- ago 23, 2007 • 14:18h
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José Fornaris, iniciador de uno de los movimientos poéticos más populares de todos los tiempos, el siboneyismo, contaba en uno de sus últimos libros una conversación con el general José de la Concha, entonces al mando de la capitanía de la Isla de Cuba. Decía Fornaris que después de publicar en 1857 uno de sus poemas más críticos de la Conquista en la revista literaria Las Brisas de Cuba, Concha lo mandó llamar a palacio, y le dijo: “Lo he mandado a llamar a Vd para advertirle que si desea continuar escribiendo sobre siboneyes vaya a hacerlo a los Estados Unidos. Aquí somos españoles y no indios; ¿está Vd? Todos españoles”.
Es de suponer por esta reacción que para Concha, el solo hecho de que Fornaris se identificara con los indígenas, que les prestara su voz para expresar sus quejas, era una forma de incentivar la oposición y el miedo, y demandar de las autoridades el reconocimiento de sus faltas. Era la forma más directa que tenían los descendientes de los “naturales”, además, para exigir al gobierno que les devolviera sus tierras. Dado la tremenda popularidad que alcanzaron los versos de Fornaris y de otros siboneyístas, era lógico que Concha se sintiera preocupado. Los poetas estaban resquebrajando públicamente el paradigma identitario que se tenía por válido en la isla, que no era otro que el de ser un español ultramarino. Fornaris, sin embargo, imaginaba la identidad del cubano con las mismas lealtades y exclusiones que un español. Ambos se pensaban blancos, católicos, y de descendencia española: en eso consistía la identidad del criollo. Con la única diferencia que el poeta había nacido donde lo hicieron antes los siboneyes. Sin embargo, ni los descendientes de estos, ni los negros, ni los asiáticos que había en Cuba tenían derecho a formar parte esa idea de nación transoceánica que instauró la Conquista en Cuba.
Pocos años después, esa situación va a desmoronarse con las guerras de independencia, hasta encontrar respuesta con la doctrina de la “fraternidad racial y política” de José Martí: su famoso “con todos y para el bien de todos.” El problema, sin embargo, es que si bien la república cubana se fundó sobre esta promesa, muy pronto –como lo demuestra Aline Helg en su libro Lo que nos pertenece–, ésta se estrelló de forma brutal en ‘la guerrita del 12” cuando fueron masacrados miles de negros.
Cuando la república ya había hecho su lista de “excluibles” y parecía que la prédica de Martí había caído en oídos sordos, Fernando Ortiz volvió a darle sentido a la unidad nacional que el cubano necesitaba, por encima nuevamente de las diferencias raciales. Su famosa metáfora “ajiaco” lo dice todo. Según esta versión culinaria de la etnografía insular, el cubano era una síntesis de varias culturas, y la isla una inmensa olla en constante ebullición. En 1959, la revolución no hizo otra cosa que reciclar esa ideología en un nuevo molde político. Si antes, en la Colonia, las minorías raciales, y por supuesto, los independentistas eran los enemigos de la unidad paradisíaca, el lugar del abyecto lo ocuparían ahora los contrarrevolucionaros, y cualquiera que se negara a entrar en arreglos con el gobierno.
“Piensa como yo o muere” ha sido la doctrina de todos los regímenes totalitarios, y Cuba no fue una excepción. Medio siglo después de implantarse esta doctrina hemos visto los saldos. La revolución puso en práctica uno de los preceptos exclusionistas de Martí. “Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos que le roen el hueso a la patria”. Como antes, el precio de la unidad paradisíaca era arrojar al mar a los extraviados. Por esta vía salieron de Cuba los desafectos políticos, los homosexuales, los “bisneros”, los religiosos, y todos aquellos “excluibles” del Estado totalitario.
