- may 31, 2007 • 11:15h
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Casi todo el mundo ha oído hablar de la entrevista a Fidel Castro que el periodista norteamericano Herbert L. Matthews publicó en The New York Times el 24 de febrero de 1957. Matthews escribió también varios ensayos sobre la revolución cubana e incluso una biografía política del dictador, Fidel Castro (Simon & Schuster, 1969). Lo que tal vez se conozca menos es la polémica epistolar entre Matthews y el historiador Theodore Draper, publicada como apéndice de la tercera edición en español del libro de este último, La revolución de Castro. Mitos y realidades (Libro Mex Editores, México DF, 1962).
El cruce de cartas data de marzo de 1962. Las dos primeras ediciones en español del libro mencionado corresponden a julio de 1962 (en Argentina) y agosto de 1962 (primera edición mexicana). Ignoro si el apéndice del que hablo aparece en las anteriores. En la edición que poseo se extiende desde la página 203 a la 218.
En su primera carta, Matthews achaca a Draper que aborde la situación cubana considerando los hechos posteriores y encontrando por tanto pruebas de que la evolución hacia el comunismo resultaba inevitable y deliberada. También rebate la idea de Draper de que la situación en Cuba no era tan mala bajo la dictadura de Batista y se rebela ante el razonamiento de que Castro lo hubiese “embaucado” informándole que disponía de fuerzas militares inexistentes. Por último, echa mano a la ventaja de haber entrevistado personalmente a Castro en doce ocasiones, a diferencia de Draper, quien no lo ha visto nunca.
En su carta de respuesta, Draper niega que él creyese en la “inevitabilidad” comunista de la evolución cubana y apunta que, en 1959, Castro hubiera podido escoger otra dirección. Sin embargo, “algunas personas implicadas actuaron deliberadamente en cuanto a la determinación de los acontecimientos”. Y aquí señala el papel de Raúl Castro y del Che, quienes sí eran procomunistas y sabían de antemano hacia dónde se encaminaba la Revolución. En cuanto a Batista, Draper aclara que sólo ha querido precisar que su papel no había sido el mismo entre 1938-1944 que entre 1952-1958, y que Fidel Castro, sin “verosimilitud histórica”, lo había acusado de haber sido siempre un “sangriento y odiado tirano”.
Draper también pone en duda la seguridad con la que Matthews dice mostrar los verdaderos sentimientos del caudillo, habiendo sido un simple oyente, alguien que se le acercó, micrófono en mano, como periodista del diario más importante del mundo. Y le recuerda que en su discurso de abril de 1959, en el Hotel Astor de Nueva York, el propio Fidel Castro celebró públicamente haberlo engañado al exagerar la fuerza de su tropa. En efecto, en su primer artículo del New York Times Matthews afirmó que Castro disponía de grupos de 10 a 40 hombres en la Sierra, cuando en realidad, en ese momento, la guerrilla alcanzaba apenas la cifra de 20 individuos. Por esta razón, Draper considera que el papel del periodista ha sido “perturbador”. Y le achaca una frase en la que el propio Matthews se regodea: “¿Cuántos periodistas han podido decir, como Ud. ha dicho, que sus artículos alteraron el curso de la Historia?”.
Hay otro reparo de envergadura en esta carta: “Ud. se las arregla siempre para justificar lo que afirma aborrecer, o sea, la entrega que Castro ha hecho de la revolución a los comunistas”. En su libro The Cuban Story, Matthews había explicado que en virtud de la “lógica” de la revolución Huber Matos era un traidor. Aseveración que deja “boquiabierto” a Draper, quien la considera contradictoria. Siguiendo la lógica de Matthews, si Matos (que se había opuesto a la ocupación de la revolución por los comunistas) resultaba un traidor, habría que admitir que la revolución estaba definida de antemano como comunista.
En tal sentido, Draper evoca también el editorial de Matthews publicado bajo el título de “Otro comunista cubano”, del 17 de febrero de 1962, donde el periodista se refería a la designación de Carlos Rafael Rodríguez como presidente del INRA. Matthews justificaba este nombramiento alegando que los dirigentes de la revolución “habían descubierto que los únicos elementos experimentados y preparados eran los comunistas”. Con razón, Draper hace ver que en su libro Matthews utiliza una lógica exactamente contraria cuando se refiere a la sustitución de Felipe Pazos, en noviembre de 1959, a favor del Che Guevara como presidente del Banco. Pazos era —apunta Draper— uno de los economistas cubanos más competentes. Sólo que, en este caso, Matthews justifica el cambio porque “Fidel necesitaba un banquero revolucionario”, ya que el mundo no existía todavía ninguno de esta estirpe.
“Castro y su grupo —añade Draper— habían retirado sistemáticamente al personal técnico y profesional (caso inusitado tratándose de un país latinoamericano) del que Cuba podía disponer”. En este sentido, Carlos Rafael Rodríguez —continúa— es “el tipo de intelectual comunista que ha pasado gran parte de su vida trabajando como propagandista, escritor y profesor, no como economista activo”. De él nos dice que no es un perito en cuestiones agrícolas, aunque haya escrito artículos sobre la Reforma Agraria, siempre “rigurosamente de acuerdo con la línea del Partido”.
