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Adua la Pedagoga (3)

  • abr 01, 200711:18h
  • 4 comentarios

Todos íbamos cambiando: nosotros los de entonces estábamos poco a poco dejando de ser los mismos. A la larga hasta García York se consiguió un apartamento por el Boulevard de la Villette, y para sorpresa general, Janine, una empleada de las cristalerías San Luis se enamoró de él y procedió a prestarle los dineros con que llevar a cabo sus planes secretos de conquistar París, que fue la ambición de toda su vida.

Antón Arrufat me contó cómo recién llegado de su Santiago de Cuba natal, el genio y figura de Roberto presidiendo la carpeta de recepción del épatant Hotel Presidente en el Vedado, ya platinado y de vuelta de Nueva York, a donde partió llamándose García González, o Pérez, o Rodríguez, como todo el mundo y de donde volvió con el apellido mágicamente convertido en York, había sido una de las cosas que lo habían fascinado en sus años mozos.

Para el joven Arrufat que aún no se había hecho conocer por su talento, Roberto representaba la sofisticación habanera y la afeminación provocadora que dejaba sin aliento al provinciano que él era por aquel entonces. Esas locas de La Habana eran especialistas en el arte de paralizar a los guajiros con su desenfado.

Cuenta también Guido Llinás que llegado de su bucólico Pinar del Río, siendo aún muy joven, en la esquina del pecado, es decir en Prado y Neptuno, la visión de un invertido particularmente espectacular lo dejó con la boca abierta y que notando su azoro la loca le fue encima proyectando sus brazos como aspas de molino y gritándole delante del numeroso público con estridente galillo: “¿Qué, tú nunca has visto a un maricón en toda tu vida?”.

La gente del interior del país seguía siendo muy comedida y modosa en sus maneras. Incluso hoy algo les queda de ello.

Roberto se ocupaba valientemente de su adorada madre, que al quedar paralítica había sido abandonada por el asturiano cruel que lo engendró. Vivía con ella en un modesto lugar, por no decir un solar porque al fin y al cabo yo nunca estuve allí para certificar que ese sitio lo fuera, del popular barrio del Cerro. Siendo muy buen hijo la atendía con amor y la llevaba hasta cargando él mismo la silla de ruedas para asistir a conciertos de la Filarmónica, exposiciones y todo tipo de eventos culturales a los que se esmeraba en estar de a como fuera, siempre muy elegante aunque un poco extravagantemente ataviado.

Dicen que cuando su progenitora murió, Roberto puso su catafalco de medio lado, apoyado por una parte en un zócalo rebuscado. Detrás de esta composición caía una cortina de raso aljofarado. La mise-en-scène dejo a todo el barrio pasmado.

El contaba con gusto muchas anécdotas de ella y algunos consejos que ella le había dado. Como yo era muy botarate con el dinero, un día me dijo: “Mi mamá siempre me decía: Quinientos dólares son… (y aquí se abría completamente de brazos alzándolos con sus dedos dirigidos como abierto abanico hacia las diez direcciones del espacio, y sacando afuera sus ojos todo lo que podía y abriendo muy enfáticamente la boca decía con vehemencia y recargada intención de subrayar la importancia de lo que iba a decir )… quinientos dólares”.

Roberto no sólo ignoraba a todos los pintores y estilos que se habían sucedido desde los inicios de la Historia del Arte, sino que la revolución estética que fecundo al tumultuoso siglo XX le era totalmente indiferente. Le resbalaba cualquier tipo de erudición. Un día llegué a pintar a su cuarto y muy sorprendido vi que estaba pintando el Prestidigitador del Bosco que está en el Museo de Saint Germain-en-Laye, muy cerca de París, y así se lo hice observar haciéndole parte de mi sobresalto. Él se viró muy serio, se quedó pensativo un momento y me dijo en voz muy baja: “¿Es muy conocido?”. Y acto seguido se levanto de delante de su caballete, fue al escaparate y saco una reproducción del mismo tamaño de la copia que estaba intentando hacer.