La imagen terrible que pudo haberle inspirado a Martí esta expulsión de los “insectos” fue la de la “nave de los locos”, alegoría medieval dibujada por el Bosco en el siglo XV, que ponía en un mismo bote todos los pecados (y por extensión, a los pecadores), para abandonarlos a su suerte en medio del mar. Pero tal imagen no fue sólo una figura retórica. En el siglo XVIII algunos gobiernos europeos hicieron esto mismo al embarcar a cientos de locos y excéntricos sin un destino prefijado, con la esperanza de que en algún momento el mar se los tragara o se murieran de inanición. Para el pensamiento político, embarcar a todos los desafectos y abandonarlos a su suerte en un lugar remoto, significaba la promesa de una nueva unidad, el paraíso reinstaurado después que la ciudad había caído en el torbellino de los conflictos sociales y las divergencias políticas y raciales.
Al comprobar la fidelidad con la que hemos seguido esta tradicion, es lícito preguntarse quiénes serán los excluibles de una Cuba post-Castro. La respuesta parece que vendrá pronto.
Jorge Luis Camacho
South Carolina
Ilustración: Víctor Patricio Landaluce.








La patria futura:
“Fina García y Cintio Vitier han hecho el servicio más creíble a una ideología del postcastrismo: un nacionalismo enraizado en la cultura insular, de moral cristiana, de organización católica y catecismo martiano…”
Ichikawa en el Herald.
Absolutamente nadie debe ser excluido
No empezemos tan pronto a censurar!
que aburrido es todo lo que escribe el Camacho este !
Estimado Analista, la idea del artículo es describir los diferentes paradigmas de la nación cubana, en tres páginas apretadas como un ladrillo, y acentuar las exclusiones en cada caso. Entiendo que hacer una “historia de la infamia” como diría Borges, tomaría mucho más que eso, y detallar los matices en cada caso, también. Sobre todo, ponerle nombre y apellido a cada proyecto es una labor difícil y riesgosa. En el caso de Martí en este blog, -y en muchas otras publicaciones que he hecho desde principios de los noventa- no he hecho otra cosa que tratar de demostrar que es un gran desconocido, y que sus ideas sobre las drogas, la política o la raza, distan mucho de ser lo que cree la mayoría.
Sobre Ortiz, pienso lo que dije, y si se duda que la revolución echó mano al concepto de transculturación hay que leerse los ensayos de Portuondo y de tantos otros ideólogos de la revolución cubana. Mi objeción con esa forma de ver la mezcla racial es la misma que tienen otros. Es lineal, pone el énfasis en la síntesis, en el producto que se cuece en la olla, no en sus grietas, en sus diferencias y en la intensa polémica racial que marcó todo el siglo XIX y XX. Las diferencias y esa polémica es lo que “excluye” Ortiz. Esto lo explico con más detalles en otros artículos.
Finalmente, sobre el siboneyísmo, no creas que está muy lejos de nosotros. Si has escuchado la canción “lucha tu yuca” del trovador Raymundo Fernández Moya, sabrás de lo que estoy hablando. Pero si quieres saber algo más de la relación de José Fornaris y la política cubana, aquí te mando el enlace de uno de mis artículos en la revista “decimonónica.”
http://www.decimononica.org/
Asociar a Martí con la política totalitaria del “desagüe”, no ha sido -para nada- una idea feliz.
Bastante ya hemos tenido con la manipulación “revolucionaria” del Martí democrático, para implicarle en estrategias sórdidas que le son más que todo, extemporáneas.
El artículo, con todo el respeto que le debo a Camacho, transmite cierta sensación de apremio… de estudiante que descubre. La transculturación ortiziana -si es que semejante término se digiere- pasa por una interrelación cultural, y nunca por una exclusión. Se trata del conflicto, y no de los vencedores.
En tanto “desbastar”, es un término que arrastra juicios de valor. Lo que se desbasta es -por fuerza- lo que sobra, y esto le atribuye cualidades benéficas a lo que queda. Desde tal perspectiva, el totalitarismo le hace un bien deliberado a la humanidad, conservando patrimonios físicos, políticos y morales. Por favor, es mejor una corrección ortográfica, antes que defender lo indefendible.
¿El siboneyismo? ¿Hoy? Poco prudente. Nuestro futuro pasa -eso sí- por una re-elaboración de los cánones históricos, políticos, artísticos y literarios… Pero gana la mesa, la tristeza en el rostro, la cartera vacía. Y ese martilleo de calamidades diarias poco tiene que ver con las plumas con que adorne mi cabeza.
