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Una polémica sobre La Habana

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    Editor Jefe
  • ene 31, 200716:24h
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Circula por Internet otra polémica, arquitectónica ésta, a propósito de un artículo de Antonio José Ponte publicado en El País el pasado 21 de enero. Lo reproduzco aquí, junto con un par de réplicas, aunque he eliminado, por obvias razones, la larga lista de direcciones electrónicas que las acompañan:

La Habana está por inventarse

Por Antonio José Ponte

Aquellos analistas a quienes desvela el futuro político de Cuba y le adelantan al país formas de gobierno, utilizan en sus comparaciones diversas transiciones políticas, y cuentan para sus cábalas con algún que otro modelo aproximativo. (Cierto que, casi siempre, para resaltar lo específico cubano). No existe, en cambio, modelo posible para quienes imaginan la ciudad que vendrá a alzarse donde ahora está situada La Habana. Pues resulta difícil encontrar otro caso de urbe que, sin haber sufrido el alejamiento de sus pobladores, haya permanecido durante medio siglo en parálisis constructiva.

Para dar con ejemplos cercanos a La Habana actual es necesario acudir a los archivos de guerra, remitirse a paisajes bombardeados. Aun sin haber sufrido batalla, la capital cubana es comparable a una ciudad bajo las bombas. Pero un bombardeo es tan sólo un episodio (me refiero a bajas arquitectónicas, no humanas), y se sale de él empeñado en retomar la vida allí donde la interrumpiera la aviación enemiga. En cambio, un ataque de baja intensidad a lo largo de décadas resulta mucho más devastador. Porque logra apagar en la gente cualquier esperanza recuperativa: nadie saca la cabeza del refugio, y fuera del arca sólo se envían en exploración cuervos y cuervos.
La administración de Fidel Castro ha sido ese bombardeo incesante. Una ojeada a “La Maqueta de La Habana”, modelo a escala abierto al público, permite calibrar cuán poco se ha construido allí desde 1959. Señaladas las épocas constructivas por diferencia de colores, el color revolucionario apenas se echa a ver. La Habana es una ciudad levantada principalmente en las primeras seis décadas del siglo XX y no hay más que recorrerla para percibir el grado de decrepitud alcanzado por la arquitectura de esas décadas.

Diversos especialistas han acudido al término “estática milagrosa” para explicar la persistencia de edificaciones que, según las más elementales leyes físicas, tendrían que haberse desmoronado hace mucho tiempo y continúan porfiadamente en pie. (La Habana, en buena parte, existe de milagro). Incluso las estadísticas oficiales, remilgadas como suelen ser, reconocen la magnitud del desastre: un informe gubernamental de septiembre de 2005 avisa que el 52.5 % de las construcciones del país se halla en mal estado.

Lo peor del urbanismo revolucionario no ha estado en desoír la necesidad de viviendas, ni siquiera en refrenar todo impulso de nueva construcción. Algo aún más perverso ha fomentado: la idea, infundida en la población, de que nada roto consigue restaurarse (excepto lo catalogado por la Unesco, lo mesopotámico habanero), la certeza de que cada grieta es la grieta que cruza la fachada de la Mansión Usher y acaba por hundir a ésta en un lago.

Como siempre, quien carga las culpas es el embargo estadounidense. Cuba, nos dicen, es un país muy pobre. Cabe entonces preguntar qué se hizo por las ciudades mientras duraron las cuantiosas subvenciones soviéticas. Y no es descartable la sospecha de que la misma jefatura que emprendiera con éxito campañas militares, educativas y sanitarias, haya dispuesto la destrucción de La Habana y otras ciudades. Aunque, cualquiera que sea la excusa para tal desidia, no hay dudas de que el período revolucionario deja una capital en ruinas, irrecuperable en su mayor parte.

