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Lezama entra en política (La Habana, 1930)

  • may 20, 200715:35h
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El 30 de septiembre de 1930 Lezama no llegó a almorzar a su casa y el fino olfato de su madre presintió el peligro. Apostada en la ventana junto a Eloísa, se dedicó a vigilar los tranvías que cubrían la ruta Vedado-Muelle de Luz mientras imaginaba lo peor. “Dos mujeres solas en la ventana -cuenta la hermana-, estampa viva de la orfandad, vigilaban pensando que así atraían al hijo perdido”.

Un vecino les informó que cerca de la Universidad había una algarada: al parecer los universitarios se dirigía al Palacio Presidencial. La madre palideció. Sus peores premoniciones parecían estar a punto de cumplirse. “Estoy segura de que él está allí”, dijo. “Irá a parar a la cárcel porque no tiene un padre que lo defienda”. Para Eloísa, sin embargo, imaginar a su hermano metido en política significaba razón para admirarlo: “el asma y su devoción por las cuestiones estéticas, me lo remedaban débil, pusilánime”. (El episodio insinúa el tironeo de toda la adolescencia lezamiana, prisionera entre dos mujeres: la madre que lo sobreprotege y la hermana pequeña, que lo quiere a la altura de un héroe de novela romántica).

Al fin llegó Lezama, con su traje de hilo crudo empapado en sudor. Era tan obvia su participación en la refriega que esa noche la madre no pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente, lo reconoció en una foto que publicaban los periódicos. La casa retumbó con las admoniciones maternas, centradas en el tema de la orfandad: “Si José María viviera todo sería distinto, pero en estas condiciones no nos podemos dar esos lujos”.

Lezama se vistió en silencio y acudió al velatorio de Trejo mientras su madre era presa de la desazón. Esa misma noche, el joven tuvo un fuerte ataque de asma. Ese momento fundamental en que el adolescente entra en la madurez será recreado en Paradiso, cuando José Cemí, después de la manifestación, se duerme envuelto en los vapores benéficos de sus polvos de asmático. Igual que Cemí, la presencia de Lezama en la protesta marca su primera incursión a un territorio al que no llega la mano paterna (sustituída ahora por la mano amiga de Fronesis), pero fuera también de la asfixiante preocupación materna. Ese territorio no es otro que la política. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en la novela, donde Rialta va hilando cuentas de su rosario para conceder sin violencia el paso a la adultez a través de una exhortación délfica (“No rehuses la violencia, pero intenta siempre lo más difícil”), la madre de Lezama sí que intentará recluir a su hijo en la inexpugnable fortaleza familiar.

Las preocupaciones de Rosa Lima no eran del todo infundadas. En septiembre de 1930 Lezama se codea en la Asociación de Estudiantes de Derecho con muchos integrantes de lo que luego se llamará “la generación del 30”. En el local de la Asociación, desgarrada por la lucha entre reformistas y comunistas, tuvieron lugar algunas reuniones conspiratorias a las que con seguridad asistió Lezama. Según otros testimonios, habría participado incluso en los preparativos de la manifestación en la finca de Polo Miranda, cerca de Santa María del Rosario, en las afueras de la ciudad. Los estudiantes lo planearon todo, inclusive una “comisión de gritos”, lidereada por Armando Feíto, quien se apareció en la manifestación con un claxon desvencijado que, según la barroca descripción de Lezama, “pronunciaba con gran escándalo sus interjecciones como la garganta estremecida de un maniático causando un noble efecto sobre aquella reyerta”.

El motivo de la protesta era la maniobra política del rector interino, Ricardo Martínez Prieto que, para evitar disturbios, pretendía suspender las clases universitarias hasta después de las elecciones. El plan original, trazado por el Directorio Estudiantil, preveía convocar una asamblea en el Patio de los Laureles en protesta contra la resolución del rector y exigir allí mismo la inmediata renuncia de Machado. Luego se leería un manifiesto al pueblo de Cuba (redactado por el comunista Raúl Roa) y la manifestación en masa se dirigiría a la casa de Enrique José Varona, repitiendo, en el homenaje a la figura más prestigiosa de la oposición intelectual al gobierno, el trayecto de la manifestación universitaria del 20 de marzo de 1927.

El día anterior, 29 de septiembre, uno de los estudiantes más respetados de la facción moderada, Rafael Trejo, había tratado de acallar los desacuerdos de la caótica asamblea de la Asociación con una frase que luego se reveló premonitoria: “¡Aquí hace falta una víctima!”.

