- abr 07, 2007 • 00:59h
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Dura Lex Sed Lex, decían nuestros tatarabuelos los romanos, y querían decir en esas pocas y sonoras sílabas que la Ley de la Vida era dura, pero que había que acatarla como quiera que fuese. “Como quiera que te pongas tienes que llorar”, dicen los cubanos. Y también: “Al que le tocó, le tocó”, y “lo que está para ti nadie te lo quita”.
A Manolo Cañibano, un simpatiquísimo delincuente castellano que frecuenté en mis correrías madrileñas por allá por los años setenta, le escuché decir a menudo: “Es Ley de Vida”, cuando alguna violencia tenía que justificar, a pesar de que se daba muy bien cuenta de ciertas injusticias y desaguisados a los que su forma de vida lo obligaba a recurrir para salir de apuros con la pestañi o resolver necesidades materiales imperativas.
Mi padre optaba por fingir que asumía la violencia inherente a nuestras existencias de mamíferos sobre la biosfera de este curioso planeta. Se hacía el guaposo y encontraba expresiones hirientes adrede para dar a entender que gozaba de que la Vida forzara a cosas que chocan con la parte sensible de nuestra humanidad, encerrada como está en estos cuerpos llenos de sangre, llanto, sudor, leches y babas, humores, bilis y meados.
Otros se hacen los que no transigen y presumen de mantenerse puros como armiños dentro del fanguizal. Esos son casi siempre los peores.Son los hipócritas de siempre, los fariseos, los sepulcros blanqueados por fuera que sofocaban hasta al manso Jesús con sus desplantes de superioridad fingida. La amistad entre camaradas ambiciosos dentro de cualquier disciplina siempre llega a un punto en que el vendaval de las circunstancias hace caer las máscaras pintadas de rosadito claro y el hocico babeante y con blanquísimos colmillos surge y eructa sus duras verdades en el momento que los cubanos suelen llamar “la hora de los mameyes”.
Severo se había encontrado la colocación, como antes decían las criadas hablando de sus empleos, en el castillo de François Wahl en Sens, un paisaje idílico honrado por los sutiles pinceles de Corot. Princesa enamorada y mal correspondida, como dice Lorca de Juana la Loca, perseguía la libélula vaga de una vaga ilusión de hacer carrera en pos de los senderos poéticos marcados por el obeso Lezama Lima y respetando las exigencias estéticas, políticas y hasta amorosas que su temba le dictaba con autoritarismo digno del que llevó a su pérdida a la rica colonia de Haití, tan típico de los intelectuales franceses de izquierda, esos maestros de Pol Pot y otros líderes marxistas de funesta memoria.
Severo se cultivó como si fuera una plantación haitiana de aquel siglo XVIII, siguiendo fielmente las directivas de François Wahl, que se las sabía todas, como me confesó él mismo cierto día de sinceridad en Tánger: “para no ser solamente la mulatica que se acuesta con él”. Así tuvo que ingurgitarse las obras de Marx y Freud y otras aburridas asignaturas, en vez de leer tranquilamente lo que con su gusto y fantasía le hubiese apetecido. En su pecado llevó su penitencia.
Su desbordante talento quedó estrangulado en la faja, o corset, en el que la estrechez mental de su mentor y amo lo encerró a su capricho. “Sí, mi amito”, sabían decir fingiendo cariño los negros esclavos a sus odiosos explotadores.
“Es como piña, mamey y zapote, mi amito”, le respondió con mucha gracia uno de aquellos ingeniosos africanos a otro de esos amos peninsulares que, habiéndole hecho tomar abstrusas lecciones de teología católica por un cura, después le preguntó qué era lo que había entendido del Misterio de la Santísima Trinidad.
Severo interiorizó lo que pudo y fingió otro tanto, y quizás por uno de esos extraños misterios de la afectividad humana hasta llegó a sentir eso que llamamos “cariño” por su verdugo y Pigmalión.
Así íbamos viviendo todos y cada uno por su cuenta y riesgo. Yo me pavoneaba con mi juventud a cuestas en el salón de Bernard Minoret, haciendo gala de la pedantería que divertía en aquel escenario. Mono sabio y bonito, por demás. Divirtiéndome yo el primero, a veces, del espectáculo de la Comedie Humaine con su chisporreteos de ocasiones de burla y ejemplares moralejas. De chismes y trivialidades, de vanidades y complicados andamiajes de pretensiones intelectuales y sociales, articulados en inextricable laberinto sin salida, ni mucha satisfacción real. Nada contante y sonante.
Castillos de barajas que se alzaban y se venían abajo sin cesar. Aprendiendo mucho y comiendo bien en restoranes de lujo, viajando a sitios deliciosos, perorando sobre poesía, teatro, pintura y música. Toda esa gente había conocido a Cocteau, a Picasso, frecuentaba a Giacometti o había recibido en su casa a Regis Debray antes de que se embarcara en su aventura latinoamericana en la que por poco deja el pellejo.
A veces se llegaban a tocar temas interesantes de historia, política y hasta de filosofía, siempre a la ligera, porque eran gente de cierta inteligencia aunque de más saber que de ingenio, si bien un prurito de gusto por la ligereza les impedía profundizar demasiado en nada, pero casi siempre algo nuevo se me pegaba en aquellos buenos ratos de convivialidad educada, además de la sabrosura que procura la suave nota que suele dar el champagne. Otras veces se ponían pesados y discutían noches enteras sobre si los Romanov tenían más cuartos de nobleza que los Apraxine, y otras sutilezas y disquisiciones sobre el sexo de los ángeles de esa misma calaña que me aburrían.
