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Los bombillos y el escribidor

  • ago 16, 200710:53h
  • 28 comentarios

¿Cómo pudo la gran mayoría de la gente aceptar que un gobierno que en junio de 1959 insistía en que no era comunista se declarara marxista-leninista en abril de 1961? ¿Cómo fue que, poco tiempo después de la promesa inicial de celebrar elecciones en dieciocho meses, aceptaron la proclamación de que ya no eran necesarias? La enorme influencia que a raíz de la caída de Batista adquirió Fidel Castro sobre las masas fue un factor decisivo en ese proceso que, separando las aguas de la República de las de la Revolución, convirtió a una democracia corrupta y débil en un régimen totalitario de tipo nacional-comunista.

Recordemos las multitudinarias manifestaciones de aquellos años: la del 22 de enero del 59 frente al Palacio Presidencial, en que el pueblo reunido “votó” a favor de los fusilamientos; la efectuada en honor de las víctimas de la explosión de La Coubre, donde se gritó por vez primera el fatídico “¡Patria o muerte!”; aquella otra en la Plaza que, con reminiscencias de la Revolución Francesa, se denominó Asamblea Nacional General del Pueblo de Cuba, creando la ilusión de una “democracia directa” que haría innecesaria las elecciones convencionales propias de la democracia representativa. Esos discursos que, al decir de Castro, eran como conversaciones suyas con el pueblo, fueron el ácido que corroyó los cimientos de aquella República fascinada por el peso histórico de una tradición revolucionaria; entre consigna y consigna con que el pueblo respondía a las encendidas palabras del líder, asomaba su oreja peluda el fascismo.

Aquella oratoria en la que Edmundo Desnoes encontraba una raíz hispánica resistente al pragmatismo norteamericano, ¿no trasmitía algo del poder aurático de los soberanos del siglo XVII? ¿No había algo taumatúrgico y logomáquico en el poder que nacía en la conversión del Doctor Castro en Comandante en Jefe? No por gusto Hugh Thomas comparó la creencia que en 1959 tenían los cubanos en Castro con la que años atrás habían tenido en Clavelito, “el milagroso locutor de radio que curaba enfermedades con su voz.” Si la autoridad carismática, como señala Weber, ha surgido siempre, bien bajo la figura de mago o profeta, bien del de príncipe guerrero, Castro parecía reunir ambas: sus discursos apocalípticos y su uniforme verde olivo representaban un poder que estaba fuera tanto de la tradición como de la razón.

El carisma del tirano ha sido indiscutible, y él se ha encargado de aumentarlo deshaciéndose de quienes pudieran haberle hecho sombra y rodeándose de mediocres que realzaran, como aquellos enanos y bufones de los Austrias, su majestad: si Felipe IV tuvo a Maribárbola y a Nicolasito Pertusato, Castro ha tenido al horripilante Randy Alonso y al mongoloide Felipe Pérez Roque. Pero si para los soberanos el poder absoluto estaba legitimado en la tradición y en el mito del origen divino de la monarquía, para el moderno Príncipe que ha querido ser Castro la verdadera gloria está en la historia, ese continente del futuro que él ha querido conquistar con la determinación con que una vez en el Colegió de Belén se lanzara en bicicleta contra un muro. El pistolero de la Universidad ha querido entrar en la historia por la puerta grande; él, que no alcanzó mucho por las vías electorales tradicionales, consiguió con el asalto al Moncada poner su nombre en la primera plana de todos los periódicos del país, convirtiendo la derrota militar en victoria política. Después del triunfo, la Revolución sería su pasaje hacia una historia que iba más allá de las fronteras de la isla. El mismo 1 de enero, en su discurso del parque Céspedes en Santiago, Castro dijo que “los ojos de toda América” estaban fijos en Cuba, y que nuestro país merecía ser uno de los primeros países del mundo por su “valor, inteligencia y firmeza”.

