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La ponencia leída por Ambrosio Gris en el debate sobre el Quinquenio Fornet

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    Editor Jefe
  • feb 01, 200715:15h
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EL QUINQUENIO GRIS: REVISITANDO EL TÉRMINO

Por Ambrosio Fornet

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Parecía que la pesadilla era cosa de un remoto pasado, pero lo cierto es que cuando despertamos el dinosaurio todavía estaba allí. No hemos sabido –y tal vez nunca sabremos— si el disparate mediático respondía a una insidiosa operación de rescate, a una caprichosa expresión de amiguismo o a una simple muestra de irresponsabilidad. No importa. Visto desde la perspectiva de hoy de la reacción en cadena que provocó, uno de cuyos eslabones es este ciclo que estamos iniciando— era un acto suicida. Lanzaba un reto sin tener la menor idea del nivel de coherencia que había alcanzado el adversario, ni de la solidez de una política cultural que se ha afianzado como un fenómeno irreversible a través de una práctica que ya dura tres décadas. Ganada limpiamente esta batalla –no me atrevo a decir la guerra, porque el pavonato no es tanto la expresión de una táctica política como una visión del mundo basada en el recelo y la mediocridad–, podemos abrir camino a la reflexión diciéndonos, simplemente, que lo que pasa conviene. La prueba de que así es la tenemos en la decisión del Ministerio de Cultura de apoyar esta iniciativa de Desiderio, coincidente con la de Abel, en cuanto a ir llenando el vacío de información y de análisis que hasta ahora ha prevalecido sobre el tema de la política cultural –digo, anticultural de la primera mitad de los años setenta.
Por increíble que pueda parecer, la persona que dirigió el programa “Impronta” dedicado a Pavón cuyo libreto había sido escrito por una compañera, nos aseguró que no sabía quién era el personaje, o más exactamente, que no sabía cuál era la “impronta” que éste había dejado en la cultura cubana durante su gestión como presidente del Consejo Nacional de Cultura (CNC). Tampoco lo sabría después, porque sobre eso se tendió un cauteloso manto de silencio en el programa. No convenía exagerar mencionando la soga en casa del ahorcado. Pues bien, aún no habíamos salido de nuestro estupor cuando una vocecita empezó a martillar nuestros oídos: “¿Y por qué increíble? ¿Por qué tenía la joven directora que saber? ¿Acaso ustedes, los viejos que vivieron y sufrieron aquella etapa, han escrito algún libro o folleto, han publicado alguna serie de artículos, han dado algún ciclo de charlas sobre el tema? En los últimos años la denuncia de los atropellos individuales, de la perversa exhibición de los prejuicios, del cinismo de las explicaciones ha sido hecha por las víctimas en entrevistas, artículos, discursos de aceptación de premios, pero el análisis del fenómeno fue siendo postergado como lo han sido otras cosas que merecían discutirse, y por el mismo motivo: para no poner en peligro la unidad. Junto con la validez histórica de nuestro proyecto de nación, la unidad es lo único, en efecto, que garantiza nuestra superioridad sobre enemigos y adversarios. Pero así como no debemos olvidar que en una plaza permanentemente sitiada, como lo es nuestro país, insistir sobre discrepancias y desacuerdos equivale a “darle armas al enemigo”…, tampoco conviene olvidar que los pactos de silencio suelen ser sumamente riesgosos, porque crean un clima de inmovilidad, un simulacro de unanimidad que nos impide medir la magnitud real de los peligros y la integridad de nuestras filas, en las que a menudo se cuelan locuaces oportunistas. Ya sabemos a dónde condujeron esos simulacros y maniobras en Europa y especialmente en la URSS, y en este último caso, creo yo, porque hasta los propios militantes –entre ellos no pocos héroes del trabajo y descendientes de héroes de la guerra— habían sido definitivamente desmovilizados por el burocratismo y la rutina. Sin ser especialista en la materia, me atrevo a responder la insondable pregunta: “¿Por qué no salieron los obreros, y en especial los militantes comunistas, a defender la Revolución en la USS?” Muy sencillo: “Porque no recibieron instrucciones de arriba”. Necesitamos mantenernos firmes en nuestras trincheras –las que, por supuesto, no son los mejores lugares para ejercitar la democracia—, pero eso no quiere decir que podamos darnos el lujo de abandonar la práctica de la crítica y la autocrítica, el único ejercicio que puede librarnos del triunfalismo y preservarnos del deterioro ideológico.
(…)

Leer versión completa aquí.

Un comentario de Francisco Morán en Encuentro en la Red y otro en Duanel Díaz en su blog.

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