- jun 03, 2007 • 21:26h
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Hace una pila de años invité al gordo René Suárez a almorzar en casa. Era domingo y por aquella época él estaba leyendo todo Cioran y tenía como tutor en no sé qué Universidad francesa a Milán Kundera. El gordo era, además de buen poeta (fan de Rimbaud), un jodedor de primera. Me decía que estaba haciendo un trabajo sociológico y por eso se la pasaba arrimado a los mostradores de cafetines de mala muerte, cerca de donde vivía, en el barrio de la Gare du Nord, en París. Un pretexto para empinar el codo porque era un curda de primera y se había hecho socio de cuanto vagabundo anduviera por allí, botella en mano. Antes de irse para Colombia, de donde era su esposa de entonces, vino a casa, y durante el almuerzo me hizo entrega solemne de este bono. Lo último que supe del gordo René es que había regresado a su Alquízar natal y que se dedicaba a engordar puercos. Quién sabe dónde estará ahora.
Domingo rojo: trabajo “volungatorio”, movilización absurda de la masa trabajadora que tenía que sacrificar su único día libre para honrar cualquier evento o fecha histórica: que si la visita del primer secretario del Partido Comunista búlgaro, que si el equisgésimo aniversario de la Revolución de Octubre o de la muerte de Lenin, que si la reunificación del Viet Nam heroico, que si… Creo haber participado por lo menos en uno. Recuerdo verme con trece o catorce años cerniendo arena y estorbando, más que trabajando, en la construcción del Hotel Tritón. Saqué buena lección de aquella jornada porque nunca más me volvieron a ver. El ortopédico de mi barrio, el Dr. Martínez-Páez, le había dado de baja de todo esfuerzo físico a medio barrio. A mí por escoliosis crítica. Y eso que había sido el médico del Fifo en la comandancia de La Plata.
William Navarrete
París




