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La muerte de José Lezama Lima (notas de un biógrafo aficionado)

  • Ago 09, 200719:38h
  • 9 comentarios

Sobre la muerte de Lezama, como sobre casi toda su vida, se agolpan numerosas versiones, disímiles en un buen número de detalles, coincidentes en unos pocos.

Según Ciro Bianchi, pocos días antes de su muerte Lezama comenzó a padecer incontinencia urinaria “y parece que en algún momento llegó a orinar sangre”. Prats Sariol, en artículo publicado el año pasado, habla también de una cistitis, causa de la incontinencia prostática, y agrega fiebre a los síntomas –desde el 31 de julio, es decir, 10 días antes de la muerte.

Aquí las cosas empiezan a enturbiarse. Según Bianchi, la visita de Alba de Céspedes al poeta enfermo, el viernes 6 de agosto, provocó una llamada de Alfredo Guevara al día siguiente por la mañana, diciéndole a María Luisa que “todo estaba previsto” en el Pabellón José Elías Borges del Hospital Calixto García para recibir a Lezama; que allí lo esperaba el cuerpo médico en pleno y que una ambulancia había salido ya a buscarlo. “En efecto —asegura Bianchi—, conversaban todavía Guevara y María Luisa cuando el vehículo aparcaba frente a la casa de Lezama.”

Más allá del detalle casi cinematográfico del relato, parece que el entonces presidente Osvaldo Dorticós estaba realmente preocupado por la posibilidad de que Lezama (por entonces, en “cuarentena” ideológica) pudiera morir de pronto en Trocadero y se suscitara algún miniescándalo en la prensa extranjera.

Según el testimonio de Bianchi y Roberto Fernández Retamar, la noticia de la enfermedad de Lezama circuló con rapidez a los más altos niveles. Dice Retamar que él en cuanto lo supo acudió a la casa de Trocadero, “aunque no pensé que se tratase de algo serio”. Sin embargo, según Prats Sariol, esos últimos días Lezama sólo recibió en su casa a Fina García Marruz y Cintio Vitier, el Padre Gaztelu, Chantal y Pepe Triana, Bilbao y Reinaldo Arenas, Umberto Peña e Imeldo Álvarez.

Hay otros testimonios aseverando que Fina y Cintio –por entonces distanciados de Lezama- no fueron a Trocadero ni al hospital. La razón pública fue que la madre de Cintio estaba, por la misma época, muy enferma. En cuanto a Arenas, como veremos luego, no estaba en La Habana en esa fecha.

Coinciden los testimonios (con una excepción que luego citaré) en que el doctor José Luis Moreno del Toro actuó con el debido profesionalismo. Prats Sariol comenta el temor del galeno a que Lezama (un fumador asmático de unos 125 kilos de peso) acumulara [a causa de sus problemas en la próstata] “secreciones que podían derivar en una neumonía”.

El propio Moreno del Toro, que además de médico es frondoso poeta, dio una entrevista en febrero del 2003 en la que se refiere a la versión de Bianchi como “inexacta” y aprovecha para comentar un libro suyo (inédito) titulado El paciente impaciente. Mi amistad con Lezama: “En un capítulo están las últimas horas de Lezama, el único que puede hablar y saber exactamente qué pasó soy yo”.

No está de más recordar aquí que hace algunos años Norberto Fuentes, que también sabe de lo que habla, se refirió a esta “síntesis de Apolo y Esculapio” como “un Mengele criollo”, informante de la Seguridad del Estado sobre el vasto “tema Lezama”:

“Si eras gordo, asmático, casi imposible de mover en tu humanidad de cachalote rendido, como era el caso de José Lezama Lima, entonces te clavaban con la presencia permanente de un médico para atenderte. El doctor José Luis Moreno del Toro (este sí nombre verdadero pero no de guerra) fue el sonriente Joseph Menguele criollo que le situaron como médico de cabecera al autor de Paradiso, y por cada auscultación de pecho y pulmones o un poco de salbutamol, el líquido prodigioso para rellenar su aerosol de inhalación, le sacaba dos párrafos de un informe.”

Según Bianchi, el sábado 7 por la mañana Lezama se negó a salir de su casa. Dijo: “Hoy no estoy para hospitales; mi mente no está acondicionada aún para la mudanza”. (Lezama tenía la poética costumbre de referirse a la muerte como “la Gran Mudada” o la “Gran Enemiga”.)

