- ene 28, 2007 • 23:43h
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Josefina Méndez, Yuyi, ha muerto en La Habana. A las 11:50 am del 26 de enero. Es la segunda en morir, tras Mirta Plá, de esas que el crítico inglés Arnold Haskell llamó “las cuatro joyas” del ballet cubano. Mirta y Yuyi fueron curiosamente las primeras entre las “joyas” en ser ascendidas al rango de primeras bailarinas en el Ballet Nacional de Cuba, en 1962. Ahora les sobreviven otras gemas de la “corona real”: Loipa Araújo y Aurora Bosch. Y, desde luego, la reina: Alicia Alonso.
Nacida en La Habana el 8 de marzo de 1941, Josefina Méndez estudió en la Sociedad Pro-Arte Musical con Alicia y Fernando Alonso. En el I Concurso Internacional de Ballet de Varna, Bulgaria, obtuvo medalla de bronce en 1964. Un año después, en el mismo evento, ganó la de plata. El Concurso de Varna fue sobre todo una vitrina para el ballet de los “hermanos países socialistas”, sujeto a la influencia del Big Brother soviético. En 1961 desertó Rudolf Nureyev. La fama artística y mediática que enseguida conquistó quizá impuso la necesidad de un contrapunto promocional que escogió Varna como escenario. Fue aquí donde el mencionado Haskell vió por primera vez a los cubanos —entre ellos, a Josefina—, y entonces escribió que había descubierto una nueva escuela de ballet.
Acreedora de una Estrella de Oro del Festival Internacional de París en 1970, Yuyi fue entre sus hermanitas de la corona la que más fielmente trató de encarnar el legado de la reina. Creo que no sólo lo logró, sino que en varios aspectos de comprensión del estilo —la clave del arte del ballet— llegó a ser más profunda que su maestra.
La relación maternal entre Alicia Alonso y Yuyi redundó durante una época en hitos de su carrera que las otras “joyas” no alcanzaron. Al asistir a Alicia en el montaje de su versión de Giselle para el Ballet de la Ópera de París en 1972, gracias a una indisposición de la prima, la sustituyó en una función de esa obra en la Ópera junto al francés Cyril Atanassoff. La única cubana, fuera de la Alonso, que ha bailado Giselle en su predio de origen. Por cierto, la primera función de esa temporada debía, por jerarquía, ser bailada por Alonso junto a Rudolf Nureyev, entonces en París. Pero en tanto coreógrafa de la versión, tenía varias prerrogativas, como escoger a su partenaire. Acabó siendo Atanassoff: en La Habana le habían prohibido bailar con el disidente.
Yuyi regresó con Alicia a París en 1973. Bailaría aún tres “Giselle” y la Madame Taglioni —uno de sus roles exquisitos— del “Grand pas de quatre”.
En 1976 Italia le confirió a Méndez el Premio Internacional de Arte Sagitario de Oro. En Cuba, obtuvo casi todas esas condecoraciones artísticas que en la isla otorgan. La última fue el Premio Nacional de Danza.
Fue amada por una generación de balletómanos. Entre éstos, sus partidarios irreductibles, los “yuyistas” —a uno de ellos le debo el dato de la hora de su muerte—, estarán, más que los otros, desconsolados. Sospecho que la mayoría de los “yuyistas” de estirpe se encuentra hoy en Miami.
El cisne se nos ha marchado al lago. Esta vez para morir, contrariamente a la versión “happy end” de “El lago de los cisnes” en Cuba —un subproducto kitsch del comunismo— donde Odette no muere (¡y se casa con Sigfrido!).
Junto con Giselle y Madame Taglioni, Odette fue la apoteosis de Yuyi. Sin apartarse de un cierto estilo cubano, su asunción de la princesa-cisne se alineó junto a esa grande manière de Maya Plisétskaya, que sólo conseguimos ver después, en el Ballet Nacional de Cuba, con Rosario Suárez.
En esa cadena de transmisión en la que se asienta el ballet, la muerte temprana de Josefina Méndez constituye una gran tragedia. Con ella se ha roto el eslabón acaso más importante de la cadena.
Isis Wirth
Munich