Adua la Pedagoga disfrazada de gran cameraman del camarlengo real se sintió halagadísimo de entrar en aquel exquisito cenáculo en el que fue convenientemente agasajado.
Con el tiempo descubrió el sistema americano y al haber finalmente hecho con algunos lustros de retraso su entrada triunfal en Hollywood y conocer el “baro” recio perdió mucho de su interés por las coronas de laurel que le entretejían con tanto primor y tan graciosamente le concedían en ese salón parisino.
Su cabeza ya estaba tan por encima de las nubes que las manos de estos diletantes no alcanzaban a colocárselas encima de su ostensible calvicie. Cuando tuvo tremendo apartamento con vista al Empire State prefirió amigos americanos millonarios.
Descubrió “la concreta” como se dice en La Habana, y se dio cuenta de que cuando uno llega al dinero de Norteamérica, el prestigio cultural europeo palidece considerablemente.
Néstor llegó a decirme dentro del taxi en el que ambos volvíamos a nuestras casas juntos, ya que vivíamos todavía muy cerca el uno del otro (una madrugada saliendo de casa de Bernard en Saint Germain-des-Près, después de una acalorada discusión sobre los valores relativos de la cultura francesa y los norteamericanos suscitada por Minoret quien solía distraer sus ocios existenciales con este tipo de problemática que llegó a convertírsele en obsesiva), que de poder hacerlo, él se haría sacar de su cuerpo hasta la última gota de sangre española que llevaba, para ponerse una transfusión definitiva de sangre anglosajona. Lo dijo con toda la pasión que la adrenalina secretada en el calor de su querella le inspiró, irritado contra la arrogancia con la que Bernard Minoret le había hecho valer las glorias de Francia y Europa Continental por encima de la vulgar opulencia norteamericana.
Pero estos extremos no dejan de señalar hasta qué punto llega en cierto momento la extraña confusión identitaria que provocan los rápidos cambios de situación y fortuna. Ese “tanto tienes tanto vales”, y cuanto tin tienes, tin vales, o timbales, como dice la gente.
Tan poderoso caballero es Don Dinero que hasta dejar de ser lo que se ha nacido y se ha sido toda una vida puede llegar a hacernos desear para pasar a “mejor” estado.
Ramón Alejandro
París





Mira que comen eso que pica el gallo.
Tu desenfado es mas real y verdadero que esta gallinas cojas que te critican.
Un abrazo.
Desde que te visite en tu niñez, perteneces a mi.
EL DIABLO
SALMO 142,1-11
Lamentación y súplica ante la angustia.
1 Señor, escucha mi oración;
tú, que eres fiel, atiende a mi súplica;
tú, que eres justo, escúchame.
2 No llames a juicio a tu siervo,
pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti.
3 El enemigo me persigue a muerte,
empuja mi vida al sepulcro,
me confina a las tinieblas
como a los muertos ya olvidados.
4 Mi aliento desfallece,
mi corazón dentro de mí está yerto.
5 Recuerdo los tiempos antiguos,
medito todas tus acciones,
considero las obras de tus manos
6 y extiendo mis brazos hacia ti:
tengo sed de ti como tierra reseca.
7 Escúchame enseguida, Señor,
que me falta el aliento.
No me escondas tu rostro,
igual que a los que bajan a la fosa.
8 En la mañana hazme escuchar tu gracia,
ya que confío en ti.
Indícame el camino que he de seguir,
pues levanto mi alma a ti.
9 Líbrame del enemigo, Señor,
que me refugio en ti.
10 Enséñame a cumplir tu voluntad,
ya que tú eres mi Dios.
Tu espíritu, que es bueno,
me guíe por tierra llana.
11 Por tu nombre, Señor, consérvame vivo;
por tu clemencia, sácame de la angustia.
12 Por tu gracia, destruye a mis enemigos,
aniquila a todos los que me acosan,
que siervo tuyo soy.
San Francisco
Domingo- Abril 8 ,2007- PASCUAS FLORIDAS.
Todos somos parte de “EL”, el mismo que nos une, Dios, que no solo existe en la dimension del exterior, pero reside en nuestro interior. Hoy es un dia para renacer, o mejor dicho, dar gracias por lo tanto que tenemos, el amor. Debemos celebrar que estamos siguiendo un camino, algunos diran un destino, y otros creen que todo es por chance, pero no se niega que ES! Mis amigos los Hebreos, Musulmanes, Budistas, Cristianos, y tantos mas, contando tambien ateos, coincidan en algo, todos estamos vivos por alguna razon. Tal vez los titulos de nuestra fe no importan, solo que nos debe de iluminar nuestro destino. Sirven para enseñarnos a dejar como nuestras huellas, algo para los proximos, con respeto y amor, nuestra sangre es la misma, ama tu progimo.
Marc Andries Smit
Por favor, aprende a tolerar y deja a Nuestro Senor en paz. No lo uses mas para nimiedades que tu no entiendes. Esta muy ocupado sabes? y ademas, estoy seguro que siente mas piedad por Alejandro que por ti
¿Dónde están los poemas amatorios a Nuestro Señor Jesucristo que había colgados, como pendón de Pascuas, del pescuezo de este íncubo insolente?
Asco? No. Peor.
Que Dios te bendiga, y que el diablo te olvide…