- may 26, 2007 • 15:36h
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Nuestra generación sufrió el mayor bofetón moral de toda la Historia. Si quitamos las dos grandes catástrofes que fueron la corta y violenta erupción del fascismo y la lenta agonía de la utopía comunista en el continente europeo, Occidente no ha sufrido mayor descalabro que el que el equilibrio de las diversas formas de vida que coexisten en nuestra biosfera le ha impuesto a nuestra pretensión de ejercer sin trabas la absoluta libertad de todos nuestros deseos. El agente de ese equilibrio no fue ninguna iglesia ni policía, sino unos virus que durante un tiempo incubaron en una tribu de monos verdes que se descolgaban graciosamente de los árboles en las tórridas selvas de la cuenca del río Congo.
Bastó que algunos cazadores comieran de sus carnes y se contaminaran con su sangre, y el Amor con sus sonrosados dedos llevó a cabo la propagación a través de la intrincada red que las compañías aéreas han extendido por nuestro planeta. La comunidad homosexual cosmopolita, emborrachada por el placer y la impunidad que los antibióticos nos ofrecían en aquellos años durante los cuales la promiscuidad llegó a extremos inconcebibles, tomó los insaciables deseos por una realidad sostenible. La Revolución Sexual de los años setenta se derrumbó, como se derrumbaron el Tercer Reich y la Unión Soviética, ante las leyes que rigen el mundo en que nos ha tocado vivir.
El virus se cebó, proliferó y se diversificó a costa de nuestros cuerpos entregados a la desvergüenza más deliciosa. Distraídos que estábamos con en el goce inmediato de nuestros desgobernados sentidos, mientras la naturaleza de las cosas obraba en silencio, circulando sigilosa y lentamente en la tibieza de nuestros órganos y fluidos.
Nos despertamos cuando ya el mal estaba hecho. Y mientras el mundo iba cambiando, a Cuba le llego también el momento de despertar de sus sueños.
De repente la Embajada se puso a invitarnos a fiestas patrióticas. Un 28 de enero decidí aceptar una amable invitación e ir con Catherine a la celebración del natalicio de Martí a la Embajada Cubana en Francia, en la Rue des Presles.
Cuál no fue mi sorpresa al escuchar cómo el encargado cultural me recitaba palabra por palabra el contenido integral de las cartas que yo le había escrito durante años a un amigo de infancia y de adolescencia, el único pelirrojo que haya parido Baracoa. Se veía que las había leído con mucho interés porque se las sabía de memoria.
Pero como no era la primera vez ni mucho menos que yo sufría la afrenta de que alguien se hubiera puesto a leer sin mi permiso lo que yo le había escrito a otro, estando ya vacunado, no me lo tomé demasiado a pecho. A la larga me he tenido que resignar a que esto suceda, y sabiamente he optado por considerar un halago el hecho de que mis cartas logren captar la atención de terceras personas. Y es más, estoy llegando a la convicción de que quizás algún mayor interés tengan que el que yo quizás modestamente les hubiera atribuido.
En Buenos Aires, por ejemplo, mi hermana mayor me había echado de su casa del elegante barrio de San Isidro después de haber leído mi diario íntimo, que por entonces era muy corto pues yo tenía sólo 18 años. Demasiado intensas y picantes se le deben de haber antojado mis experiencias en los barrios del puerto para llegar a tal extremo.
Pocas semanas después fue la familia de mi amigo Daniel, en el popular barrio de Avellaneda, al saber por mis indiscretas confesiones a mí mismo de la atracción que sentía por mi bello amigo. Nunca antes había visto ojos como los suyos porque en Cuba no hubo prácticamente inmigración italiana, y esos párpados pesados, ese globo ocular tan sensual y almendrado y ese iris verde y oro, sólo lo pude disfrutar hasta la saciedad mucho tiempo después en los retratos del Bronzino y Antonello da Messina o Palma il Giovane, cuando visité los museos de pintura y me familiaricé con la elegante fisonomía de los ítalos. Pero los indescriptibles ojos de Daniel fueron los primeros embajadores del esplendor florentino en la conciencia del pobre salvaje que en aquellos años yo era. Sus ojos representaban para mí la expresión de la más pura perfección formal. Un volumen platónico perfecto como el tetraedro, el icosaedro o el dodecaedro, pero hechos carne, lágrimas y humores vítreos y legañas.
El hermano de Daniel se tomó el trabajo de ir a denunciarme en la Escuela de Bellas Artes en donde ambos éramos compañeros de estudios, y el horrendo portero de esa institución se tomó la libertad de hacer justicia por sus propios zapatos, dándome una patada por las nalgas cuando salía yo desprevenido al terminar las clases, una buena noche cualquiera que resultó ser la última que asistí a aquellos por otra parte poco interesantes cursos.
