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Un discreto homenaje a Francisco Bedoya (La Habana, 1959 – Madrid, 2002)

  • Abr 29, 200713:10h
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Se cumplieron ayer cinco años de la muerte en Madrid de Francisco Bedoya Pereda, arquitecto y dibujante, autor de esa fascinante serie que responde al título de La Habana desaparecida. A Bedoya le dedicó Jesús Díaz en el número 14 de la revista Encuentro (otoño de 1999) un dossier que daba fe de lo ambicioso de la empresa: documentar arqueológicamente a partir de planos y documentos una ciudad inexistente, que quedó enterrada bajo el polvo de los archivos. Todos esos proyectos debían recogerse en un libro homenaje que la Oficina del Historiador de la Ciudad prometió publicar hace ya tiempo, y para el cual Emma Álvarez-Tabío escribió un ensayo, “Arqueologías de La Habana”, aún inédito, del cual nos autoriza a reproducir un extracto in memoriam.

Francisco Bedoya se graduó en la Facultad de Arquitectura en 1982, el mismo año en que la UNESCO declaró La Habana Vieja Patrimonio de la Humanidad. Las primeras láminas que incorporó a las sucesivas maquetas del libro datan de 1985, el año en que se celebró en el Castillo de La Fuerza la exposición La Habana Vieja. Mapas y planos en los Archivos de España. Del catálogo de esta muestra procede la inmensa mayoría de los planos que utilizó como referencia. Eran asimismo los años en que los trabajos de restauración emprendidos por la Oficina del Historiador de la Ciudad y el Centro Nacional de Restauración, Conservación y Museología, y la recuperación de algunos servicios y tradiciones, propiciaron el regreso a la ciudad tradicional. Este fue el contexto original en el que se gestó La Habana desaparecida.
Aquella de los años 80 fue una generación de arquitectos en la que abundaban los dibujantes virtuosos, quizá porque el dibujo era en sí mismo la única posibilidad de realización de la obra. En este sentido esos dibujos, más que explicar la manera de llevar a cabo un proyecto, proclamaban la imposibilidad de construir. Incluso, en algunos casos extremos, la inutilidad del proyecto. Francisco Bedoya también ironizó sobre esta paradoja esencial, por medio de una colección de láminas que representan “construcciones imaginarias”, y que no por casualidad recuerdan las Carceri d’Invenzione de Piranesi, paradigma del constructor por el dibujo quien, junto a Hugh Ferris y su The Metropolis of Tomorrow, se contaba entre sus modelos más cercanos como dibujante “fantástico”.

Pero su proyecto más ambicioso, y además, totalmente exento de ironía, fue la recreación de La Habana desaparecida, a través de una larga serie de dibujos, en absoluto caprichosos, sino frutos de una investigación incansable y tan exhaustiva como le permitían sus medios de entonces. La tarea que se impuso fue nada menos que la recuperación, a partir de planos y textos, de la imagen original de edificios y espacios urbanos parcial o completamente destruidos, o severamente transformados.

A diferencia de este escrito, la serie de La Habana desaparecida parece haber nacido casi sin vacilaciones. En lugar de rasgar la hoja en blanco, Francisco Bedoya le incorporó materia, densidad, en una palabra: invención. Sobre el frágil papel del que disponía iba agregando capas de tinta y pastel, que luego raspaba con el fin de conseguir diferentes texturas. Es precisamente el espesor de estas láminas, su rotunda materialidad —algo que, obviamente, no puede apreciarse en las reproducciones— una de sus características más señaladas. Tener una de estas láminas en la mano, rozar con la yema de los dedos su superficie, tanto de una cara como de la otra —pues suele ser tan sugerente el anverso como el reverso—, transmite una potente sensación física de edificación de la ciudad a través del dibujo.

Una de las láminas más antiguas, si no la más antigua, al menos de las que se han incluido en este libro —firmada dentro del dibujo con plantilla: Bedoya 85, con una caligrafía “técnica” que habría de evolucionar hacia una letra cursiva elaborada y prolija, trazada con plumilla y tinta sepia—, representa la llegada de un barco a La Habana del siglo XVI. Es la única lámina en la que aparecen figuras humanas, y no como elementos decorativos, sino como protagonistas. La tensión de sus actitudes, el dinamismo de sus gestos, comunican con viveza el júbilo de la tripulación, el alborozo de llegar a puerto y divisar la primitiva villa, después de lo que suponemos haya sido una larga travesía marítima.
Toda vez que el punto de vista de la escena está en la cubierta del barco, entre los tripulantes, podemos suponer que entre quienes llegan a La Habana, entre quienes esperan jubilosos la realización de la promesa de la ciudad, está también Francisco Bedoya. Esta era, por cierto, una de sus láminas preferidas, a pesar de ser quizá la menos “arquitectónica” de la serie, pues en todas las maquetas que preparó para el libro figura como ilustración de la portada.