De un solo impulso constructivo pueden enorgullecerse: la restauración de La Habana Vieja, a cargo de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Dicha empresa, sin embargo, ha terminado por confundir conservación con despoblamiento y, allí donde encuentra casonas habitadas por muchas familias, concibe espacios vacíos, museos en lugar de hogares, locaciones para filmes de época. (En la mayoría de los casos, los antiguos inquilinos son obligados a residir en edificios de las afueras). El llamado Plan Maestro para la Revitalización Integral de La Habana Vieja impone lo simbólico y monumental a costa de lo habitable, y es capaz de justificar la construcción, frente al puerto habanero, de un jardín dedicado a Diana de Gales, otro a la memoria de Teresa de Calcuta, una Catedral Ortodoxa Griega, un Museo del Ron y una Catedral Ortodoxa Rusa aún por terminarse.

Mientras más de la mitad de los cubanos habita infraviviendas, el equipo de especialistas dirigido por Eusebio Leal Spengler, historiador de la ciudad, se distrae en templos sin feligresía o en memoriales de princesas y religiosas que ninguna relación tuvieron con La Habana. Intentan reproducir el campanario de la primera universidad habanera, y lo que alzan es una torre emparentada con el Campanile de San Marco en el hotel Venetian de Las Vegas. Jardines para princesas, campanarios de atrezzo, catedrales exóticas, museos del alcohol: si todo esto es obra de quienes deberían brindar a La Habana propuestas vivificadoras, qué no podrá llegarle de empresas mucho menos comprometidas con su ordenamiento.

Dudo de que una administración revolucionaria (comandada por quien sea) haga renacer la capital cubana. Para ello tendrá que cerrarse el período iniciado en 1959. La ciudad contará entonces con el vacío dejado por los viejos edificios en estática milagrosa. Habrá tanto espacio libre como el hallado por el marqués de Pombal luego del terremoto de Lisboa. La Habana estará expuesta a la depredación inmobiliaria, y posiblemente se agregarán nuevos ejemplos a la lista de atrocidades urbanísticas. (Adelanto esta forma del miedo: a las extrañas catedrales y jardines frente al puerto, podrá sumarse un frente de rascacielos copando el malecón, quitándole respiración a las calles de adentro).

Cuando pienso en el futuro, calculo lo agobiante de replantear una ciudad que lleva medio siglo sin construirse a diario. Pienso también en la oportunidad única que ha de ser para quienes tienen por oficio el de imaginar ciudades.

Como ninguna otra, La Habana está por inventarse.

* * *

Respuestas:

Sr. Antonio Jose Ponte:

No estoy de acuerdo con abrir el foco de nuestro intercambio. Ud tiene la libertad de expresarse, pero en mi entender, hay muchos temas que pudiéramos considerar tratar con urgencia. Sin embargo creo que correremos el riesgo de debilitarnos o por tratar de abarcar muchos temas,o porque surjan diferencias entre los intercambios, que hasta ahora han sido sólidos en tanto han sido unánimes, o porque se vuelva un lugar en que manifiesten rencillas personales que enturbien la claridad del discurso general.

Estoy de acuerdo con Ud en el deterioro de La Habana. Todos vivimos y sufrimos dia a dia el deterioro de una ciudad que agoniza. Pero a pesar de que no considero oportuno abrir otro punto aparte del asunto que nos ha movido al intercambio, me siento en la obligación de hacerle notar brevemente mi total y absoluto desacuerdo en relación a lo siguiente:

Ud expresa que el Historiador de la Ciudad y su equipo “ha terminado por confundir conservación con despoblamiento y, allí donde encuentra casonas habitadas por muchas familias, concibe espacios vacíos, museos en lugar de hogares, locaciones para filmes de época”.

Acláreme, porque si no estoy confundida, la función social de un historiador no es la de hacer hogares como no sea la de darle hogar a la historia. Y eso son los museos y las edificaciones que atesoran un patrimonio o el valor de ellas en sí mismas.

