- jul 09, 2007 • 10:17h
- 4 comentarios
En una entrevista con la hija de Fidel Castro, el hijo de Ramiro Valdés contaba cómo él y su madre habían ayudado a muchas personas en Cuba, utilizando las conexiones familiares, y específicamente a los amigos del padre, para resolverles algo que el Estado les negaba. Sea cierta o no esta afirmación, la realidad es que un número considerable de cubanos opta por este recurso, ya sea dirigiendo cartas a Fidel Castro, con la dirección de su oficina del Comité Central, o buscando a alguien cercano a las altas esferas para que interceda por ellos. En el último caso, la gestión suele ser exitosa. El entuerto se resuelve y la persona o bien puede salir del país, o le devuelven su puesto de trabajo. Es decir, estas personas reciben una “complacencia” del Poder, un “regalo” necesariamente selectivo y arbitrario, que siempre va aparejado con un beneficio para quien lo da (en este caso el Estado).
En un país como Cuba con una estructura paternalista, la idea del regalo y la ganancia simbólica que representa la gratitud son fundamentales. No solamente a nivel personal, sino a nivel de todo el país. “¡Gracias, Fidel!” decían muchos carteles en las mansiones de la antigua burguesía cubana al triunfo de la revolución. “Esta es tu casa” decían otras. Por la misma época, Nicolás Guillén, repleto de agradecimiento, gritaba que ya “tenía lo que tenía que tener” y le repetía a sus lectores: “te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió.”
Incluso el triunfo de la Revolución se ha interpretado muchas veces como una acción personal, no colectiva; como un regalo que hay que agradecerle al Máximo Líder porque sin él no hubiéramos sido capaces de lograrlo. Esta es la base del personalismo y de la mentalidad de “gratitud” que se ha mantenido hasta hoy en Cuba. Gratitud, repito, no sólo por haber logrado que el Estado atienda una súplica concreta, sino también por haber recibido del gobierno una casa, un trabajo, una ración de arroz o una carrera universitaria. Dádivas que el Poder, como una especie de Robin Hood moderno, les quita a unos y entrega a otros. Dádivas que ha distribuido según el grado de lealtad de sus fieles, para su propio beneficio.
En su libro Largueza, Jean Starobinski nos recuerda que el regalo no sólo trae consigo complacencias, sino también maleficios. Esto lo confirman viejas narraciones como la de Eva en la Biblia, cuya ofrenda les costó a los humanos la expulsión del Paraíso, o la indiferencia de los troyanos ante Casandra, cuando les dijo que no aceptaran regalos de sus enemigos. Ninguno hizo caso, y tuvieron que pagar las consecuencias. ¿Cuáles son los males, entonces, que vienen con estas dádivas que entrega el Poder?
1) La corrupción de las personas cercanas a la cúpula gobernante que son las que toman las decisiones,
2) la mentalidad de dependencia que crea en sus súbditos, que ya no se esfuerzan por lograr por sí mismos éxitos duraderos, sino que aspiran y se acostumbran a que alguien se los provea,
3) la quiebra de la moral, el orden y la ética del trabajo producto del carácter selectivo, arbitrario y desigual de estas “dádivas”,
4) el derroche del producto nacional cuando el Estado convierte esta ideología en parte de su política internacional.
¿Cómo se comporta un Estado dadivoso en términos de política internacional? Igual que Venezuela, Rusia y los antiguos países del bloque soviético cuando tenían dinero y aspiraban a influenciar a través de sus donaciones la política de otros países. Cuba, con los pocos recursos que tiene, ha sabido convertir estas donaciones en un formidable “caballo de Troya”. Desde hace muchos años ha sido un contribuyente de varias organizaciones internacionales y no ha escatimado recursos para ayudar a países como Nicaragua y Bolivia; tampoco le ha importado ofrecer a los EE UU los médicos que no tiene.
Todos estos regalos los hace uno de los países más pobres del hemisferio. Pero justamente por esto, tales ayudas adquieren un carácter moral superior, ya que a los ojos del mundo, y siguiendo una vieja tradición cristina, no hay nada más altruista que un pobre que ayuda a otro.
No me extraña entonces que Ramirito y otros con su mismo poder hayan entregado perdones y permisos a los descarriados que nadie escucha. En un Estado totalitario y dadivoso, no es la casa de la ley sino la del señor feudal el lugar a donde puedes ir a reclamar justicia.
Jorge Luis Camacho
South Carolina








Estoy seguro que Ramiro ha matado y torturado a muchos más de los que su esposa e hijos (supuestamente) ayudaron.
Esto comenzo a institucionalizarse cuando Celia Sanchez actuaba de “madrina” de las injusticias, y las peticiones subian y bajaban por su despacho. Es notorio como siempre ha perdonado vidas o las cercenaba a voluntad y a caprichos. Para ello establecio su gobierno personal, en paralelo a la figuracion “legal”/
El, el Rey, y sus senores feudales imitaron su comportamiento.
Muy bueno el escrito de Camacho.Todo lo que dice es real.
Desagradecidos, esos son ustedes.