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Adua la Pedagoga (5)

  • abr 14, 200716:18h
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En el ámbito autosuficiente y aterciopelado en el que Bernard daba la pauta, dominaba un concepto de lo homosexualmente correcto bastante tiránico. Toda minoría perseguida, al constituir su propia microsociedad, sucumbe a la tendencia de ejercer la misma intolerancia que ha sufrido a otros grupos que están en posición más débil que ellos. La mecánica de las relaciones de fuerza entre el pez grande y el pez chico es implacable, y el pueblo bien dice cuando afirma que “el que no sirve para matar, sirve para que lo maten”. Homo hominis lupus, como decían los aguerridos latinos de antaño. Fuego a la lata hasta que suelte el fondo.

Mientras me hallé dentro del ámbito de la cultura hispánica tanto en Cuba como en Argentina, Uruguay, Brasil y España no sentí ningún deseo de probar cuerpo de mujer. Mi atracción y familiaridad en los intercambios con otros varones siempre respetaba las reglas del juego dentro de los límites que el ancestral machismo castellano concede a su variante andaluza. O sea, que con asumir el estatuto dado a la mariconería por esos fueros medievales de tierras recuperadas al Islam me bastaba para poder gozar a mi gusto, dentro de lo que cabía en esas convenciones.

Al pasar los Pirineos me encontré dentro de otro mundo en el que se jugaba al amor con otras reglas de juego. Desde que despuntó mi adolescencia me di cuenta de que a ciertas mujeres mi apariencia exterior les abrían el apetito, por la manera en que me miraban y cómo se me apropincuaban con melosas mañas.

En mi fuero interno yo no me sentía atraído por la perspectiva de dejarme querer por ellas, porque lo que me hubieran podido ofrecer a cambio del usufructo de mi cuerpo no me interesaba. Ni en broma yo me iba a poner a hacer el paripé de que las deseaba, ni a entrar por el aro de portarme como un “macho”. No es que yo me sintiera tan hembra como ellas, sino que me sentía más bien como “neutro”; para nada macho, pero tampoco totalmente hembra, sino más bien algo “mujer” decente, una especie de mujer equivocada de cuerpo.

No me hubiera atrevido a proponerle a nadie nada por no saber qué era exactamente lo que yo deseaba, pero estaba muy receptivo a cualquier proposición que de otra persona emanase, y es más, deseaba que me propusieran cualquier cosa, fuera lo que fuera. Pero entre las cosas que me apetecía que me propusiesen, la de que una mujer se me abriera no me atraía para nada. Así como, por otra parte, cualquier sugerencia de la mayor parte de los varones, fuera cual fuera su edad y su condición, hubiera sido bien recibida.

A veces en mis ensoñaciones eróticas gozaba imaginándome que un hombre me poseía pero en un cuerpo de mujer. Que yo pudiese adoptar un cuerpo de mujer aunque no fuera más que imaginariamente me gustaba muchísimo como realidad virtual. Con esas borracheras imaginarias tenía copiosos orgasmos. Al volver en mí tenía que efectuar algunas maniobras mentales para reacomodarme a la realidad fisiológica en la que volvía a caer después del embeleso, sin esperarlo e inexplicablemente, con mi propia pinga en mano y los muslos embarrados de leche.

Se suponía que segundos antes de este penoso desengaño yo ni siquiera tenía pinga; en el ensueño la pinga en función era la del otro, y sin embargo la que tenía ahora ya despierto en mi mano era la mía de siempre. No había mujer en los alrededores ni otra pinga en juego que la mía.

¡Aporía!, hubiera exclamado doctamente el bueno de don José Lezama Lima. Paradoja, hubiera dicho otro. Desatino y pecado, muchos más. ¡Pero qué rico que me venía en ese troque mío!

La vida nos va acostumbrando poco a poco a ir aceptando lo poco que nos entendemos a nosotros mismos, y el misterio insondable que subyace detrás de todas las pretenciosas reglas humanas nos va informando sobre la naturaleza del velo de la razón que nos oculta el abismo sideral que nos sostiene, sin que sepamos de donde venimos ni hacia donde vamos, ni antes del nacer ni después de nuestra muerte. Me tuve que poner a bailar al son de la orquesta que toca la música de las esferas este chá chá chá ontológico de mi propia complejidad y especificidad ineluctable. Y fueron pasando y volviendo a pasar águilas sobre el mar Caribe, el Golfo de México y el mar de los Sargazos.