Creo encontrar un matiz de burla en el burdo símil del campanario de lo que fue la primera universidad: y lo que alzan es una torre emparentada con el Campanile de San Marco en el hotel Venetian de Las Vegas. Solamente la referencia a una universidad olvidada ya es motivo de respeto y más, que será destinada a la preparación de jóvenes que se interesen en todo lo concerniente a la continuidad de la obra de arqueología, conservación etc., que se ha hecho hasta ahora.

¿Ud considera que el problema de la vivienda en Cuba es debido a un jardín que es más simbólico que real?

¿Sabía Ud que antes de la revolución había una iglesia ortodoxa griega en Cuba y por la revitalizacion de las relaciones entre esa Iglesia y las autoridades cubanas esta iglesia estaba reclamando su templo original? Pero es la sede del grupo de teatro Buendía de Flora Lauten en el Nuevo Vedado y para no dejar a este grupo sin sede se decidió hacer un templo nuevo pequeño en un jardin que siempre existió a un costado de la Basilica de Sn Francisco y que ahora se llama Maria Teresa de Calcuta. Hay algo de demérito en ello?

Seamos honestos. Sean museos de nuestro criollo ron o de lo que sea (nótese que no es del whisky o del vodka). Puede Ud darle una función u otra. Vale, pero lo que es objetivo y una verdad como una catedral ya sea cristiana o bizantina, es que Eusebio y su equipo ha conquistado de “la nada” al decir de Michel Ende, cada centímetro de la parte vieja de ésta ciudad, con sangre sudor y lágrimas dedicando toda su vida y su pasión en este empeño para que quede algo de nuestra historia para las generaciones venideras.
Imagine la Habana sin Eusebio y su equipo. Qué podíamos enseñar que no fuera feo, sucio o roto. Ha caminado por la Habana a pie? No le oprime el corazón.

Los hogares, señor, en esta sociedad en que estamos viviendo, debe asegurarlo la administración del país, en ningun modo el historiador.

Zenaida Romeu

* * *

Respuesta a Zenaida Romeu

Estimada Zenaida Romeu:
A través de algunas amistades, me ha llegado su mensaje a propósito del artículo “La Habana está por inventarse”. Supongo que, al escribirlo, Ud. no se percató de que ninguna de las direcciones electrónicas a las que lo dirigía llevaba mi nombre. Lo animoso de su desacuerdo le habrá empujado a escribirme a través de otros (si en verdad quería comunicarse conmigo), sin detenerse a comprobar la lista de destinatarios.

Un segundo error le hizo tomar un artículo que publiqué en el diario español “El País” (pero que no le envié a Ud. ni a ninguna de las direcciones electrónicas que aparecen en su mensaje) como aporte mío a lo que llama “nuestro intercambio”. Créame que he seguido con mucho interés los entrecruzamientos y acumulaciones de mensajes entre intelectuales cubanos ocurrido en las últimas semanas, pero no he participado en él. Sin embargo, a riesgo de opinar sobre un espacio al cual no he entrado, me permito sugerirle (por el bien de la discusión en la que Ud. parece creer) que deje fuera de él sus dotes de directora de orquesta: mejor que no se empeñe en controlar la discusión.

En sus líneas me pregunta (aunque puede que sólo sea una pregunta retórica) por la función social del historiador. Que no es la de hacer hogares, me asegura, sino la de brindar hogares a la historia. Hermoso pensamiento, si acaso consideráramos a un historiador a secas. Pero Eusebio Leal, cuyo desempeño como historiador no es muy notorio (juzgo por su obra publicada), cobra innegable relieve debido a su papel en la restauración de La Habana.

A ese papel le han sido impuesto, como sabemos, límites: La Habana Vieja es toda suya, y solamente en contadas ocasiones alcanza a extender su labor fuera de ella. No hay entonces que culparlo de cuánto pase más allá. Aunque, ya que parece Ud. sensible a la función del historiador, repare en lo estrechamente entendida que resulta en este caso: historia es sólo el pasado más remoto, historiador es más bien un anticuario.