La ambición de hacer de Cuba un país influyente, y de sí mismo un conductor de pueblos, era, pues, anterior a la deriva comunista del proceso revolucionario. Se diría que este corrimiento hacia el rojo —que, como explica Thomas, Castro llevó a cabo a pesar de los intereses del gobierno soviético—, fue en buena medida un medio para ese fin suyo. Si, como ha escrito Aron, “la democracia es, en el fondo, el único régimen que confiesa, o mejor aun, que proclama que la historia de los Estados está y debe estar escrita en prosa y no en verso”, ella también era, desde luego incompatible con las ambiciones del Primer Ministro. Castro siempre ha querido escribir la historia en verso: los poemas se llamaron Construcción simultanea del socialismo y el comunismo, Zafra de los 10 millones, Cien años de lucha, Batalla de Ideas…

¿La Revolución, esa suma de todos los cantos, ha sido su obra de arte: Castro nunca ha tenido pretensiones literarias o filosóficas; nunca escribió poemas, como Mao, ni obras de filosofía, como Lenin. El papel de teórico que aquellos tuvieron en sus respectivas revoluciones lo llevó en la cubana Ernesto Guevara, cuya sensibilidad estética era mayor que la del Comandante en Jefe. El ingenuo teórico del foco guerrillero y del hombre nuevo era demasiado riguroso para lidiar con unos fracasos que pronto se hicieron evidentes, demasiado romántico para unas “impurezas de la realidad” que no eran, como en tiempos de la República, la corrupción en la política de los ideales patrióticos, sino el estruendoso fracaso de la utopía en todos los órdenes. Su aventura de guerrillero permanente y su consiguiente muerte en Bolivia son la perfecta contraparte del destino del pragmático comandante a quien le tocaría encarnar la otra hazaña: la de permanecer en el poder por casi medio siglo, sobreviviendo al fracaso de la Zafra de 1969-70, a la crisis del Mariel e incluso al desplome del imperio soviético.

Es de justicia histórica, pues, que Castro no muera combatiendo, ni a manos de sus enemigos, sino en la cama viejo, enfermo y chocho. Y las “reflexiones” que ha ido publicando desde hace algunos meses son la mejor evidencia del final del capítulo que en la historia de Cuba lleva su nombre. Al recurrir a la escritura, Castro ofrece él mismo el acta de defunción del carisma que ha marcado a su dictadura; el ocaso de un poder a cuyo mediodía vuelve ahora una y otra vez, como hizo ya en las lamentables apariciones públicas de los últimos años, donde el viejo interrumpía al meteorólogo para recordar el ciclón “Flora”, y a la reportera para hablar de la Ciénaga de Zapata y los planes allí desarrollados en los primeros años de la Revolución.

Aunque las lean en cada noticiero, las reflexiones no copan las horas de la telenovela, como los discursos e intervenciones, a veces diarias, de los tiempos de la Batalla de Ideas; mientras Fidel pretende continuarla por esta vía, señalando la crisis del planeta y ofreciendo soluciones, Raúl Castro, de cuerpo presente y en pocos minutos, dice justo lo contrario: el Período Especial no ha terminado, es preciso hacer reformas en Cuba, arreglar las cosas con Estados Unidos.

Castro está, así, tan sólo como el anciano dictador pintado por García Márquez en su novela. Marginado por la enfermedad, el valetudinario pretende ocultar su gravedad (prefiere escribir que ofrecer entrevistas o fotos, porque acicalarse le quita tiempo, dice, intentando patéticamente convertir la necesidad en libertad), y colocarse nuevamente en el centro; el asunto del etanol le da la oportunidad: ¿quién sino él puede “coger al toro por los cuernos”, enfrentarse a Bush, denunciar lo absurdo e inmoral de la idea de producir combustibles a partir de alimentos? ¿quién más que él va a diagnosticar la crisis, advertir la inminencia de la catástrofe y salvar al mundo? No hace, desde luego, literatura (¿no le había dicho a Padilla que ellos, los poetas, no entienden la revolución?); como sus admirados Robespierre y Mussolini, él no es un “escritor” sino un “escribiente”. El panfleto y el testimonio, esos dos polos de la antiliteratura que la Revolución Cubana alimentó en sus buenos tiempos, son los que convienen al salvador de la humanidad.