El caso es que no pocas veces he podido constatar que escribir es un riesgo que me ha valido insultos y enemistades, pero a mí no sé por qué se me antoja que nunca escarmentaré porque en estos mismos instantes me estoy yendo de nuevo de lengua.
Enrique Valdés, que algún nombre verosímil le tengo que poner al hombre, era bastante hermoso, un poco excesivamente viril, como a veces suelen ser los cubanitos, y aún bastante joven, y se le podía percibir por encima de la ropa su naturaleza de seguroso, como les llamamos en Cuba a los que son parte de la policía política o Seguridad del estado.
Parece que entre los exiliados en París que se tenían que vigilar, a Enrique le habíamos tocado Severo, yo, y Néstor, y quién sabe cuantos más. Severo y yo no teníamos empacho en recibirlo en nuestras casas, quizás estábamos hasta un poco halagados en nuestra innata frivolidad de disponer así del lujo de un funcionario revolucionario, pagado por nuestro gobierno, para saber qué era lo que pasaba por nuestras descosidas mentes. Que no todos los latinoamericanos tienen la suerte de disfrutar de tal privilegio, ni gozan sus mentes de tanto interés como las nuestras por parte de sus respectivos gobiernos.
Aquello era para Severo y para mí algo así como una prueba de amor. Amor interesado seguramente, pero amor al fin y al cabo. ¿Acaso hay amor que no lo sea? Que el Amor es siempre bueno bajo todas sus formas y hasta en aquellas que nos hacen daño.
Néstor, en cambio, nunca aceptó recibirlo. Se portó como un verdadero armiño ante el fanguizal, perfectamente intransigente. Impoluto como un perfil de emperador romano. Furioso, Enrique Valdés me decía en mi casa, cambiando de tema después de intentar por enésima vez convencerme de que yo era “revolucionario”: “El problema de Néstor es vaginal, me decía con vehemencia y aspirando tanto la “g” de una manera tan popular y habanera, que pronunciaba “vahinal”, y hasta casi “vainal”, lo cual me provocaba cierto asquito.
Yo no acababa de creer que un funcionario de la Embajada, que además se pretendía encargado cultural, me estuviese diciendo semejante grosería. Pero ya me había percatado de esa extraña atracción que se puede llegar a sentir por la grosería de ciertos hombres de nuestra tierra, que parecen incorporar esa materia viscosa y espesa, como saliva de beodo, entre los atributos que adornan convenientemente al encanto masculino. Un día que yo me le estaba quejando a Soleida Ríos en su casa, de las malas mañas, calaña y maneras groseras de los machos cubanos, ella con su etérea finura de santiaguera vegetariana me dijo muy serena y resignada: “Somos nosotras los que los queremos así”.
Ramón Alejandro
París
Fotografía de William Navarrete.






Gracias por publicar esto. Es muy interesante conocer este periodo y la vida de estas personalidades en la diaspora.
Pocos blog son tan sinceros como los de Ramon Alejandro.
Y estan escrito con masculinidad de verbo y metafora femenina.
Es litaratura real.
Es simplemente hecho con todos “los guizasos que le salen de los coxones.”
Ojala sus criticos se atrevan a publicar algun detalle de sus sueños y pesadillas.
ernesto tienes razon, por eso cuando vi su foto no lei su escrito.
El seguroso de marras se llama en realidad Erick Valdés… Ya no trabaja para la embajada cubana en París. Ahora vive tranquilo en La Habana.
Relexiones del Maricón en Jefe Nr. 10
El anónimo de las 9: 46 debe ser un(a) cubano(a) de Francia roñoso(a) por el éxito absoluto de los escritos de Ramón. Y debe serlo visto el galicismo fatal que comete al escribir aparte separado. En francés à part, pero en español, aparte. Quien sea, en vez de molestarse con las mariconerías fabulosas de Ramón (que es problema de él) debería hojear un poco el diccionario. Digo, si pretende escribir o seguir escribiendo…
Me encantaría prescindir de las mariconerías de Ramón -por el trabajo extra que me causa su caótica ortografía. Pero mira, ponte a pensar en lo siguiente: los cubanos casi no tenemos memorias de ese período. Y menos homosexuales (con la notable excepción, claro está, del “Antes que anochezca” de Arenas). Yo creo que Ramón tuvo el privilegio de vivir intensamente una época y lo cuenta con una soltura y una gracia que ya quisieran muchos escritores cubanos. Hay un montón de gente a la que Ramón le cae mal, por maricón o por otro montón de cosas, pero “Penúltimos días” no es salón donde manden las inquinas personales ni se censuren preferencias sexuales. A quien no le gusten estas memorias que no las lea, que para eso es bien grande la sábana. Y quien sí guste de leerlas -y me consta que “Adua la Pedagoga” tiene fieles seguidores-, que se las dispare y las disfrute, como hago yo.
Ernesto deja a parte las mariconerias estas, esto no es literatura , ni nada por el estilo, por favor.