La maqueta más antigua de La Habana desaparecida comenzó a elaborarse a principios de 1990, a raíz de la celebración en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales de la exposición Arquitectura Joven Cubana, en la que Francisco Bedoya expuso algunos de sus dibujos y proyectos. Gracias al auspicio de esta institución, surgió por primera vez la posibilidad de publicar la serie de láminas habaneras. Fue entonces cuando se cimentó nuestra relación y colaboración, en largas sesiones de trabajo sobre los textos o fichas técnicas que debían acompañar cada lámina. Hoy que he tenido que recuperarlos entre tantos papeles dispersos y casi olvidados, he sentido cierto dolor, y también ternura, por aquellos, nosotros y tantos compañeros nuestros, que realmente creímos en la posibilidad de reinventar una tradición arquitectónica y urbana.

Lo recuerdo con su pesada bicicleta a cuestas, llegando a la casona de la Plaza Vieja o a mi casa, con su tubo de dibujos y la carpeta con los borradores que íbamos elaborando y que yo pasaba en limpio para que él los revisara, llenos de sugerencias y anotaciones hechas con su prolija caligrafía. Algunas veces se sentaba en mi mesa de dibujo a corregir o completar un plano, mientras yo consultaba algún dato en los libros de que disponíamos. Trabajábamos sin intercambiar muchas palabras, pero siempre que levantaba la vista, su imagen a contraluz, junto a la ventana, manejando los instrumentos de dibujo a una velocidad vertiginosa, sin apenas dudar o interrumpirse para comprobar el resultado de su trabajo, me hacía pensar invariablemente en esos monjes que, en el silencio de sus claustros, se dedicaban a iluminar manuscritos. Y algo de monacal tenía, sin duda, esa actitud de entrega, esa dedicación absoluta a una obra de tal magnitud. Sin embargo, por razones que ahora no viene al caso mencionar, aquella publicación se frustró.
En 1992, Francisco Bedoya recibió una beca del Instituto de Cooperación Iberoamericana para investigar en el Archivo de Indias. Los dibujos de La Habana desaparecida viajaron con él, supongo que, en parte, con la esperanza de que se presentara alguna oportunidad de publicarlos, pero sobre todo, porque era una manera de transportar consigo su ciudad. Cuando volvimos a vernos en Madrid, trabajaba con entusiasmo en distintos proyectos de la Universidad de Alcalá de Henares y había emprendido por su cuenta, como en La Habana, la recuperación gráfica de varios edificios esparcidos por la geografía española, sobre todo en Madrid, Alcalá, Valladolid, Salamanca y Toledo, ciudad esta que visitamos juntos varias veces. De esas visitas conservo no sólo el recuerdo, sino un hermoso dibujo de la Sinagoga del Tránsito, que hoy se me antoja premonitorio.

La mayoría de los originales de esos dibujos está hoy en paradero desconocido, pero gracias a las fotocopias puede conocerse la magnitud y constancia de su trabajo en España. Para Francisco Bedoya dibujar era, sin duda, su manera de estar en el mundo. Y hacer fotocopias, casi compulsivamente, su manera de preservar las huellas de ese estar en el mundo: fotocopias, decenas de fotocopias. Incluso en una ocasión llegó a regalarme la fotocopia de los billetes de su primera paga como becario. No puedo evitar sonreírme al imaginarlo desparramando los billetes sobre el cristal de la máquina, cuando nadie lo viera. Y al sonreír pienso que fueron años tan fecundos y gozosos como duros.

Porque también sufrió de lleno el trauma de la emigración, en sus aspectos más dramáticos y, a veces, en los involuntariamente chuscos. En este último caso recuerdo un incidente con una escritora cubana, relativamente conocida, con la que coincidió en el metro. Cuando llegó su parada, se levantó y, en un gesto bastante inusual en él, de natural tímido y reservado, la saludó y se identificó como cubano. La reacción de ella fue levantarse como un resorte y espetarle airada: “¡Están por todas partes!”, arrastrar por el brazo a su acompañante y perseguir por el andén a su abrumado compatriota, mientras seguía gritando: “¡Están por todas partes! ¡Están por todas partes!”. Tenía un raro sentido del humor Francisco Bedoya, de modo que, al contarme el lance, a mi perplejidad inicial sucedieron grandes carcajadas, que terminamos compartiendo. La frase, por otro lado, se convirtió entre nosotros en una especie de contraseña: “¡Están por todas partes!”.