Y voilà que un buen día me hallé en una tierra maravillosa en la que las mujeres no te miran con esa expresión devoradora con la que sentía que las que hasta entonces había conocido me miraban. Menos feroces hembras que las de la estirpe ibérica resultan ser las de la dulce Francia. Y esa diferencia de trato hizo posible que dada mi curiosidad natural por un lado, y mi promiscuidad ilimitada en estas cuestiones por otro, me encontré en una situación en la que pude deslizarme con mucho sigilo dentro del hasta entonces ignoto territorio de las aventuras heterosexuales.

Odile aprendía también a grabar en ese mismo taller de Johnny Friedlaender, cerca de Montparnasse. Trabamos amistad sin que ninguna cuenta yo me diera de que me camelaba en secreto. Invitóme a su casa a cenar y con el pretexto de mostrarme el tallercito personal que se había instalado para grabar en su bello apartamento no lejos de La Bastilla, con prensa de imprimir aguafuertes y todo. Su marido era un ingeniero judío muy buena gente y soberanamente tarrudo, que la mantenía muy cómoda para tenerla siempre en casa cuando él volviera de sus giras profesionales por la China, Australia, Uganda, el fin del mundo y el diablo colorado.

Sin dejar, por otra parte, de ser muy buena madre y ocuparse muy bien de sus hijos, el tiempo libre Odile lo empleaba en singar con dos amantes simultáneos que tenía desde tiempo inmemorial. Curiosamente los dos se llamaban Jean, como el Bautista y el Evangelista de la iconografía cristiana.

Ya había cumplidos sus cuarenta años y tenía muy buen cuerpo porque lo cuidaba enormemente. Era una parisina reyoya de familia de origen popular y de ojos azul claro muy puros y picarones a la vez. Su piel era increíblemente fina y transparente, y las venitas azules serpenteaban sus firmes carnes muy blancas y abundantes, pero sin grasa. Gran grupa, poco vientre y buenas tetas de consistencia ideal. Ella lo que quería era que se la comiera el tigre y me cogió para su trajín. Un cubanito de veinte años no se le daba a cualquiera en París todos los días, y menos en aquella época.

Su marido la aburría mucho, pero como le exigía tan poco ella lo toleraba sin mucha lucha. La seguridad material que el tipo le daba bien valía una misa. Mientras él andaba por los confines del Universo curralando, ella se mandaba viajes en trenes de lujo hasta Estocolmo, por ejemplo, sólo para singar todas las noches mirando los nevados paisajes del Báltico desfilar raudos por las ventanas de su vagón de primera clase, con sus dos Juanes donjuanes. Iban y venían de Escandinavia sin apearse del tren y comiendo salmón ahumado y arenques en salmuera, regados copiosamente con buenos vinos de Francia.

El marido pagaba y no exigía revisión de cuentas ni control sobre la mercancía. Teje que te teje, teje que te teje, la cogían en sandwich, uno por delante y el otro por detrás. Y ella tenía un hambre insaciable de cabilla, una mahomía por el nabo, ya fuera crudo o cocido.

Después de haber cenado y bebido una sabrosa botella de Bordeaux, me llevó al tallercito y empezó a trastear sus tarecos haciéndose la artista dedicada de todo corazón y con toda su alma al arte. Yo estaba sentado en un taburete bastante alto cuando de repente se me tira a la portañuela y la empieza a desabotonar. Por suerte que se me paró el rabo y no me hizo quedar tan mal como en anteriores ocasiones en que, a pesar de mis evasivas maneras y desinterés por este tipo de servicio, alguna que otra mujer enloquecida de deseos se me había ofrecido de esa misma y agresiva manera. Como fuera de sí, ella me repetía compulsivamente: “Tu veux à la main ou à la bouche?” Que en castellano sería: ¿Quieres con la mano o con la boca?

Me sorprendió, y sin saber muy bien como comportarme llegué a poder complacerla. Desde ese día tuvimos una relación que duró como tres meses. A mí me parecía delicioso todo aquello y por supuesto que me invitaba mucho y me hacía muchos regalos, y como en aquellos tiempos yo estaba en la fuácata y sólo recibía ayuda de mi hermano mayor, que por su parte y esfuerzos ya era un brillante economista catedrático en la prestigiosa Universidad de Yale en Connecticut, dejarme acariciar los bolsillos por deshollinar a la cuarentona no me resultaba demasiado doloroso.