Pero he aquí que todo se convierte, al cabo, en ficción. Castro no es escritor ni escribiente, sino escribidor; egocéntrico como Pedro Camacho, medio enloquecido como él, el dictador escribe también un culebrón. Ese culebrón ya lo conocemos, porque es el mismo de siempre, sólo que ahora, vertido en mala prosa, revela como nunca su fundamental mediocridad: la Isla digna que resiste, por un lado; el imperio que ataca, por el otro; la maldad del capitalismo, por allá; la bondad de las conquistas de la Revolución, por acá; el “deporte sano” de nosotros; de ellos “el consumismo y el derroche, que está en la raíz de la actual e irreversible crisis económica y social del mundo globalizado”. “Monstruosa” es la conversión de alimentos en combustibles, monstruoso es Posada Carriles; el bloqueo es “cruel”; “cruel y despiadada” la prisión de los Cinco Héroes; Bush, el gran embaucador. Ellos, los otros, los malos, son la causa de todos nuestros males: el período especial “fue la suma de todas las consecuencias de la agresión y las medidas desesperadas que nos obligó a tomar, potenciado el conjunto de acciones nocivas por el colosal aparato publicitario del imperio”; aquel intento de piratería de los dos soldados jóvenes se debe a la excarcelación de Posada Carriles y “a su deseo de disfrutar del consumismo”; la Ley de Ajuste cubano es la causa de muerte de los que emigran ilegalmente.

El culebrón tiene, además, algunos toques de humor: “Trato de que las reflexiones sean más breves para no robar espacio a la prensa escrita ni a los noticieros de la televisión.”, dice, y añade: “seré fiel a la divisa de no escribir nunca una mentira.” Y, luego de declarar que dividirá las reflexiones en breves y largas, insiste en el mismo chiste: “También me preocupa el espacio que utilizan en las primeras planas de nuestra prensa, tan necesario para la actividad diaria de la nación.” Y el chiste mayor de todos: “La propuesta de los agrocombustibles es inviable y, además, inaceptable ética y políticamente. Pero no basta con rechazarla. Estamos convocados a implementar una nueva revolución energética, pero al servicio de los pueblos y no de los monopolios y del imperialismo.” Esa “revolución energética” ¡es la misma que ya se llevó a cabo en Cuba, la que le dio nombre al último año bautizado por el dictador-escribidor! Consistió en el cambio de los bombillos incandescentes por bombillos fluorescentes y en la sustitución de electrodomésticos viejos por equipos nuevos.

He aquí, una vez más, la historia de siempre: Cuba, laboratorio de experimentos revolucionarios, como ejemplo para el mundo; la guerrilla primero, luego la campaña de alfabetización, más tarde los planes piloto… ahora los bombillos fluorescentes. De lo sublime a lo ridículo no hay sino un paso, y Castro no puede más que darlo. Antes, sus discursos le robaban el espacio a la telenovela, haciendo que la gente lo maldijera; ahora, desde la primera plana del Granma, nos ofrece en sus “reflexiones” la última versión del culebrón revolucionario. No queda más remedio que reírse. Grotescos los delirios del escribidor, ridícula esa comedia rojinegra que ha sido la Revolución Cubana.