Advertido de las maniobras estudiantiles, el rector avisó a la policía, que rodeó inmediatamente el Alma Mater. El día 30 todas las avenidas y accesos a la universidad amanecieron tomados por los soldados y la policía montada. Al mando, uno de los más enérgicos represores de Machado: Antonio B. Ainciart. El Directorio, entonces, cambió de plan: en vez de reunirse en el Patio de los Laureles para ir desde allí a la casa de Varona, los estudiantes deberían concentrarse en un lugar cercano, el parque Eloy Alfaro, y marchar después hasta el Palacio Presidencial. Al sitio llegaron apenas un centenar de estudiantes. Se improvisó un mitin. Al grito de “¡Muera Machado! ¡Abajo la tiranía!” Feíto desplegó una bandera cubana y los estudiantes intentaron avanzar. En ese momento la policía ordenó la carga, que fue enfrentada a pedradas. Entre porrazos y tiros, cayó Trejo, con un tiro en el vientre. Otros estudiantes fueron golpeados o detenidos. El resto se dispersó y un pequeño grupo logró llegar a la redacción del periódico El País donde tuvieron que enfrentar las acusaciones de “revoltosos” y “rojos”. Sin embargo, la muerte de Trejo, que no era comunista, se convirtió en el detonante de la protesta nacional que pondría fin al machadato.

Lezama había conocido a Trejo en la Facultad, aunque éste cursaba cuarto año y Lezama el primero. Otro condiscípulo, Eduardo Robreño, recuerda que el día que Lezama y él subieron por primera vez la escalinata universitaria se le acercaron cuatro curtidos estudiantes: Trejo, conocido entonces como un excelente jugador de ping pong; José Miguel Lamy y Raúl Roa, fervientes agitadores, y Carlos Prío Socarrás, que años después llegará nada menos que a presidente de la república. “Nos pidieron nuestro apoyo para su grupo, el más radical de la universidad entonces, que estaba abiertamente en contra del gobierno tiránico de Gerardo Machado. Y fue así que nos iniciamos en tánganas, actos, manifestaciones políticas”.

El tono grave y responsable de Trejo impresionó más a Lezama que las proclamas y los encendidos discursos de Roa. (Fue justamente Roa quien, años después, convertido en Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno revolucionario, desempolvó las credenciales revoltosas del poeta hermético. Su alusión a un Lezama “jadeante y resuelto” en la manifestación del 30 de septiembre sirvió para convertir al escritor en un revolucionario demasiado asmático para acompañarlos hasta el final de la gesta). Con una mezcla de orgullo e ironía, Lezama gustaba de evocar aquel antecedente suyo como “hombre de acción”, aquella escapada del mundo maternal: en 1959, invitado a una lectura en la Universidad, empezó diciendo: “Ningún honor yo prefiero al que me gané en la mañana del 30 de septiembre de 1930”.

Con esa frase y sus ecos históricos, Lezama se distingue de otros miembros de Orígenes, obligados a arrastrar su complejo de culpa en los primeros años de la Revolución. La revuelta del 30 había tenido como objetivo expresar la inconformidad de los estudiantes, no sólo ante el desastre universitario sino ante la corrupción machadista. Sin embargo, como confiesa Lezama a una periodista en 1970, aquel suceso no tuvo la repercusión que hoy le atribuye la historiografía oficial. “Yo recuerdo que cuando nosotros desfilábamos le decíamos a la gente que estaba en los ómnibus y en los balcones que se sumaran y ninguno veía a acompañarnos”. Después de esa precisión microhistórica, Lezama, tal vez por prudencia, suelta varias frases de contrapeso y termina con una rotunda apología del sacrificio revolucionario: “Con la muerte de Rafael Trejo se llegó a la profundidad histórica; por primera vez en la historia de la cultura cubana se intentaba lo imposible: a través del sacrificio, de la muerte ir a una forma de poder”.

El hecho de que Lezama utilice la palabra “cultura” en vez de “política”, más apropiada para hablar del intento por tomar el poder, resalta el tono simbólico de estas tesis sobre la conjunción de historia, imagen y sacrificio y coloca a la Generación del 30 como el primer capítulo de la revolución de 1959.