Acabado de conocerlo me dio una exhibición fantástica: se desnudó enteramente delante mío y empezó a decolorarse con agua oxigenada todos los pelos de su cuerpo, menos los cabellos que ya estaban platinados. Barba, pecho, axilas, pubis y piernas incluidos. Me explicó que al día siguiente se iba para no sé que lugar de España a exponer y que a él le gustaba aparecerse con un color de pelo diferente cada vez que exponía en un nuevo sitio.

Una vez que me pidió que lo ayudara a pintarse un complicado motivo decorativo en su cara para ir a una fiesta de disfraces pude ver como temblaba de gusto al maquillarse y ponerse mascaras, pegarse lentejuelas y envolverse en telas abrillantadas dejando partes de su cuerpo provocativamente desnudas. Era algo que lo conmovía hasta los tuétanos eso de disfrazarse de andrógino primordial y salir así ataviado a la calle para andar entre el vulgo.

De vuelta de Nueva York, a donde fue muy joven, casi adolescente, se puso a vender productos de belleza de la marca Elizabeth Arden a sus numerosas relaciones de Miramar y el Vedado. Señoras mayores de la burguesía que lo adoraban y seguían sus disparatados consejos de belleza.

Un buen día se pregunto por qué estaba él vendiendo un producto que otro fabricaba en vez de fabricar un producto para venderlo él mismo, y ahí cayó en la certidumbre de que tenía que ser pintor para aprovecharse de sus dones de vendedor. Se fue a la tienda “El Arte” de Galiano y Zanja y le dijo al empleado, arqueándole mucho una ceja: “Déme todo lo que se necesita para pintar cuadros y métamelo en una caja que me lo llevo enseguida”. Y desde ese día fue pintor.

Más tarde se fue a México en donde conoció a Leonora Carrington, con quien sostuvo, según me dijo, una bella amistad. Capaz que conoció también a Remedios Varo, porque su pintura se asemejaba a la de ella en sus mejores momentos. Pero Roberto era capaz de contarle a cualquiera las mayores mentiras sin que se le alterara el color ni un desacompasado pestañear permitiese sospechar de los infundios que profería. Así que no me atrevo a afirmar nada de esto, ni metería por lo que me contaba mi mano en ningún fuego ni que fuera de utilería teatral.

Lo suyo era todo teatro, puro teatro, un miénteme-más que-me-hace-tu-maldad-feliz incorporado muy profundamente a su fantasmagórica naturaleza de elfo o trasgo del monte urbano habanero.

Esa selva de cemento, ladrillo y estuco, molduras de escayola y volutas y pinchos de hierro forjado adoptando sinuosos entreveros y equivocas curvas. Esos vidrios de colores de los mediopuntos encendiéndose de golpe en un mediodía de ensoñaciones sensuales y sugeridas desnudeces con los ecos de los pregones de frutas de los vianderos en el achicharramiento del sudor y el calor del mediodía del trópico.

Lo suyo era “resolver”.

Ramón Alejandro
París

Ilustraciones: Roberto García York, Habitáculo de Antígona, 1972; diseño de disfraz para el carnaval de Venecia.

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4 respuestas
Comentarios

  • Anonymous dice:

    Ramon Alejandro con tremenda cola de paja y se acerca al fuego. Un pervertido y pedofilo por excelencia que deberia mirarse al espejo antes de abrir la boca.

  • Anonymous dice:

    Los muertos no se pueden defender, ni reclamar a un mentiroso.

  • Anonymous dice:

    Parece que muchas están muertas…

  • Jose Antonio dice:

    Solo algo me preocupa. Se puede hablar de uno mismo todo lo que se quiera, pero saben estas personas, si estan vivas, que estas exponiendo girones de sus vidas?
    Y si ya no viven, ni han pasado cien anos, existe alguna restriccion etica para ello?