Duanel Díaz
Madrid

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28 respuestas
Comentarios

  • GURGUEIROS dice:

    Lo felicito por la precision y analisis. Por que los “pueblos” aceptan situaciones como la que Ud describe? Tengo un amigo que dice: “que lo que hace mejor un tonto es envidiar y herirse a si mismo”. Si ademas el dice que: “lo que mas abunda el Tonto por Metro cuadrado” ahi tiene la respuesta. Mirando un documental sobre Korea del Norte, un oftalmologo, descendiente del pais pero que vive Europa, fue a hacer 1000 operaciones de cataratas en 10 dias gratis. Asi lo hizo porque el gobierno no le dejo otras alternativas mas logicas. Al cabo en una especie de Iglesia atea se reunieron los beneficiados y al descubrirse con mejor vision lloraban y daban gracias al Gran Lider. Este hecho fue en Septiembre 5 del 2007 por Biography channel. Quizas veamos a gente sintiendo la muerte del genocida en Jefe aparte de la Izquierda Internacional.

  • Infortunato Liborio del Campo dice:

    analista:
    sigue esta regla mientras la primera y la última letra estén bien el resto pueden estar donde quiera que siempre se entiende el texto. Esto no admite correcciones, Hasta a Duanel una amiga profesora le ha cogido alguna falta. Macho escribir en estas cajitas con corrección es terrible y yo escribo páginas. En todo caso me suscribo a la opinión de García Márquez a quien los editores le corrigen la ortografía. En este caso fue un lapsus mentis (¿se escribe así?)

    Un saludo y gracias por la incorregible observación.

  • analista dice:

    Infortunato

    a cualquiera se le muere un tío: precisar, precisión

    saludos

  • William Navarrete dice:

    Hola Duanel, muy buenas observaciones. Como siempre.
    Hoy en El Nuevo Herald se puede leer el artículo que escribí sobre Ernesto Hdez. Busto. Les incluyo el link:
    http://www.elnuevoherald.com/140/
    Pues creo que por modestia Ernesto no lo ha puesto.
    El creador de este blog será presentado con bombos y platillos en la Librería Universal, de Miami, el 1 de septiembre a la 1 pm.
    Así que los que estén en Miami quedan invitados.
    Saludos a (casi) todos,
    W. Navarrete

  • Anonymous dice:

    Las masas de ahora ya no nesecitan lideres que les guien, sino que por si mismas aprenden a movilizar los hilos de las serpientes populares. Los comandantes y los subcomandantes pierden peso en la consideracion de un rumbo a seguir y su palabra se convierte en murmullo de sugerencias, pero el acatamiento a lo social pactado es voluntaria entrega y no represion o careta de pantomimas.

  • Anonymous dice:

    En Cuba Literaria también se suman a la campaña contra la gente del exilio. Le tiraron duro a Amir Valle: http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/ficha.php?Id=4188
    ¿alguien ha leído ya la novela? digo para saber si es tan mala o todo es invento para desacreditarlo.

  • A.T. dice:

    Tu pregunta Duanel es tal central como tautologica.

  • Anonymous dice:

    Duanel, panfletero.

  • Infortunato Liborio del Campo dice:

    Un sólo comentario sobre el texto de Duanel: Magnifiqué.

    Una presición: Los marxistas no inventaron el concepto de las “masa” eso fue un invento de los que degeneraron el marxismo como Fidel Castro et al. Los marxistas (Marx) hablamos de clases sociales: proletariado, burguesía, campesinos, et al, en dependencia de la posición que tienen los hombres en relación de los medios de producción…et al.

    No, como yo veo que todo el mundo dice et al, pues yo también que cará.

  • Anonymous dice:

    Han dejado este comentario en Estancia cubana. Parece que el final es inminente.

    Un amigo muy querido me hace llegar desde Cuba algo que se comenta insistentemente, al menos entre la intelectualidad, dice mi amigo que según se comenta, todo el tinglado de las famosas Reflexiones, fueron un preámbulo para esta serie que se cree sea la final, y que fue escrita mucho antes que comenzaran las anteriores reflexiones, para ser publicada cuando ya faltara poco, o se hubiera producido la muerte del dictador y antecediera al anuncio oficial, para que quedara como su testamento político. Claro que es una especulación, pero no deja de tener lógica. Incluso se dice que el verdadero autor de las Reflexiones es Abel Prieto.

