Gaos, Ortega o D’Ors -uno de ellos- decía con refutable soberbia que no leía nada que no estuviera suficientemente probado por el tiempo. Y que no citaba a nadie que no llevara más de treinta años muerto. Yo prefiero a escritores vivos y cito en primer lugar a mis amigos bajo esta premisa kantiana: cada cual tiene los contemporáneos que se merece.





Ha de ser verdad.