Ganar el dinero fácil, como se dice en La Habana, no le disgusta a nadie. La cosa me empezó a cansar el día en que, puesto que ella me decía que era tan artista, se me ocurrió llevar a Odile al Louvre. Habiendo nacido en París, y habiendo vivido siempre en su ciudad natal, a esta mujer nunca se le había ocurrido entrar a la antigua residencia real a investigar qué coño era lo que había allí adentro. Y me tocó a mí el privilegio de introducirla en los arcanos de esas antiguas colecciones reales, aumentadas con el botín recogido durante las guerras napoleónicas.

Y cual no fue mi sorpresa al estar placenteramente curioseando entre aquellas maravillas y ver que sin comerla ni beberla Odile se echa a llorar, y que no había manera de pararla. “C’est beau, c’est trop beau” repetía como una loca. Y me empezó a exasperar de tal manera que cuando logré al fin sacarla de esta crisis de nervios y del majestuoso palacio se me quitaron las ganas de seguir trajinándola, tanto fue lo que me indispuso contra ella este exabrupto suyo que me sacó completamente del paso.

Yo creo que, por otra parte, ella más nunca puso los pies en el Louvre. Porque me di cuenta cabal que su ambición de artista era todo paripé: una manera de hacerse la interesante y singar sabroso, haciéndose la bohemia mientras el marido montaba industrias pesadas en los confines de Asia o en el Cabo de Buena Esperanza. No es que a mí me importara, sino que nunca me gustó la falsedad, y para mi la pintura era, y sigue siendo aun algo casi sagrado, y no sufría que semejante comemierda me la viniera a chotear así como así con su esnobismo.

A pesar de eso y de todo lo demás, en contadas ocasiones le volví a dar su manguerazo bobo, aun después de esta amarga decepción. Y es lo que viene al caso dentro de este lujurioso relato.

En las Tullerías se armaba a altas horas de la noche por aquellos tiempos, unas mariconiles singuetas colectivas descomunales, y a Odile le provocó la idea de que yo me la singara en ese jardín de las delicias, pues sabía ella sin que eso la afectara de que a mí me gustaban los hombres, cosa que nunca le oculté a nadie de primera y pata y por principio. Que nunca me gustaron los malentendidos.

Y una vez concertados en nuestro plan, a eso fuimos y delante de ese selecto público nos desaforamos para mayor regocijo de la mayoría y sofoco de algunos extremistas de los que no faltan en ningún conjunto humano.

Después de eso a ella se le ocurrió en su cerebrito fantasioso que yo me la singara en la mismísima cama de Bernard Minoret, y a mí me encantó la idea. Y allá fuimos a eso también, y acechamos la ocasión propicia, y a nuestro mayor gustazo cometimos el desaguisado. Y nos divertimos muchísimo mientras nos refocilábamos entre sus sábanas imaginando la cara que Bernard hubiera puesto de volver inesperadamente a su casa y encontrarme en esos trances con una mujer, objeto por antonomasia de su obstinada abominación.

Y al fin que la cosa quedó en eso, que los sueños sueños son y las fantasías de amor son sueños que soñamos despiertos. Y que no le hacen daño a nadie, mas que robarle el tiempo que en realizarlas gastamos en vez de ocuparnos en algo de mayor provecho.

La rebeldía es algo muy acendrado en mi carácter, y basta que algo sea tabú que a mí me lleva el Diablo por cometer el pecado. De no haber sido por la misoginia de Bernard, no me hubiera metido jamás en semejantes lances. Que me salía fuera de mi camino tan sólo por joder a alguien, mira tú lo bobo que puede ser un joven, y lo mucho que nos gusta este tipo de bobería a los que con la tendencia a la deslealtad nacimos.

Ramón Alejandro
París

Fotografías: Oleg Sizonenko

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2 respuestas
Comentarios

  • EL PENDEJO dice:

    jajaj que buena indirecta mano poderosa xD jajjaja..

  • La Mano Poderosa dice:

    Fuera de la escultura de Maillol en Le Jardin des Tuileries en Paris, la cual he visto y aprecio, me impresiona la primera fotografia, la cual indica el origen de tus pensamientos…