Ese mismo día, siempre según Bianchi, Lezama habría sufrido una caída en su casa, que obligó a María Luisa a hacer esfuerzos poco verosímiles para incorporarlo. “El poeta tuvo fuerzas para responder —dice Bianchi— y, apoyado en su esposa, caminó hasta la cama. Allí se desplomó, quedó tendido de tal manera, que María Luisa debió buscar la ayuda de dos transeúntes ocasionales para que lo acomodaran en el lecho.”

El domingo 8, a instancias de Moreno del Toro, volvió la ambulancia. Lichi Diego y Prats Sariol cuentan que los enfermeros debieron sacar al paciente por la ventana-balcón de Trocadero pues la camilla no tenía espacio para doblar entre la puerta del departamento y la de la calle.

Ya en el hospital, después de algunos trámites confusos, a Lezama le diagnosticaron una pulmonía. Estuvo consciente al menos hasta las ocho de la noche. En ese lapso habría recibido la visita de Virgilio Piñera y otra de Retamar, que se permitió una broma con carga ideológica (recuerden que estamos en 1976, y el más grande poeta argentino es todo un “apestado” literario):

“Joseíto, le dije (…) tienes que portarte bien y dejarte hacer todo lo que sea necesario. Fíjate que te han traído al pabellón Borges, que es a donde traen a los buenos poetas. Si no lo haces, te mandarán al Sánchez Galarraga.”

Al salir del Calixto, Retamar llamó a Eliseo Diego para avisarle de que Lezama estaba ingresado, pero que se trataba de algo sin importancia. Al anochecer, habría vuelto a llamar al enfermo por teléfono: “Me confesó que se sentía mejor, y hasta halló ánimo para bromear conmigo: ‘Cuando creían que había descendido a la mansión del Hades, me encuentran en Guanabacoa, bailando una rumba’”.

Durante todo ese día, Lezama se mantuvo de buen humor. Prats Sariol y su esposa, que también acudieron a la hora de visita, se encontraron “a un Lezama optimista, burlándose de su gordura con la de Santo Tomás, bajo la certeza de que la enfermedad doblaba por la esquina, a perderse. No fue así. Se había desarrollado lo que llaman EPOC (enfermedad pulmonar crónica obstructiva) y su corazón, frágil y apesadumbrado, empezó a emitir mensajes alarmantes.”

Aquí es donde, al parecer, la asistencia médica falló. Los médicos de admisión se tomaron la dolencia a la ligera, y recetaron medicamentos sin calcular que el corazón del asmático crónico podía fallar. No eran, por cierto, los famosos especialistas prometidos que debieron esperar al enfermo al pie de la cama. Moreno del Toro, especialista en Cirugía, tenía la mejor disposición, pero todo parece indicar que no estaba a la altura del caso. Prats Sariol resume su impresión en unas líneas elocuentes: “los pronósticos enrevesados se aciclonaban, sobre todo entre nosotros, los neófitos que oíamos a los médicos discutir variantes clínicas, recetar medicamentos, especular.”

Horas después, a Lezama le sobrevino un paro cardíaco que, según Prats Sariol, el doctor Moreno “decidió tratar en una operación a corazón abierto, darle masajes a ver si el músculo vuelve a trabajar”. No resultó: a las dos de la mañana del lunes 9 de agosto de 1976, José Lezama Lima ya era cadáver.

En opinión del doctor Moreno, las 24 horas perdidas fueron fatales. La culpa, entonces, sería de Lezama, por tozudo oblomovista. Como el doctor conoce todos los detalles del triste asunto, es lógico que no esté de acuerdo con la versión de Bianchi, que al invocar un poético paralelismo biográfico (“Lezama decía que su padre había muerto de una ‘tonta’ pulmonía. Otra ‘tonta’ pulmonía se lo llevaría a él también”) pasa por alto que Lezama no murió de pulmonía, sino de un infarto. Todo parece indicar, por cierto, que no hubo autopsia.

Según su hermana Eloísa, que recibió en Miami la noticia del ingreso a las 11 de la mañana del domingo, Lezama no estuvo todo lo bien atendido que debiera:

“En el Calixto García no lo vió ningún especialista pulmonar y los médicos del hospital no llegaron porque era el fin de semana y no había asistencia médica… Mi hermano murió sin asistencia médica especializada. Esa noche después de que falleció, hablé con Cintio, que me dijo: ‘Toda Cuba llora, tú estás confundida’. Yo estaba brava porque, ¿cómo es posible que a mi hermano no le hubiesen dado la mejor atención médica? Claro, su salud estaba deteriorada. Él fumaba mucho, mucho. Esa fue en parte la causa de su muerte. Pudo haber vivido mucho más”.