Creo sin embargo que, dentro de los límites impuestos, Eusebio Leal es capaz de sacrificar cualquier presente por ese remoto pasado que cuida. Obsesionado por determinada ciudad, pierde de vista a sus habitantes. Y en el caso de que sea misión del historiador el dar hogar a la historia, no habrá de ser a costa de la gente. No es despoblando La Habana Vieja y poblando Alamar como se hace historia. (Se objetará que todas las capitales del mundo reservan sus mejores rincones para vecinos pudientes. De acuerdo, pero entonces no caben los discursos altruistas.)

Ud. ha sabido encontrar un matiz de burla en mi comparación de dos torres falsas, una en Las Vegas y otra en La Habana Vieja. Lamento que le haya parecido un burdo símil. Para hacer méritos ante sus ojos (pues considero estimables sus objeciones estilísticas a una declaración publicada en “Granma”), perseveraré en el símil. La torre de Las Vegas es falsa porque nunca estuvo allí, y la torre habanera es falsa porque estuvo allí. Rehacer lo que está en pie maltrechamente me parece espléndida labor (hecha por Leal y su equipo en muchos puntos de la ciudad), pero empeñarse en escenografías no es más que un despilfarro de mal gusto. Y concuerdo con Ud. en lo infeliz del símil: el campanario habanero no puede compararse con Las Vegas, sino con Disneylandia.

Podría extenderme en torno a ese edificio, cuya restauración demuestra el rígido sentido de lo histórico que acompaña a Leal (¿no era histórico ya un edificio de los años cincuenta?, ¿no era más histórico que su reinterpretación actual? ¿no era, aún sin serlo, más hermoso el de antes?). Podría ocuparme, aunque no lo haré, de la portada falsa que le han incrustado. (Ese edificio y el Hotel Parque Central son ejemplos del feo abrazo habanero entre pasado y actualidad.) Comprendo lo útil de que resida allí un centro de estudios para jóvenes restauradores y arqueólogos, aunque también me esperanza imaginar que sus estudiantes sabrán burlarse de esa torre, de esa portada, de esas fachadas de espejos…

Ud. habla de un jardín más simbólico que real, y la frase cabría para mucho de lo realizado en la restauración de La Habana. Simbólico es que vuelva a existir una iglesia ortodoxa griega (conozco, sí, la antigua), y no sólo simbólico, sino fútil. Porque obedece a un pacto entre un Estado y una Iglesia, y no a reclamación de la feligresía del culto griego. La Catedral Ortodoxa Griega de La Habana no ha sido levantada a la gloria de Dios, ni para regocijo de sus creyentes, sino para justificar el abrazo de un líder político y un líder religioso. Y no creo que restituya, como me indica Ud., a la antigua iglesia abandonada, ocupada hoy por una compañía teatral. (Le agradecería, por otra parte, que me indicara dónde estuvo enclavada, si es que la hubo, la Catedral Ortodoxa Rusa que ahora nos restituyen.)

Me pide que imagine La Habana sin Eusebio Leal, y pregunta si he caminado sus calles y no he sacado malo el corazón de esos paseos. Confieso que he cometido esos tres actos y, si acaso el primero le parece difícil o imposible, créame que no exige demasiado entrenamiento. ¿Acaso no ha imaginado Eusebio Leal una Habana sin habaneros?

“¿Qué podíamos enseñar que no fuera feo, sucio o roto?”, pregunta Ud. para el caso en que Leal no existiese. La veo, por su frase, en el papel de cicerone, conduciendo por calles muy elegidas a sus invitados extranjeros. Lo feo, lo sucio o lo roto resulta, según Ud., doloroso de mostrar. Pero piense en quienes viven en lo feo, en lo sucio y en lo roto. Sálgase, pues, de Obispo y Mercaderes y Oficios (por no mencionar calles de otros municipios).