La idea del sacrificio fundador está presente en todos los textos “políticos” de Lezama: como en el mito, una víctima propiciatoria permite saltar sobre el vacío o la indiferencia de las circunstancias. Sin sangre no hay “posibilidad infinita”. De la misma manera que la muerte de Trejo le da sentido a su generación, el asalto de Fidel Castro y sus seguidores a “la fortaleza maldita” (el cuartel Moncada) es la suma de “imagen y posibilidad” que preludia la Revolución. En otra entrevista Lezama también se refiere al 30 de septiembre como “el comienzo de la infinita posibilidad histórica de lo cubano”.

La realidad es que, a pesar del sacrificio de Trejo y de otros revolucionarios, la farsa que siguió a la caída de Machado impidió un cambio radical en la vida cubana. Esa frustración marcó profundamente a Lezama, que se refugió en la casa materna y no quiso saber nada más de política hasta 1959 cuando, entusiasmado por la revolución triunfante, “reactivó” su interpretación del sacrificio como motor de la historia. Entrar de nuevo en política era como una manera en clave de rebelarse contra el peso de la autoridad materna.

En 1934, al reiniciarse los cursos universitarios, Robreño fue a buscarlo para que ingresara en el Partido Auténtico de Grau. Pero Lezama se negó rotundamente a volver a “meterse en política” y llegó incluso a calificar a Robreño de politiquero. Su hermana Eloísa cuenta que por esa época oyó comentar a Lezama su gran desilusión porque algunos miembros del Comité Estudiantil comían opíparamente en restaurantes de lujo de La Habana con el dinero recaudado para sus acciones de protesta.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

PD: Rosa Ileana Boudet ha colgado la foto que faltó aquí.

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11 respuestas
Comentarios

  • Anonymous dice:

    El ensayo me parece magnífico, y me gustaría conocer el apoyo bibliográfico que ha usado. También querría saber si la anécdota está recogida en algún libro o revista o parte de la portentosa imaginación del autor -me refiero a los dos primeros párrafos de la narración, los relativos a la madre y hermana de Lezama-.
    Gracias por este bellísimo texto.

  • Anonymous dice:

    interesante también, pero me sigues debiendo una cena. M.

  • Ernesto dice:

    Gracias, Alfredo. El Lezama flaco sale de aquí, claro.

  • A.T. dice:

    Muy buena estampa arqueologica Ernesto (de donde sacaaste ese Lezama flaco?).

  • Anonymous dice:

    Bueno anónimo 10:39,no has entendido nada. Nunca sabremos que pudo haber sido porque descojonamos la República en el momento de su primer esplendor (que venía acompañado de la mayor decadencia). Con Machado cayeron todas nuestras altas aspiraciones.

    ¡Viva Machado, abajo Mañach!

    Pepe Ángulo

  • Anonymous dice:

    Sí, pero lo gringos han construido el estado mas potente del mundo, mientras que nosotros lo que construimos fue una mierda. Así que a los gringos se les puede perdonar pues el fin ha justificado los medios. Pero nosotros ¿qué justificación palpable tenemos? ¿Una dictadura mil veces peor? Please…

  • misha dice:

    No seas tan autosuficiente pepe angulo, dije pueda ser.
    Y nada de Viva Machado , tampoco así.

  • Anonymous dice:

    No. Seguro que tengo razón!

  • misha dice:

    Puede ser que tengas razón, anónimo.

  • Misha dice:

    Ernesto, en esta faceta eres una maravilla. Escribe más de historia en este estilo.
    Me gustó.
    Dónde poder leerte si tienes otros escritos?

  • William Navarrete dice:

    Exactamente.
    En 1937 Lezama fundó la revista Verbum, que aparece con el subtítulo de Organo Oficial de la Asociación de Estudiantes de Derecho / Universidad de La Habana. He podido consultar los números 1 y 2 que son los que tengo. En ninguno de ellos ningún artículo habla de Política, ni siquiera de Derecho. Sólo en el n° 2 aparece al final un artículo del Dr. Manuel Dorta Duque titulado ” Curso de legislación hipotecaria “. Un poco, creo yo, para guardar la forma con respecto a la Asociación que da cabida a la revista.
    Los restantes artículos son de poesía, pintura y literatura, amén de las impresiones de Juan Ramón Jiménez tras su paso por Nueva York antes de llegar como exilado a Cuba.
    Verbum era una revista que tenía como director a René Villarnovo, a Lezama como Secretario y en el Consejo de Redacción a Manuel Lozano, Manuel Menéndez Massana, Felipe de Pazos, Antonio Martínez Bello y Guy Pérez de Cisneros. En el n° 2 se incorpora Antonio de Bustamante.
    Las observaciones de Ernesto en su artículo son pertinentes y exactas.