El velorio tuvo lugar en el tercer piso de la funeraria Rivero, en Calzada y K, en el Vedado. Allí estaban según testimonios diversos, Cintio Vitier y Eliseo Diego con sus esposas Fina y Bella, Monseñor Gaztelu, Octavio Smith, Portocarrero… Pasaron esa tarde Alicia Alonso, Raúl Roa y su esposa, Juan David, Ambrosio Fornet, Umberto Peña, Félix Beltrán, Adigio Benítez… También la tropilla de la UNEAC: Ángel Augier, el Indio Naborí, Luis Marré, César López (tengo dudas sobre su asistencia; ¿por que afirmó, entonces, en entrevista con Carlos Espinosa, que “en los últimos años de su vida no lo vi, ni lo visité, ni siquiera hablamos por teléfono”?) y, —según Prats Sariol— los jóvenes “que entonces se nucleaban en torno al mensuario cultural El Caimán Barbudo“. Confirmados, además, Reynaldo González y Edmundo Desnoes, el propio Prats Sariol, Chinolope, Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Manuel Díaz Martínez, Norberto Fuentes, José Triana y Chantal, Loló de la Torriente, el poeta peruano Winston Orrillo, se dice que hasta Mario Benedetti…

En una simpática nota publicada en la revista Vuelta, “¿Quién es ese Ciro Bianchi y por qué está diciendo esas cosas de mí?“, Cabrera Infante asegura que al velorio también asistió Reinaldo Arenas, a quien convierte en “su informante”. Sin embargo, en una carta del 17 de agosto a María Luisa, el propio Arenas dice “estaba por Oriente cuando supe la terrible noticia”. Según la correspondencia aún inédita de Arenas con Jorge y Margarita Camacho, (algunos de cuyos fragmentos tuvieron la gentileza de adelantarme hace años) la última visita que habría hecho Arenas a Lezama en Trocadero 162 fue el 26 de abril de 1976.

Otra descripción del velorio, con interesantes detalles, es la que hace Reynaldo González:

“En el salón, la llegada de muchos que apenas entraban a la capilla ardiente, ajenos como eran a aquella vida y a aquella muerte. Cumplían un rito oficial. Y me recordé en la pequeña morgue de la funeraria, junto a algunos de los mencionados por el cronista, más el escultor Osneldo García y la pintora Antonia Eiriz, todos aterrados, “ayudando” o estorbando el trabajo de Camporino, a quien le habíamos encargado que hiciera su mascarilla y la impronta de sus manos. El cadáver de Lezama amenazaba con cierto grado de descomposición, además de estar mal acomodado en el estrecho féretro. Era preciso hacerle algunas punciones, a escondidas de su viuda, que se negaba. El trabajo de la mascarilla y la mano devenía, pues, un pretexto, pero fue cierto. Aquel señor, Camporino, del cual sólo recuerdo su apellido, le había hecho la mascarilla mortuoria a otro grande de nuestras letras, Rubén Martínez Villena, y por ello lo contrató Umberto Peña. Para él era cuestión de oficio. Para nosotros, mover y tratar el cadáver de un ser muy querido y admirado, algo infrecuente y pavoroso. Quizás para romper nuestro sobrecogimiento, mi torpeza al untar glicerina a las manos del cadáver, consideró oportuno improvisar un chiste: ‘Imagínense si en vez de ser escritor, el muerto fuera atleta, tendríamos que empavesarle las piernas completas’, dijo. José Triana y Antonia Eiriz se abrazaron. Ella, comprendiendo la intención de quien era un simple ‘operario’, razonó: “El chiste le hubiera gustado al gordo”.

Aquí habría que corregir a Reynaldo en algunos particulares. Según Julio Girona, no fue Camporino sino Gómez Sicre quien se encargó (con la ayuda del propio Girona) de hacer la mascarilla de Villena. La de Lezama, al parecer, sí corrió a cargo de (¿Domenico?) Camporino, escultor de poca monta. Hoy reposa en la Casa Museo “José Lezama Lima”, si no se la han robado.

Cintio Vitier tuvo que escribir su oración fúnebre en uno de los salones de Calzada y K, luego que María Luisa se negara en redondo a que el entonces vicepresidente de la UNEAC (Ángel Augier) despidiera oficialmente el duelo. También se ocupó de hacerle la crónica telefónica a Eloísa, angustiada en Miami: “Cintio no hacía más que decirme por teléfono —porque estuvimos hablando toda la noche desde la funeraria—: “están las grandes autoridades, está Fulano y Mengano. Acaba de entrar Perengano”. ¡Y a mí qué me importaba quienes estaban! Mi hermano estaba muerto y me torturaba pensar que ese cerebro tan privilegiado se lo iban a comer los gusanos.”