El príncipe Potemkin levantó para la emperatriz Catalina falsas ciudades que ésta encontraba a su paso, admirada de la agenciosidad de su ministro favorito. Tales villas sólo estaban formadas por fachadas, y en villas Potemkin puede terminar deleitándose (espero que no sea éste su destino) quien gusta de considerar lo urbano zafado de su gente.

Hace unos años, la Oficina del Historiador de la Ciudad reconstruyó la Plaza Vieja. Allí donde había un horrendo parque con aparcamiento subterráneo devolvió al lugar su esplendor. Es hermoso pasear por ella hoy, hermoso ver cómo atardece allí. Esa plaza queda en las antípodas del falso campanario. Al centro, hay una fuente. Cuando se inauguró, viendo que manaba el agua que faltaba en las casas de los alrededores, los vecinos se apuraron a arrimarle cubos y vasijas. ¿Y qué se decidió entonces? Enrejar la fuente, impedir el acceso de los necesitados. Si en el pasado remoto había sido aprovisionadora, ahora constituía solamente un adorno en medio de la carencia general.

En muchos ejemplos de La Habana Vieja, lo histórico recuperado conserva la intocabilidad de esa fuente. No menoscabo la restauración ejecutada, pero los vecinos de la Plaza Vieja (sacados ya de allí, en su mayoría) debieron conformarse con habitar no un barrio, sino la idea de un barrio. La idea de un barrio perpetrada por historiadores y por arqueólogos en un gabinete.

Nosotros somos como esos vecinos: vivimos menos un país que la idea caprichosa de un país. Y Ud. apunta que quien tendría que asegurar viviendas a tantos necesitados es la administración revolucionaria. Muy cierto, si entendemos que administración equivale aquí a Estado, régimen, partido único, líder, sistema… Aunque, dada su colaboración en campañas propagandísticas oficiales, me temo que también discordaremos en este punto, indispuesta como estará Ud. a llevar tan lejos las cosas.

De cualquier modo, le agradezco su atención de lectora,

Antonio José Ponte

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Comentarios

  • Con la excusa de hacerle entrega de mi última novela “el secuestro de Franco después de su muerte”, pude saludar personalmente al Dr. Eusebio Leal en uno de sus múltiples lugares de trabajo. Sus primeras palabras fueron: “La Habana se nos hunde”. Ante mi pregunta obligada de por qué habían tardado tanto en reaccionar me dijo: “primero necesitábamos cuidar de los cuerpos y de los espíritus de nuestros ciudadanos”. Quedó claro. La sanidad, pobre, pero universal y gratuita. La enseñanza obligatoria y gratuita. Es muy superficial lo que opina el Sr. Ponte sobre las inadecuadas restauraciones.Ignora también que todas las familias continuan en sus viviendas. Claro con algunas servidumbres:respetar el impacto visual de los edificios. Siento verdadera vergüenza como se opiana a la ligera de uno de los países más pobres en recursos de todo el Caribe. Con Batista había grandes edificios y mucha riqueza…mal distribuida y propiedad de la mafia y otros pocos. La miseria invadía las calles y la dignidad de los ciudadanos estaba por los suelos. Ahora se reparten la pobreza. Los logros de la Revolución no han llegado a más, las revoluciones triunfan en los países ricos. Nada que ver la revolución francesa con la cubana. He visto en portales como se exhiben fotos de una Habana deztrozada y se culpa de ello al Gobierno actual. Tiempo llegará que el capitalismo invadirá la Isla. Como todo país pobre, el capitalismo abundará en las diferencias sociales y los descolgados del sistema aumentarán geometricamente.
    Tiempo al tiempo.
    Jordi Casanova Giner
    Abogado

  • Anonymous dice:

    Muchas gracias por su articulo

    Maria