Mucho peor, sin embargo, fue experimentar las zozobras del emigrante, no sólo las intelectuales o emocionales, sino las puramente materiales. Sobre todo, en el curso de una larga temporada que pasó indocumentado. Durante esa época, que a la postre superó, conoció bien las precariedades de todo tipo que se derivaban de su situación irregular. Hablábamos a veces de ello, no demasiado, pues era sumamente discreto en lo que se refería a sus asuntos personales. “El verdadero tema de Blade Runner
me dijo en una ocasión, refiriéndose a una película que nos había impresionado desde la primera vez que la vimos, en La Habana, y que volvimos a ver juntos en Madrides la inmigración ilegal”.
Pero sus reflexiones más profundas sobre este asunto donde mejor se plasmaron, como siempre, fue en sus dibujos. En este caso, a través de la invención de una serie de artefactos, tan absurdos como inquietantes, inspirados muchas veces en anacrónicos ingenios que descubría hojeando antiguos tratados militares. Entre los más memorables, por ejemplo, un modelo de balsa que bautizó como “Nueva balsa para inmigrantes”, o una especie de catapulta que llamó “Método para expulsar inmigrantes” y que, por cierto, obtuvo en 1997 el Premio Revelación en el concurso de humorismo del Círculo de Lectores de España, otorgado por un jurado en el que figuraban los más prestigiosos humoristas españoles.

A veces, sin embargo, su lúcida ironía sucumbía ante el empuje de la más común nostalgia. “Yo firmaría por estar como en aquellos años”, solía decir, cuando rememorábamos nuestros proyectos de la década de los 80. Nunca lo contradije, aunque sabía que su añoranza era de un tiempo al que se había cancelado la posibilidad de regresar. El espacio, por lo demás, era casi tan irrecuperable como ese tiempo, y no sé si llegó a sospechar que podía ser aun más dolorosa la comprobación de que el lugar al que pensaba pertenecer ya no existía, aunque creo que, al menos, lo intuyó. A ello atribuyo que interrumpiera su proyecto de La Habana desaparecida. No es que renunciara a él, pero tampoco lo prolongó. En 1997, el mismo año que dibujaba sus artefactos migratorios, comenzó en Madrid otro proyecto para dibujar la ciudad que tituló La Habana arqueológica. Entre ambos proyectos discurre la representación gráfica de un proceso de extrañamiento, de un aprendizaje para “hacerse extranjero”. No sólo en el espacio del exilio, sino en el espacio del origen.

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5 respuestas
Comentarios

  • Maricela dice:

    Lamentamos esta gran pérdida.
    La Arq. Patricia González Karg escribe su tesis doctoral sobre la ciudad de La Habana, arquitectura, literatura y fotografía. Un libro de gran ayuda ha sido “La invención de La Habana”. Le interesa mucho tener comunicación con la Arq. Emma Álvarez Tabio. Puede contactarnos en el correo. Gracias

  • carlos rios rodriguez dice:

    Bedoya fue mi amigo,mi compañero de tésis de grado, aparezco en la foto delante de él, y fue sin duda, no solo el mejor dibujante, sino probablemente el mejor arquitecto en muchos años en Cuba, fue un hombre culto, humilde y genial, y solo las circunstancias que rodearon su vida y a su generación, no permitieron que desarrollara todo su potencial. Su prematura muerte nos dejó sin su inmenso talento y sin su presencia, pero algún día será reconocido como uno de los grandes talentos de la arquitectura cubana, aún sin una obra que mostrar, mas allá de sus dibujos únicos.

  • Anonymous dice:

    Lo conoci por Rafael F. y Emilio C., sus condiscipulos en Arquitectura. Me impresiono mucho su forma de dibujar. Sabiamos de el de vez en cuando gracias a Juan Luis M. hasta que llego a este lado la sorpresiva noticia de muerte. El mejor dibujante pre-CAD de arquitectura de Cuba. Post-CAD tambien, seguramente.
    CB

  • Anonymous dice:

    Bueno, hay que reconocer que Alamar, el edificio de la embajada soviética, el edificio inconcluso del CAME, el mausoleo de Mella, son parte integral de la ciudad de La Habana y necesitan ser conservados, Ernesto: ¿conoces a algún Bedoya que ya tenga planes al respecto?

  • tania dice:

    Gracias, Ernesto, por recodar a Bedoya, quien tan pronto nos abandonara. Recuerdo aquel número de la revista Encuentro que Jesús Díaz le dedicó. Cosas de las vida o del destino: los dos se fueron en Madrid y si no me equivoco en el mismo año.