “Ustedes no desean el retorno de Jones, ¿verdad?” en Liboriolandia.

  • Anonymous dice:

    Muy buen articulo.
    Pienso que el actual secreto de la enfermedad y posible fallecimiento
    de Fidel Castro muestra el temor de la élite politica por lo que podria desencadenar esta noticia y esta realidad dentro de Cuba.
    Cuba para ellos es una finca, y el problema administrativo es el màs importante, porque como bien dice Rafael Rojas es el unico que reconocen.
    Quizàs sea su punto débil menospreciar y acorralar a la oposicion dentro de la isla, al exilio, y al comun cubano de a pie que no està “afiliado” a ningun espacio politico, pero que està harto de las miserias.
    Quizàs habria también que pensar en lo impredecible…
    Despuès de casi 50 anos ordenando sin diàlogo, sin oposicion, no se puede esperar otra cosa, no hay cultura democràtica, la gente no sabe exigir sus derechos.
    Quizàs por eso pienso que la situacion es una bomba de tiempo, y si la élite actual en el poder, no se comporta a la altura de las circunstancias, soy pesimista con la direccion que podrian tomar los acontecimientos.
    Gracias a Penultimos dias y sus colaboradores, genial este espacio, lo leo todos los dias y me permite estar al dia.

  • Anonymous dice:

    rafael rojas siempre tan oportuno… así son los políticos.

  • el anarquista dice:

    Considero el texto de Rojas muy acertado dentro de su perspectiva; bien desarrollado a partir de los marcos objetivos de los sucesos. Sim embargo, el artículo navega en aguas muy superficiales en cuanto a los subterfugios políticos que puedan existir. EEUU., incrementa lenta, pero paulatinamente el comercio con Cuba y, sin duda, esa pujanza económica va “in crescendo”, incluso entre algunos cubanoamericanos que ya comienzan a invertir en Cuba.
    En la Isla, ya existe una especie de Capitalismo de Estado, conducido por nuevas generaciones muy bien formadas; que, sin duda, tratarán de conservar sus privilegios, concediendo ciertas limosnas en el ámbito de los derechos humanos. Estoy de acuerdo que ha sido tan fuerte el cerco político en Cuba que, cualquier acción timorata de apertura, el pueblo lo verá con ilusiones infantiles. Creo también, que el Gobierno cubano conoce perfectamente la psicolgía de las masas y explotará esto.
    Cuando Rojas plantea: “los sucesores vivirán bajo el cuestionamiento ineludible de la oposición y el exilio”, pudo en mi opinión, haber subrayado la importancia de esto. No sé, si no lo hizo por falta de espacio o, por quedar en la cerca de la abstinencia; de lo que no hay dudas, es que, este es un punto importantísimo, pues estos dos segmentos deben ahora, más que nunca apelar a la razón, e incrementar la popularidad dentro y fuera de la Isla, pues es objetivo que la imagen de estos está muy deteriorada.
    No me sorprendería que el Gobierno reconozca a grupos como el que representa Cuesta Morúa, quien en mi opinión, es representativo de la disidencia genuina e independiente.

  • Anonymous dice:

    dice que la Revolución es jabón que se gastó

  • Anonymous dice:

    O sea, que lo que Rafael Rojas dice es que hablar de transición o de cambio con Raúl, nada de nada ¿cierto? y que hasta que los dos hermanos no estén ‘fuera de ligas’ nada que hacer.
    Es que a veces el lenguaje de los analistas políticos es tan y tan rebuscado que uno no sabe muy bien qué se pretende con ello. En fin, agradecería que si estoy equivocado me lo pudieran aclarar.

  • Anonymous dice:

    Muy buen analisis Rafa!!!!
    PP.