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García Márquez, el Patriarca

  • abr 16, 200711:02h
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Gabriel García Márquez cumplió 80 años, y ha decidido con bombo y platillos dejar de escribir novelas y dedicarse a sus memorias. Quizás es tiempo para hablar con calma de ese gigante que a todos los que tratamos de escribir en castellano nos ahoga, espanta o agota. Ese lugar común que mientras más lejos de tu país escapas más te atrapa. Trato de releer Cien años de soledad y no puedo. El entusiasmo de la primera vez, la sensación sexual de entrar en las aguas de la pubertad, el descubrimiento de que la narrativa puede parecerse más a un conjuro que a un relato, me ciega. Y recuerdo esos años, cuando llegué a Chile y leía la prosa del premio Nobel colombiano en una traducción francesa y mi dislexia me hacía leer Buenos-días en vez de Buendía. Tanta maravilla y tanta retórica no permiten volver al encantamiento. Como el mismo Macondo, la novela no tiene “segunda oportunidad sobre la tierra”.

El autor se ha encargado de destruir el pueblo y al mismo tiempo la posibilidad de revisitarlo con inocencia o el placer de la primera vez. Sin esa inocencia la lectura se vuelve amarga y dolorosa. El cinismo está prohibido en Macondo. Lo mismo, y aún peor, ocurre con El otoño del patriarca, una novela llena de colores que terminan invariablemente en el negro más negro. Un mundo claustrofóbico y fatal del que nadie ni nada puede escaparse. La otra gran novela de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, nos habla de la fatalidad y del destino circular desde su título mismo. Y aunque esta vez el autor prefiera recurrir a la influencia de Hemingway por sobre la de Faulkner, el resultado sigue siendo el mismo: la muerte de la que nadie —ni siquiera los inmortales de cien años de soledad— puede escapar. García Márquez está entre los grandes pesimistas de nuestras letras. Es, aunque en apariencia todo lo separe del irlandés, nuestro Beckett. El sexo, la muerte, la política, la tierra y la industria toda ceden ante la fatalidad ya escrita, ante el capricho de unos dioses sedientos y agotados de sí mismos.

Nadie mejor que García Márquez supo explicarnos hasta qué punto el Nuevo Mundo era desde el primer día un anciano. Ningún otro autor ahondó con más ímpetu juvenil –cuando aún no cumplía cuarenta años– en el horror de la vejez. Nadie ofrece menos salida a nuestro horror que este pretendido optimista que viste de blanco y habla de vallenatos, mujeres y guayabas.

Su fidelidad a Fidel —valga la redundancia— tiene también que ver con ese fatalismo ontológico que baña las novelas del colombiano. No dudo que don Gabriel sabe que don Fidel es un monstruo del poder, un señor aislado en el pantano de su ego, que desangra su país y es una mancha y un lastre para la izquierda latinoamericana. García Márquez no cree en la Revolución, como tampoco cree en la redención de América Latina. Frente a esa nada llena de palmeras de la que hablan sus novelas, frente a esa tragedia griega a ritmo de bongó, elige al amigo, escoge la lealtad con el pasado antes que la verdad o el realismo político. No cree que nada pueda mejorar del todo y se refugia en las pequeñas mejoras que su amigo Fidel ha introducido en la isla. La misma Habana sucia y gris se parece tanto al escenario de sus libros, y Fidel se parece tanto a su patriarca solo en su fortaleza, que García Márquez siente que alejarse de él sería alejarse de su creación, renegar no solo de su pasado, sino de sus libros.