  • Pepeluis dice:

    Anarquista:
    sigue este consejo del Frankie:
    “watch out where the husky goes
    and don’t you eat the yellow snow”

  • Pepeluis dice:

    Elogio de Macron

    Rumores, rumores como cantaba Carrá. Que se nos muere el padrecito. Que de esta si que no sale. Que los tubos que lo conectan como ultimo eslabón al mundo real son incapaces de contener la arribazón de la roya, la comejenera que a paso de conga marcha sitiando, venciendo un riñón aquí, un pulmón allá. El caguairán cruje como las jarcias del Flying Dutch. Se hiela, no come nada. Manda a llamar a Ramón: “Ramón …el guateque!” Ramón no viene. Quien viene es el otro, Claudius. Trae un gotero, trae una almohada. El Colostomandante se agita. A ver, que me traigan al Niño de Vallecas. “Felipe anda por las provincias, Jefe”. Su final gesto es el de recuperar el sello pero ya es muy tarde y la almohada ahoga un impotente: “Mariconsoooonn…!
    La sombra que abandona el cuarto musita: “precisssamente, tu tan atinado como siempre”

  • Isis dice:

    Analista, gracias por las precisiones. Los CDR son más refinados, igualmente que los de los jacobinos, que no eran partidistas.

  • Isis dice:

    Duanel, antes se llamaba Place Royale. El nombre luego de “Concorde” otorgado por Napoléon, naturalmente quería significar. “Fini” el asunto. El simbolismo de la Place (francesa) de la Revolution era grande, aun si no fue solamente ahí donde guillotinaban. Después de todo, la guillotina era ambulante, y los comisarios políticos de la Convención la llevaban con ellos en los ejércitos que le eran asignados. Un general que perdía una batalla podía pasar por la cuchilla. “Enemigo del pueblo”, ¡por perder!. “Le peuple”, otro invento de la R.francesa. Los marxistas posteriormente le agregaron lo de “las masas”, pero es lo mismo.
    “Plaza de la República”!: sin dudas, ese nombre puede ser el venidero, cuando llegue lo que vendrá.

  • Anonymous dice:

    Duanel,
    muy claro su analisis, aunque le duela a los anarquistas. Parece ser que le tocaron el punto fallido de su Comandante y de ahi sus quejas. Comparar la libertad de opinar aqui con el Granma da una clara indicacion de donde proviene su queja y sus motivos. Al que le pica es porque aji come, decia mi abuela y ahi esta la clave de la cuestion. Realmente los que no pueden ser tomados en serio son estos defensores del castrismo despues de tantas barbaridades en nombre de la “famosa” revolucion que no es nada mas que un fascismo descarado disfrazado de socialismo. La comparacion de tu articulo con Perez Roura es realmente risible y muy indicativa de su ignorancia o su mala fe.

  • el anarquista dice:

    Que curioso que Ustedes solo ven la paja en el ojo ajeno. Duanel, la posibilidad de discrepar y de réplica lo da la tecnología. Uds. con poder, censurarían al ritmo del castrismo; esto es inherente a la naturaleza del cubano.

  • analista dice:

    Anarquista,

    adjetivos y epítetos ofensivos nuncan serán argumentos.

  • Duanel Díaz Infante dice:

    Anarquista fíjate si nos parecemos a los castristas que aquí se puede debatir y discrepar, igualito que en el Granma. Muchas gracias, LuisC, Anónimo de las 3.21 e Isis. Sí, aunque los fascismos estaban en contra de los principios de 1789, la Revolución Francesa está en los orígenes del totalitarismo, tanto de derecha como de izquierda. Isis, ¿cómo se llamaba esa plaza francesa antes de que le pusieran Plaza de la Revolución? Eso de que Napoleon le cambiara el nombre para Concordia da qué pensar, no? ¿cómo se llamará cuando llegue la democracia a la antigua Plaza Cívica? ¿Plaza de la República?