“Por la madrugada, como suele ocurrir, sólo quedamos unos pocos —cuenta Prats Sariol—, aunque por allí habían pasado desde Alicia Alonso hasta René Portocarrero y Raúl Milián…”. Nuevo error: Portacarrero sí fue, Milián, según el testimonio recogido por Carlos Espinosa en su indispensable Cercanía de Lezama, se quedó en casa, llorando.

Dicen que Chantal Triana hizo unas fotos del entierro que, hasta donde yo sé, nunca se han exhibido. Y Reinaldo Arenas cuenta que el ICAIC filmó el sepelio, pero tampoco se ha visto nunca ese documental.

Días después, Cintio Vitier publicó su oración fúnebre en La Gaceta de Cuba (un texto breve, poco inspirado y para nada heredero -como afirma Prats Sariol en un ataque de sublime comparatística-, de la “oraciones fúnebres de Bossuet”). Iba precedida de una nota donde se aclaraba que “el destacado escritor y poeta cubano (sic) José Lezama Lima [falleció] víctima de una repentina enfermedad, y después de agotarse todos los medios y recursos de la ciencia médica”.

Que Lezama fue condenado al ostracismo después del “caso Padilla” es asunto que muy pocos se atreven ya a discutir, y que yo he podido documentar in extenso. Le grababan las llamadas y confiscaban su correo. Dependía de medicinas que le mandaban amigos y conocidos desde el extranjero. Era un viejo con miedo, al que no dejaban salir de Cuba con María Luisa para que no se quedara. De que pasaba hambre y mil trabajos (a los que Carlos Barral se refirió en deleznable necrológica como “patriótico sacrificio de placeres” durante “los años duros del bloqueo”), hay numerosos testimonios, incluyendo, por supuesto, las tristes cartas a su hermana Eloísa.

La última carta que escribió Lezama fue el 5 de agosto de 1976, a Neus Expresate, la directora de Editorial Era, para decirle que no le entregara el dinero de la edición mexicana de Paradiso a nadie que viniera “en su nombre”.

Con todos estos hechos más que repasados, me resultó bastante desagradable toparme hace unos meses con un artículo de Eliseo Diego en Granma (8 de mayo de 1983), donde las miserias que acompañaron, también, la muerte de Lezama se justifican como “la opción fundamental de su vida”.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

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9 respuestas
Comentarios

  • Anonymous dice:

    Lezama se fué del aire por comelón y fumador,ya eso es sabido ,hoy en día si quieres llegar a viejito hay que ejercitarse(montar bicicleta),comer sano(La libreta)y dejarse de pajas mentales.

  • analista dice:

    Bueno, muy buen artículo. Te quedó bien eso de “oblomovista” para obligarnos a indagar en la enciclopedia :-).

    A mí lo que me asombra, es que siendo (para sucesos históricos) un hecho reciente, existan tantas versiones diferentes. ¿Qué podemos esperar entonces de los relatos de los sucesos de República o peor aún de ls Colonia?

  • Anonymous dice:

    El artículo de Eliseo diego es una cosa tremenda -sobre todo si pensamos que luego se pasó un montón de años en méxico. Seguro que se lo encargó retamar, y no tuvo más remedio… Esa anécdota de Lezama diciendo que “lo quieren convertir en solzhenitsyn” Vitier la ha repetido aquí y allá. Patética.

  • Anonymous dice:

    Debo felicitarte, Ernesto.
    Tan ameno tu relato y bien articulado,a pesar de los tantos nombre citados, que lo leí hasta el final y fue muy claro e instructivo.
    No decayó el interés ni un instante.
    Así se escribe sin tantas reminiscencias.
    ¡Qué estos son blogs , hombre!

    Que se repitan.

  • Ernesto dice:

    Que tiene un montón de libros…

  • Sosa dice:

    Conocí a Moreno del Toro en una de aquellas jornadas de poesía de los esmirriados noventa. Recién me había leído la “Cercanía” y el hombre me resultaba bien curioso. Y sé que he leído sus poemas, pero no me queda nada en el recuerdo. Cuando dices “frondoso”, what do you mean?

  • POLAF dice:

    Que buen texto Ernesto.

  • Ernesto dice:

    Gracias, Mauricio, si te esperas media hora podrás ver todos los links y los PDF’s… Estoy aún editando el texto, y tengo problemas con la conexión a Internet.

  • Mauricio Pimienta dice:

    Ernesto, que buen trabajo!! Te felicito sinceramente. Gracias a ti fue muy facil irme a los lugares citados y vagar, como en una ronda usual de Walpurgis, entre esas sombras veleidosas que hoy son ya historia.
    De corazon, te doy las gracias.