Esta mal escrito entonces el post; aun asi no creo que el siboneyismo sea el movimiento poetico mas importante en Cuba
Anonimo de las 12:40, se esta hablando de Cuba no del mundo!!!
“José Fornaris, iniciador de uno de los movimientos poéticos más populares de todos los tiempos, el siboneyismo”
El chuavinismo cubano se las trae…
Cuco, caramba, es que devastar tiene un significado aún más destructivo. Y la cultura rusa es demasiado grande, fuerte y hermosa, para que se pudiera acabar con ella. Sólo hubo un debilitamiento temporal, no una devastación, valga la redundancia que es esperanzadora en el caso de Cuba. No haber acabado con, digamos por ejemplo, el Palacio de invierno de los zares, el alma rusa, o el espíritu de esa gran nación demuestra que el comunismo no es nada a la larga. Mira hacia Grecia, ¿cuánto de griego no vemos en el Renacimiento, en el neoclasicismo? ¿Y qué decirte de Roma cuando te escribo realmente en latín contemporáneo y ahí está el Derecho y los senderos y los puentes que unen a Europa? ¿Qué hablarte del catolicismo? El comunismo sólo desbastó. A Dios gracias. Por eso Cuba, a pesar de tanto filósofo que habla a diario, volverá a ser la misma. Porque todo ha sido en la superficie. El alma de la nación está intacta, lista para el ruedo, o para el vuelo de nuestro Renacimiento.
caramba anónimo 11.38 no me vas a decir que no pega más devastar!…no te emp conmigo!
Delicioso Cuco:
El desbastar al que se refirió el anónimo es al que el diccionario de la RAE -Real Academia Española de la Lengua- dice en su acepción segunda. Coño, Cuco, cultívate viejo, antes de opinar.
Desbastar:
1. tr. Quitar las partes más bastas a algo que se haya de labrar.
2. tr. Gastar, disminuir, debilitar.
3. tr. Quitar lo basto, encogido y grosero que por falta de educación tienen algunas personas. U. t. c. prnl.
Coño, anónimo 10.38 “no hay que usar tanta palebreja culta”…pero creo que es devastó, devastar, arrasar,etc. Apréndase esa por lo menos viejo!
En el tema racial, la revolución siguió la tesis de Ortiz y en lo político, ya lo sabemos, hizo una simbiosis de su ideología revolucionaria y el concepto de Patria. De modo que si no eras revolucionario tampoco eras cubano.
Ortiz no es hegeliano. El producto final no es homogéneo, aunque la mulatez sea su imagen. La Revolución no asume esta noción antropológica de la cubanidad, sino que impone otra. La cubanidad no se identificará ya tanto a “factores humanos” como a lo revolucionario. Esto por lo menos hasta 1989.
No hay que usar tanta palabreja culta. Está claro, clarísimo, lógico. Quedarán afuera por sí mismos; por lo que han hecho y que todos saben; por lqqd: la caída en el abismo del sistema que desbastó desde 1917 la ex URSS; y por el espanto, el hambre no sólo física, el sistema de terror y persecución impuestos, el derrumbe económico, y un largo etc., que sembraron en Cuba: los comunistas, los socialistas, todo lo que sea izquierda, marxismo, leninismo, y, me valgo de un neologismo: el cheísmo, en todos los sentidos de la palabra.
Cochinillo: El modelo de Ortiz es hegeliano: Tesis, antitesis y sintesis. El producto final del cruce es lo que cuenta: la mulata, la musica criolla, el ajiaco. La revolucion heredo esta ideologia.
La imagen del ajiaco no expresa una síntesis, sino transculturación, que es otra cosa: Ortiz deja claro que el ajiaco no es un caldo homogéneo, pues los ingredientes no se disuelven del todo. Decir que la revolución no hizo más que poner en práctica esa ideología es un error. Del nacionalismo de un Ortiz al nacionalismo fascistoide de Castro hay un buen trecho.