En su contrarréplica, Matthews acepta que el problema entre “embaucar” y “engañar” con respecto a la manera en que Castro le hizo anunciar el número de fuerzas no es más que un “problema gramatical” y termina concediendo a Draper el matiz entre el primer Batista y el segundo. Y aunque reconoce la forma en que Castro se burló de él al evocar su ardid, lo justifica diciendo que “en él existe una vena infantil y es evidente que no supo resistir la tentación”. Por último, añade que no ignora que sus afirmaciones pueden haber sido beneficiosas desde el punto de vista de la “lógica revolucionaria”, aún cuando reconozca que han sido “perniciosas para Cuba”.
A carta escueta, respuesta escueta. Draper concluye el careo retomando algo que desea dejar bien claro: la postura de Matthews con respeto a Carlos Rafael Rodríguez y a Huber Matos. Considera que la raíz del problema en ambos casos sería la siguiente: “¿A qué revolución era Matos traidor? ¿A qué revolución sirve Carlos Rafael Rodríguez?” (el subrayado es de Draper). Porque al intercambiar los términos “revolución” y “comunista”, Matthiews ha proporcionado una “coartada revolucionaria” para cada una de las fases de la dominación comunista.
Y concluye afirmando que “si por alguna razón [Castro] consideró necesario separarse de los comunistas, ahora ya no puede vivir sin ellos”. Aunque lo lograse, continúa, tendría que recurrir a personas como Huber Matos y Felipe Pazos, a quienes aplastó o expulsó del país.
El careo entre los dos norteamericanos, visto hoy, no carece de interés. ¿Era Castro comunista desde el momento en que decidió tomar el camino de las armas? ¿Fue o no Batista el dictador que anuncian unos o el benefactor que defienden otros? ¿Fue determinante o no la presencia de elementos procomunistas en la guerrilla castrista para el viraje radical de la Revolución? ¿Influyeron los artículos de Matthews publicados en el New York Times para cambiar el curso de la Historia? ¿Fue Matthews, como titula un libro reciente, “el hombre que inventó a Fidel”?
Tales son, cincuenta años después, cuestiones irresolutas. Conozco a gente que se ha retirado incluso la palabra por ellas. Tal vez la madurez y elegancia con que ambos autores polemizan sea el beneficio mayor que podamos sacar hoy de estos asuntos.
William Navarrete
París
Foto: Matthews y Fidel Castro durante el viaje de este último a Nueva York, en 1960. .






very good !
Muy bueno el artículo y aunque no lo parezca esclarecedor.
Sólo tengo un comentario: Bajo el argumento de que FC necesitaba un banquero revolucionario, hubiera sido más que razonable que FC escogiera al Che como presidente del Banco, eso sí, siempre y cuando se demostrara que el comandante “entrañable transparecia” hubiera sido banquero.
Muchas gracias por aclararme oportunamente.
Soy un testigo de aquellos tiempos.
Gracias nuevamente. GUS
Hola Gustavo,
si se lees bien el artículo lo que en él se dice es que Draper reacciona al editorial del New York Times del 17 de febrero de 1962, en el que Matthews se pronuncia respecto al nombramiento (en 1962) de Carlos Rafael Rodríguez en la dirección del INRA.
En ningún momento se dice que fuera Carlos Rafael Rodríguez el PRIMER presidente del INRA (pues esta no es la materia del debate entre ambos norteamericanos y el artículo tampoco pretende esclarecer la genealogía de la jerarquía del INRA). Sino que Matthews escribe sobre este nombramiento de 1962.
Eso es lo que se dice en mi artículo, y de lo que se habla en el cruce de cartas entre Draper y Matthews,
Mis mejores saludos
Creo que debe ser aclarado perfectamente quien fue
despues de llegar Fidel Castro al poder el primer
presidente del INRA,Intituto Nacional de Reforma
Agraria,creo fue Antonio Nuñez Jimenez y no Carlos
Rafael Rodriguez.
ATTE.
Gustavo Carmona.
Texas
William estas acabando… (claro que Pepe Angulo no se queda atras!)
AT
Enjundioso asunto. En términos generales, HM era un comemierda y TD un agudo analista político. Basta leer los textos respectivos.
Lo que Fidel Castro pensaba o decía en los años 50 fue menos importante que lo que finalmente hizo. Si hubiera sido un filósofo o un teórico, sus ideas habrían tenido algún interés (poco o mucho; yo creo que poco). Pero como era un político, lo verdaderamente importante es lo que hizo (y lo que sigue haciendo). Por eso el debate me parece bizantino.
ms
Matthews quiso siempre hacer ver y creer que él había sido más importante de lo que realmente fue. Tenía un ego exacerbadísimo.
Matthews sabia todo lo que habia en el fondo, y posiblemente el propio Matthews fue el de la idea, aqui en los EEUU los periodistas por dinero venden hasta su madre.
Bravo William, estas incursiones librescas son fabulosas. Acabo de leer The Cuban Story, y la figura de Matthews sale mucho mejor definida de allí. Yo tenía una nebulosa con respecto a su rol. Esos dos libros debían ser reeditados por Aduana Vieja.
Es absurda esa idea de que un periodista puede influir en la Historia. Matthews lo que tenía era tremendo ego… y Fidelito lo usó para sus cosas