  • analista dice:

    El nombre de Blockwart fue utilizado por la población como nombre común para los funcionarios de más bajo rango del NSDAP y sus organizaciones paralelas, con las cuales entraban en contacto con el entorno. Después de 1935 se nombraron Blockleiter. Un Blockleiter era responsable de 40 a 60 hogares con 170 personas. En su sector podía ayudarse con voluntarios, dándoles intrucciones. Estos voluntarios, llamados indiferentemente Blockwalter, Blockhelfer o Hauswarte representaban frecuentemente las organizaciones fascistas paralelas como EL Frente de Trabajo Alemán, las Mujeres Nacionalsocialistas, etc. Mientras que el Blockleiter juraba a Hitler los voluntarios no tenían que pertenecer als NDSAP.
    A mi entender, los CDR es un invento mucho más refinado, ya que se organizaron independientemente del Partido. No obstante, la similitud está dada.

  • el anarquista dice:

    Anonimo: en tu explícita vulgaridad demuestras cuán analfabeta y sumiso eres. Gente como tú son los defensores de Duanel; “los democráticos del exilio”. Que Dios tome confesado al cubano. Uds. son una lacra disfrazada.

  • Anonymous dice:

    no comas tanta p… anarquista el artículo está bestial!

  • el anarquista dice:

    Enseguida, como Las Brigadas de Respuesta Rápida, sale Isis -la otra panfletera- a adular a Duanel. Al menos fidelidad en sus indecencias mediáticas uds. muestran. Se parecen tanto a los castristas Uds.

  • el anarquista dice:

    Una vez más Duanel arremete con saña tardía. Cada día, Díaz Infante se parece más a Perez Roura. Desesperado parece buscar notoriedad en su reclacitrante discurso. Este texto de Duanel, está muy bueno para El Nuevo Herald; es ahí quizás, donde busca posición laboral el ahora foribundo anticastrista.
    Este “exilio” deveras es un relajo; Uds. definitivamente no pueden ser tomados en serio.

  • Isis dice:

    Excelente!, Duanel, excelente. Y sí, el nombre de “Plaza de la Revolución” está copiado literalmente del de la plaza de París donde guillotinaron a Luis XVI. Fue Napoléon quien le cambió el nombre por “Place de la Concorde”, que ostenta en la actualidad.
    Como los jacobinos inventaron los “comités de defensa de la Revolución”. Hitler luego implementaría los “Blokwarte”: los responsables del “barrio”, que debían informar a los consabidos “superiores” de cada movimiento extrano de los vecinos bajo su control, con minuciosidad germánica. Pero la patente la ostentan los jacobinos.
    Lo que se suele entender por “Revolución francesa” no es sino la madre de los totalitarismos. El problema es, en mi opinión, que la soi-disant Revolución francesa todavía no ha terminado.

  • luisc dice:

    duanel, evidentemente querías despacharlo rápido… me refiero al artículo, porque al dictador, ya lo hicimos hace rato….
    artículo sintético, directo, bueno. se agradece.

    (aun ernesto no ha corregido el error…)

  • Anonymous dice:

    Mas de lo mismo…

  • Duanel Díaz Infante dice:

    Es un error mío: donde puse “anticomunista” debe ir “comunista”. Ya le he pedido a Ernesto que lo arregle. Gracias por apuntarlo.

  • Anonymous dice:

    Cómo pudo la gran mayoría de la gente aceptar que un gobierno que en junio de 1959 insistía en que no era anticomunista se declarara marxista-leninista en abril de 1961?

    Si se declaro que NO era ANTIcomunista… que problema hay con que después se declarara comunista? No hay contradicción ahí.

    Error o acto fallido?