- mar 01, 2007 • 19:34h
- 3 comentarios
La gente suele opinar que los políticos son corruptos, sucios, y turbios. Muchos van más allá y piensan que la política misma, la política en sí —la ejerza quien la ejerza— es fatalmente tramposa y falsa, que lleva tarde o temprano al asesinato, a la mentira y al robo.
Como dice Chesterton, la mayor parte de los lugares comunes, sobre todo los más vulgares y repetidos, esconden una profunda verdad. Todos percibimos, la historia y los diarios lo confirman a cada instante, que la moral individual, el simple concepto del bien y el mal con que vivimos y convivimos, es distinta a la moral de la política. Una moral política que es imposible de delimitar en códigos o manuales, que es esencialmente cambiante, voluble, incalificablemente huidiza.
Vemos continuamente como los políticos pasan por alto sus códigos morales individuales —cristianos, judíos, musulmanes— cuando hacen política. La política, y es por eso que la gente común la odia y la necesita, nos recuerda que no basta con aplicar a la sociedad las nociones de bien y de mal que recibimos de nuestros padres para lograr el bien común. La política nos recuerda que muchas veces el intento de hacer el bien, la aplicación absoluta de los diez mandamientos a la vida social, crea más miseria y horror de lo que realmente corrige. Viceversa, muchas veces actos e ideas que nos parecerían individualmente repugnantes pueden salvar a una sociedad y hacerla más feliz.
Es imposible saber a priori cuáles de esos bienes pueden convertirse en males, y cuáles de esos males encierran algo de bien. La política es el campo de la relatividad, una relatividad que necesita, sin embargo, de guías absolutos, de ideas claras y objetivos prefijados. Hacer política es resignarse a que gran parte de esas ideas y objetivos se deformen, pero también está el saber elegir qué deformidad puedes o no aceptar, qué engaños son legítimos y cuáles no, qué es corrupción o simplemente traición a la democracia, qué es trasparencia y qué es deslealtad.
Personalmente, nada me apasiona más que esa lucha que entabla las ideas y los arcanos con la realidad. De hecho, la mayor parte de la literatura actual me aburre porque está escrita por escritores a los que la política les repugna, o que aplican a ella la simple receta que lo que es bueno es bueno, y lo que es malo es malo. Para mí, hablar de política es hablar del mundo tal y como es y no como debería ser. Me interesa mucho más esa realidad que los sueños, porque en esa realidad, en nuestra manera de asumirla o transformarla, hay mucho más fantasía que en la ensoñación.
Para mí el arte tiene que ser político. Tiene que ser político no en el sentido —tan propio del arte conceptual moderno— de la apropiación de fantasmales poderes culturales, o de la construcción de una retórica fetichista del poder, sino en el intento de comprender y dar cuenta de la metamorfosis que la política opera en los seres humanos y las sociedades. El arte, el de Shakespeare, el de Stendhal, el de Chateaubriand, no sólo tiene que vivir esas metamorfosis, sino comprender que parte de ella no cambia nunca. Tiene que buscar en el páramo de las morales destrozadas, en las brumas de las certezas a medias, el viejo bien y el viejo mal, perdido como el Rey Lear en su locura.
La política es sucia, es inmoral, es corrupta, como es sucia, inmoral y corrupta la vida. Y como en la vida, el modo en que construimos, en que asumimos esta falta de pureza, el modo en que nos volvemos a construir en medio de la orgía, una virginidad mejor, es lo que finalmente o nos salva o nos hunde. Por eso la política es lo peor que tenemos y lo mejor a lo que podemos aspirar.
El bien común es un bien superior, porque es un bien que se hace en común, como la política, la buena, no esta comedia estúpida que vivimos en Chile, se hace en común. La moral es la moral del grupo, que tiene que luchar dialécticamente con el genio del líder. El político no habla por sí solo, ni actúa para salvarse sólo a él. Es la encarnación de un grupo, es un ser en batalla que nos revela a todos que la vida, aunque parezca plácida a veces, es lucha y sólo lucha.
Rafael Gumucio
Santiago de Chile-Nueva York





muy bueno de verdad!
Machiavelli (la ilustracion)le dedico su obra a los Medicis, pero la gran ironia es que utilizamos su nombre como el ejemplo de los politicos corruptos y totalitarios, “Machiavelicos” en vez de “Medicicos”, como debe de ser.
Este blog está fuera de liga. Ernesto, gracias…