García Márquez no ha sido nunca un revolucionario, sino un conservador de provincia que siente, al mismo tiempo, un gran desprecio y una gran nostalgia por el pasado patriarcal. Que descree de la democracia, que nunca le dio medallas a su abuelo el coronel, y del progreso, que una y otra vez se olvida del coronel. Todo el arte de García Márquez reside en darle dignidad a la derrota de ese abuelo. Si hay que ir para ello a rastrear en Rabelais, Pigafetta, Esquilo, Kafka o Faulkner, no importa. El cacique de provincia que lo dio todo por nada estaba equivocado pero lo estaba con esplendor, con belleza. Por lo demás Colombia —nos repite una y otra vez García Márquez— y el mundo estaban tan equivocados, tan condenados como él. En ese sentido se parece mucho más de lo que se cree a su amigo Álvaro Mutis. Este último se declara monárquico, y tiene nostalgia por Bizancio. García Márquez va más lejos y presta contra toda lógica política, pero en perfecta lógica literaria, su ayuda a un rey que construye, con impecable retórica positivista, ruinas.

Edwards, Fuentes o Vargas Llosa son mucho más de izquierda que García Márquez. Creen en que las cosas pueden cambiar y cambiar para bien. Son capaces de presentarse a Presidente de la República de sus países y hablarle a una clase media sudamericana que no existe. Son escritores que intentan razonar, intelectuales públicos que intentan un diálogo en países donde todo se resuelve a ladridos. García Márquez siempre fue otra cosa. Así sus vínculos con el resto del grupo del boom fueron circunstanciales y momentáneos. Extrajo de sus compañeros de generación todo lo que pudo, pero se quedó tan solo como había llegado. Los otros chicos venían de la capital, y todo los llevaba a ser brillantes. Él venía de provincia y no parecía llevar sobre los hombros la necesidad de salvar a su país de la desintegración.

Creo que Vargas Llosa era —según mi modesta opinión— el mejor novelista del grupo, y Conversación en la Catedral (que también envejeció) es de estos intentos de novela total, social, personal, denuncia sin respuesta, manifiesto y retrato múltiple, el más logrado. García Marquez es otra cosa, el más periodistas del grupo es el que hizo la menos periodística de las novelas. García Márquez es un lírico que si se hubiera dedicado al verso seguro que hubiese sido un poeta menor, pero que supo inyectarle a una extraña leyenda el soplo de una melancolía extraña. El realismo mágico, mujeres que vuelan, madres inmortales, mariposas místicas, es su marca de fábrica detrás de la que esconde la soledad del coronel que no tiene quien le escribe, del patriarca encerrado de un poder que los pájaros negros picotean. La soledad es el tema de la mayor parte de sus novelas pobladas de personajes. García Marquez, criado por sus abuelos, hablaba desde su juventud de esos ancianos, de sus vidas regidas por la muerte, donde se habla de lo que fue cubriendo los agujeros de la memoria y de la vergüenza con vistosos inventos y extraños brujos, perros y viajes de generales o de amantes por el río Magdalena hacia la muerte.

El izquierdista García Márquez demuestra en sus novelas tener bastante menos esperanza y ser mucho más escéptico que el liberal sartriano Vargas Llosa. Quizás por eso este último aún sea capaz de contarnos historias con héroes, antihéroe, sucesos y fracasos, mientras el primero explora una y otra vez (cada vez con menos profundidad) la sumergida ciudad de su memoria, un Caribe sin Dios y sin ley, regida sin embargo por la extraña poética de la pérdida.

García Márquez era, antes de convertirse en una parodia azucarada de sí mismo, un poeta con olfato periodístico, o un periodista que sabe que la poesía llega más rápido al flujo sanguíneo cuando se inyecta en vena, bajo la cubierta de la novela. Los lectores que nos hemos pinchado con sus novelas hemos vivido años de felicidad y adicción. Muchos hemos tenido también que desintoxicarnos, pasar años a pan y agua. Quizás por eso al mirar los volúmenes de la obra de García Márquez, la nostalgia del drogadicto rehabilitado se mezcla con el miedo a recaer. Y nos esforzamos en odiar nuestro vicio e impedirles a los jóvenes que caigan en él, para pincharse en secreto mejor.

Rafael Gumucio
Santiago de Chile-Nueva York

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