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Adua la Pedagoga (12)

  • jun 09, 200720:25h
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Hoy ya no me parecen tan amargos todos estos recuerdos, como a veces en su momento lo fueron, porque con el tiempo he aprendido a concebir la naturaleza humana como algo muy complejo y más bien esférico. Somos como una bola en cuya perfección se encierran ese bien y ese mal complementarios, siempre en diálogo e intercambio.

Dios escribe derecho con líneas torcidas, dicen algunos cristianos, y otros dicen que cuando echas al demonio por la puerta vuelve a entrar por la ventana. Y no hay que haber cavilado mucho sobre el Libro de Job para llegar a tales conclusiones. Como que están inscritas en nuestra materia cerebrina, y culebrean en el manojo de nervios que nos anima cualquiera puede descubrirlas por sí mismo y entenderlas cabalmente, por la propia experiencia.

Recuerdo aquellos días en que Néstor se acababa de traer a Larbi, ese bello joven marroquí que quizás fuese entre todos los que amó el que más profunda huella dejó en su alma. Como Bernard ya se había cansado de mí y se había encontrado en sus medios mundanos a un joven pied noir, es decir, un europeo nacido en Orán, hijo de un médico famoso y afortunado, con propiedades vinícolas cerca de Aix-en-Provence, yo había tenido que dejarle el lugar que ocupaba en su apartamento del Faubourg Saint-Germain desde hacía ya ocho largos años. Durante ese tiempo había trabajado y estudiado tanto gracias a mi curiosidad natural y mi deseo de llegar a ser autónomo que ya tenía un nido mío, logrado por mis propios esfuerzos.

Y fue justamente en casa de Bernard, en la fiesta en que le celebraron a Catherine sus 23 años, que la conocí para no alejarme más de ella hasta que nos separó su muerte. Catherine había sido noviecita de Jacques, que así se llamaba el apuesto pied noir. En realidad Jacques había estado enamorado del hermano mayor de Catherine, Philippe, pero como a Philippe no le gustaba comer carne de puerco, como se decía vulgarmente en mi barrio, pues cambió para Catherine, que se enamoró mucho de Jacques.

Me sentí muy solo en mi nuevo apartamento lejos de Bernard, y como la naturaleza odia el vacío, llené el mío con los muchachitos del Boulevard Wagram, que acechaban en los bares de las criadas andaluzas de los que ya he hablado, o con los que me encontraba yo mismo subiendo la cuesta de Belleville y en las inmediaciones populares de la Place de la République.

Cotos de caza privilegiados y ricamente provistos de caza mayor y menor por la numerosa inmigración meridional, jabalíes corpulentos de los montes de Kabylia y tiernos gamos de las ruinas de Cartago, elegantes ciervos de los Montes Atlas y nerviosos conejillos de las arenas del valle del Draa. También melancólicos niños de Oporto. Todos más o menos ladronzuelos, pero ninguno de ellos tan cacos como estos chiquillos portugueses, los más pillos entre todos. Solían recaudar con los maricones el dinero que necesitaban para cortejar a sus novias los fines de semana.

Entre la barahúnda de los que me venían a buscar a mi casa llegó sin avisar el Cesarín. A primera vista me pareció demasiado jovencito para mi gusto porque sólo tenía quince añitos. Y aun más, acostumbrado al alto nivel de virilidad ostentosa y machismo cerril de mi banda de ladronzuelos, me cogió por sorpresa su dulzura. No sólo sus cabellos, que le caían en bellos y pesados bucles sobre su frente, eran dorados, sino que toda su piel también lo era. Era un niño de miel, todo cariño, y me daba unos besos de ternera con esa lengua que me metía hasta el alma y el fondo del gaznate me sabía a gloria.

Y así empecé a enamorarme de él. Y un bello día después de haberlo poseído hasta la saciedad me detuve a mirarlo detalladamente extasiándome en su perfecta belleza, y uno solo de sus muchísimos detalles captó mi atención de tal manera que ya verán hasta qué extremos insospechados de mi propia naturaleza me hizo llegar. Su mano había quedado abandonada sobre la sábana en un gesto muy delicado. Tan delicado y raro para un muchacho de su medio social que se destacaba como si formase parte de otra esfera de la realidad. Porque era una mano que parecía mano de mujer. Y me quedé muy afectado cavilando, que si tanto gusto me había dado poseer ese cuerpo de oro encarnado, de luz solar en fibra y peso, qué no debía ser el poseer a una mujer de verdad, que diese esos mismos besos que él me daba y me regalase ese placer que tanto tiempo yo había relegado por mi pasión por los machitos guapetones en los que había concentrado mi deseo hasta ese momento.

Y díceme Cesarín: “Tu estás muy solo, Ramón. Te deberías conseguir una mujer”.

Y dígole yo: “Esta noche me invitaron a un cumpleaños, y a lo mejor me consigo una”.

Y así mismo fue que sucedió, que la vida nos sorprende siempre como y cuando menos lo esperamos y que de donde menos uno lo piensa salta la liebre. Y también es verdad que a veces ciertas palabras echadas al aire sin mucho pensar las recoge algún genio complaciente de los tantos que pueblan los aires y cabalgan las coposas nubes.

Y resulta que en cierto otro momento Cesarín me pidió que le regalara una motocicleta. Y yo se la compré. Y tres días después tocan a mi puerta dos portugueses, un viejo, pequeño y vestido todo de negro como todavía se ven en ese triste y bello país. El otro era un joven un poco mayor que Cesarín. Se me presentan como el padre y el hermano mayor de mi niño amante, y yo me sobresalté al recordar lo mal que la sociedad postcristiana considera las uniones caprichosas del Dios Amor.

Pero mi susto se disipó muy rápidamente al escuchar el discurso lleno de modestia y respeto que ambos mayores me dirigieron. Cesarín se había ido de madre con la alegría que le diera su motocicleta nueva y se había metido a correr a toda velocidad por la periferia de París, con un grupito de sus amiguetes, y sufrieron varios ligeros descalabros y cometieron muchos desaguisados. Y la policía los había venido a buscar a ellos, su familia responsable, no porque anduviese en esos trances peligrosos para su integridad física, sino porque el chiquillo andaba suelto por ahí haciendo de las suyas sin haber sacado la debida licencia que exige la administración francesa para recaudar fondos con que pagar a los policías encargados de impedir que los muchachos se diviertan a su manera en vez de estar trabajando para llenarle de dinero las cajas fuertes a sus empleadores como Dios manda. Y eso sí que era una muy grave culpa a la que había que poner remedio urgentemente no fuera que se pudiese encontrar otra salida menos onerosa a este suceso. Felizmente aliviado de mi aprensión al escuchar estas sesudas razones accedí a su vehemente plegaria de que por favor le retirase a Cesarín mi regalo y volviese a recuperar la motocicleta. El pobre chiquito tenía que joderse por esta vez. A tantas autoridades armadas de tantas buenas razones tuve que plegarme.

Y ahí es donde Néstor, siempre alerta para hacer un buen negocio, me compró la dichosa motocicleta para dársela a Larbi quien, siendo mucho menos díscolo que Cesarín, la usó hasta el desvencijamiento final de todo aparato mecánicamente constituido que si no mueren como nosotros morimos desagregándonos en nuestros cinco elementos constitutivos, sí que se desconchinflan también a su propia y justa manera cuando les llega la hora de despedirse de este mundo tumultuoso.

Ramón Alejandro
París

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