Yo me dejaba involucrar en prolongadísimas discusiones pseudo políticas con el agente Enrique, en las que le intentaba explicar que yo estaba en contra del marxismo porque sólo una burguesía nacional podía garantizar la soberanía cubana, y que la desastrosa economía que el socialismo implantaba era la mejor manera de ponernos a la larga de rodillas ante los norteamericanos. Que yo era nacionalista pero nunca sería marxista y que no estaba de acuerdo con la alianza táctica que Fidel Castro había hecho con los intereses soviéticos en el mundo.
Era una manera de vacilarlo despacio y por tiempos. Una especie de asedio y guasabeo que me divertía enormemente. Una variedad de la relación de fuerzas eróticas, fuera del contexto de los bares donde generalmente ocurren estas lides de sinuosas seducciones que no osan decir su nombre.
Él estaba ejerciendo su profesión de seguroso y yo me estaba dando el gustazo de conversar con un machazo sin tener que soltar el dinero que generalmente cuesta disponer de esta compañía. La ambigüedad de la situación me convenía perfectamente. Estaba cogiendo mangos bajitos.
Desesperado por su insistencia en considerarme “revolucionario”, yo llegué a decirle que no ya en el caso de la Revolución Cubana, sino que entre las huestes desorganizadas de Espartaco y la República Romana, yo estaba de parte de los romanos, que entre los marquesitos decadentes y el pueblo sanguinario de París, yo estaba por el pobre Luis XVI que tan tristemente y por gusto perdió su cabeza, y que entre los siniestros nobles de Moscovia y el fullero de Lenin yo me ponía de parte de los boyardos, popes y otros borrachos de la corte del zar en contra de los siervos. Después de esa boutade para escaparme a las tentativas de captación afectiva con fines de embridamiento político que este simpaticón policía llevaba a cabo conmigo, me tuvo que dejar en paz, dándose cuenta de que mi amabilidad no era debilidad, sino artilugio destinado a escabullírmele por los intersticios que yo le sabía encontrar entre sus bien engrasadas tenazas ideológicas.
Néstor se puso como era de esperar muy, pero muy bravo cuando supo que yo había ido a esa fiesta en la Embajada, y esto también era parte de mi placer. Sentirlo rabiar fue algo a lo que le empecé a coger un verdadero gusto. A troche y moche, a diestra y siniestra, lo sabroso es escabullirse de tanto sujeto que te pretende poner en un sitio a su conveniencia, engavetar en un mueble a su comodidad, e imponerte lo que él piensa que va a ser tu felicidad.
El gusto que más fácilmente se podía dar a costa mía por aquel entonces era el de restregarme en la cara su riqueza. Yo pasaba por las situaciones fluctuantes propias a la vida de todos los pintores desde que apareció en el mundo este oficio, mientras que él a veces venía y me detallaba sus éxitos profesionales con verdadera fruición: “Me acaban de invitar a dar una conferencia en el Festival de San Sebastián, ¿porqué a ti no te invitan a exponer allá?” O incluso: ¿Por qué no hacen una película como Alien con las máquinas que tú pintas?
Sin embargo, a pesar de su disimulo, algunas veces yo lograba darme cuenta de que las aventuras callejeras que Catherine y yo teníamos por el barrio cuando vivíamos por el Canal Saint Martin le provocaban cierta envidia.
Por un tiempo frecuentamos a dos jóvenes egipcios que habían trabajado en el cine de su país antes de venir a Francia como simples obreros. Magdi era el más avispado de los dos, me hacía mucha gracia su nombre porque según nos había explicado era el masculino de Magda, que en castellano no existe. Su amigo inseparable, según la costumbre mediterránea ancestral que cuando te acuestas con uno te tienes que acostar también con su compañero, era un bizco muy buen mozo también aunque afectado en su apariencia por el desvío de su mirada, defecto que por otra parte compensaba con gran ventaja el hecho de que el bizco era mucho mejor que Magdi en la cama.
Catherine tenía preferencia por Magdi mientras que yo enamoraba mejor al bizco. Teníamos al tanto a Néstor, como de costumbre, de nuestras andanzas, y parece que a él, por aquello de que ya era una estrella del cine francés, se le ocurrió que podría llegar a interesar a nuestros amigos para llevárselos al tálamo mullido él también.
Yo siempre complaciente, le concerté una cita con los dos valerosos egipcíacos en el café junto al Canal Saint Martin donde los habíamos conocido una tarde de la primavera, y cerca del cual todos vivíamos.
Estos muchachos habían ciertamente trabajado en la industria del cine egipcio, pero como igual hubieran trabajado en cualquier otra cosa y como estaban trabajando en la construcción desde que estaban viviendo en Francia. El caso es que no tenían a título de gloria su paso por las inmediaciones y cercanías de Farid el Atrache ni de Oum Khalsoum, ni le daban a ese episodio de sus vidas un realce excepcional.
Y parece que Magdi y el Bizco no fueron a la cita con Néstor y así le hicieron, sin la mas mínima mala intención, sino por despreocupada y pura indiferencia, un doloroso desaire a Adua la Pedagoga. Y Néstor pensó que seguramente había sido una calculada maldad mía, algo concebido para humillarlo, o cualquier tipo de caritate y paripé vanidoso de los que él acostumbraba a gastarme.
¿Pero qué culpa tenía yo de que esos muchachos lo único que quisieran era singar fácil y cómodamente en el barrio en el que todos vivíamos, y que no sufrieran traza de ningún esnobismo artístico ni pretensiones de ese tipo que los hubieran podido hacer desear y valorizar al famoso Néstor Almendros?
Son cosas de la vida, y a cada cual le toca lo suyo, y hay que comer de lo que a uno le ponen en el plato y dejarse de mirar lo que le tocó al vecino.
Ahora que me acuerdo, cierta vez Bernard Minoret se me quejó amargamente de que Néstor tenía la mala maña de cuquearlo, contándole de que había conocido a un jovenzuelo gerontófilo y prometiéndole que un día se lo iba a presentar para compartir con él sus encantos.
El tiempo pasaba y Néstor evadía y posponía sádicamente el encuentro de la presentación, hasta que en cierto momento, cuando de nuevo Bernard le insistía en que le presentara al encantador mancebo, le decía con cara de mosquita muerta:
-¿Qué muchacho gerontófilo? No me acuerdo… No, yo no conozco a ninguno.
Nada, que el que a hierro mata a hierro muere, y que Dios castiga sin piedra y sin palo.
Ramón Alejandro
París





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