- abr 21, 2007 • 18:20h
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Néstor Almendros tuvo una época en la que la amistad de Juan Goytisolo el escritor le sirvió de apoyo en la pasión que ambos profesaban por la hermosura de los jóvenes marroquíes.
Se trajo a varios a vivir a París, e inevitablemente, cediendo a su atavismo cultural y sus pulsiones íntimas, cada uno de esos moros se traía a su vez a su mora, con la que engendraba infinidad de moritos, multiplicando su belleza para mayor contento de tantos cosmopolitas estetas que saben apreciar la satinada piel morena y esos ojos tan negros entre párpados purpúreos de largas y pesadas pestañas de azabache, y el intenso mirar cargado de sensualidad y promesas perfumadas de desconocidas especias, bajo esos fuertes cabellos crespos con lustre de hematita, esas dentaduras de puro marfil y el porte elegante y garboso, la ceremoniosa urbanidad de estas gacelas del desierto, perdidas y confundidas entre las brumas de esta Galia demasiado blanca.
Algo me incomodaba particularmente de las costumbres de Néstor, y es que cuando él estaba ocupado te trataba muy secamente al responder al teléfono. Sin embargo, cuando se aburría, que era cada vez que no estaba involucrado en la filmación de alguna nueva película, se permitía llamarte a cualquier hora del día o de la noche para descargarte sus interminables quejas que, para mayor aburrimiento, no eran más que infinitas versiones con muy pocas variantes de una misma y eterna queja.
El escenario siempre era el mismo, se llamara el moro Alí, Mustafá, Mohamed o Harum Al Raschid; no cambiaba de libreto ni de broma. Resultaba que, de nuevo, el amante recientemente importado se le “había ido con una chiva”, o “se había traído a la chiva que tenía en Essaouira, Tafraout, o Zagora”, o las menos de las veces que el moro se le había “virado” en la cama para ofrecerle el fondillo. Lo cual siempre era una decepción por aquello de que significaba una pérdida de puntos de valor de la tan admirada virilidad de estos pingueros berberiscos que entre datileros y camellos, dunas de arena, lunas llenas y esbeltos minaretes se suponía que estaban por encima de la más mínima duda. Que dieran el culo era como caérsele de veinte puntos en una sola sesión la cotización a un título en la Bolsa del Wall Street del machismo musulmán. No es que el tema no me interesara ni que sus penas me fueran indiferentes, sino que no cuadraban con mi lógica.
Trataba yo de explicarle, de vez en cuando, para disipar con algo de práctica filosofía sus reincidentes cuitas: si te gustan los machos, le decía yo, resígnate al hecho que a un macho le tienen que gustar las mujeres, pues si no por propia definición macho no fuera. Entonces lo que te convendría hacer es aprender a gozar de esa circunstancia contingente, y si el muchacho te sigue dando servicio a ti y satisfaciendo tus necesidades amatorias; ¿qué puede importarte al fin y al cabo que él se dé el gusto de echar sus excedentes en otro vaso tan apropiado como el que tú le ofreces para satisfacer las suyas si su juventud y salud se lo permite y sin que esto signifique mengua ninguna en lo que tú le exijes?
Si no te gustan los machos, pues entonces arréglatelas para entenderte con otro homosexual con el que nunca tendrás ese tipo de problemas, y tómense el té a las cinco de la tarde escuchando la Lucia de Lamermoor de la Maria Callas, y todo sea para mayor gloria del Amor y la armonía de las esferas.
Yo, le insistía una y otra vez, no veo dónde está el problema: si te gusta, goza la cosa como es y déjalo en paz que disfrute con su mujer. Y si no, pues cambia de fórmula.
Y es que cuando yo tenía unos quince años de edad tuve un día, echado de espaldas sobre las blancas arenas de Santa María del Mar, y mirando a ver si el cenit se abría para que yo pudiera al fin ver la mano del Pantocrátor lanzando desde la punta de sus dedos índice y mediano reunidos como disparando una pistola como hacen los muchachos que juegan a los policías y los ladrones, el rayo de su Divina Gracia sobre el Mundo como se ve en los iconos ortodoxos. Pues ese día tuve, decía, la siguiente fulguración mental; me dije en mi estremecido y tumultuoso fuero interno que más valía ser odiado por lo que uno era, que ser querido por lo que uno hubiera logrado hacer creer a los demás que era. Y que había que estar muy claro en ésto, porque más rápido se coge a un mentiroso que a un cojo y que te tienes que confesar a ti mismo que es lo que de verdad te gusta hacer en la cama para tener la más mínima esperanza de llegar a satisfacer tus deseos, porque si no estabas jodido y no tendrías manera de sacarte la leche por más que quisieras.
El que miente pierde y el que imita fracasa.
El caso es que llegó el día, a fuerza de mantenerme paralizado en mi propia casa con el aparato telefónico en la mano y cansado de aguantarle la misma cantaleta a Adua la Pedagoga, cuando de verdad me llenó la cachimba, en que lo puse nuevo y le dije que no me jodiera más con sus guanajadas que yo no estaba para eso.
Y él siguió sobrevolando, ya sin mi atenta y venenosa atención, por la estratosfera de sus éxitos profesionales y financieros entremezclados en salsa agridulce con su mahomía existencial amorosa. Y yo me ocupé de lo mío, que no tenía nada que ver con todo aquello.
Ramón Alejandro
París





Si,ni la orishas quieren ayudarte, lo que te espera, ni te puedes imaginar.
Mongo, preparate por lo que te espaera.