- ene 25, 2007 • 01:06h
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En las alturas de Topes de Collantes, cuando era un niño, Osmani Cienfuegos se me acercó con un libro: “Toma, es para ti.” El comandante artista iba de fila en fila, saludándonos, obsequiándonos: “Un tomo, para ti”. Así comenzaban las concentraciones infantiles en internados multitudinarios.
No creo haber oído mencionar antes ese extraño nombre, Che: antes que mi conciencia se formara, el hombre que lo ostentó ya había triunfado, fructificado y caído. “Murió en la quebrada, vivió en la espesura. Allí llevó un cuaderno de apuntes. Un diario”. Poco después, en la Academia, dibujé su silueta muchas veces. “Un santo, un guerrero, un guerrillero heroico”. Una sombra, una efigie que llegó a ser ley, una silueta fácil de trazar, de pasarle por encima con el lápiz. Los cúmulos de materia negra sobre la página formaban un continente, que rellenábamos de tinta. Era una cabeza solitaria.
Esa cabeza irradiaba, aunque los rayos no pudieran verse a simple vista. La copiábamos como se copian bustos antiguos. Fue la proporción del hombre para el Renacimiento revolucionario, el canon de nuestra belleza. Una noche, en La Habana, parados frente a La Cabaña, mi tío Armando me dijo, apuntando a la vieja fortaleza: “Allí corrió la sangre”. Vivíamos muy cerca de las canteras de San Lázaro, entre Genio y Cárcel. “Ese bola de churre, ese argentino de mierda”.
“Un extranjero” –recordó mi tío, y escupió en el asfalto–, “que salió de debajo de una piedra”. La Economía, la Industria, la Banca, pasaron por sus manos ineptas. Un bellaco, un ignorante, un bandido. Podía leérsele en la frente de mongólico, en la mirada de fauno. Frente a sus pelotones de fusilamiento cayeron cubanos nobles. Un aventurero, un maleante, un cancerbero. Ahora yo veía, simultáneamente, una imagen esotérica y atroz, y otra escolástica y heroica del mismo hombre: el Hermafrodita.
¿Bola de churre? Bola de sebo. La enseñanza libresca escamoteó, en Cuba, la crueldad casuística. La narrativa policíaca encubrió la persecusión política. Las ediciones populares traspapelaron los desastres de una guerra civil. Un tomo sirvió de combustible para quemar las galeras de otros tomos. Era una quema que no levantaba humo, una ardiente lenguarada imposible de ver a simple vista. Las enormes consignas estaban escritas sobre un verbum dimissum.
Muchos años más tarde, mientras participaba en un congreso de escritores, coincidí con el hijo oculto del fauno en un hotel de Graz. Le pedí entrada a su habitación pestilente. La cabra tira al monte. Delante de mí apareció el vástago de Pan –pánico viene de allí– con las grandes legañas de la meditación trascendental petrificadas en los ojos. Olía a berrenchín de chivo. Sobre el cuello alto de una guerrera verdeolivo caían las greñas de la última fotografía en Bolivia. El hedor agridulce era de sobaco y sicote. Los dientes manchados de nicotina asomaron entre las hebras de la barba.
Me mostró un folleto de tapas rojas escrito con tinta oscura, Lingua franca, en un dialecto políglota que incluía el inglés, el holandés y el italiano: la siringa de un judío errante, tricontinental. Jugueteó con su pasaporte cubano, y quiso entregármelo, para él no significaba nada, era el mismo que yo había perdido. Miró mi permiso americano de reentry, el de los sin patria –pero sin amo, en mi tumba un ramo, blah, blah–, color aqua, el color de Miami Vice.
Le pregunté, acodado al mostrador de un Biergarten: “¿Cómo fue para ti descubrir esa verdad?”. Debí decir “la Verdad”. Fue devastador, me confió. Sopló la espuma del jarro. Devastador, sí. Casi me caigo del mundo. Movió el dedo en círculo alrededor de una oreja muenga, a la holandesa. Está en todas partes, le dije. Sí, está en todas partes, admitió, es imposible desentenderse de él. Te mira, te sigue, desde las vidrieras, desde las esferas, desde los tatuajes. Omnisciente. Omnipresente. Pantocrátor. Es una especie de maldición ser reos suyos, ¿no? Aún peor, arguyó, es ser su hijo.
El extraño que entró en nuestras vidas de noche, el que abandonaba patrias sin despedirse, cargando pasaportes falsos. Siento una satisfacción enfermiza en haberme codeado contigo, le dije. En codearme por fin con el primer Hombre, mon semblable, mon frère. Y en un tono sacrílego: el que lleva en su carne la culpa de todos. Olía a maraña, a grajo, a chivo viejo. Cargo, le dije, con el pecado original del que hablaba tu padre, como se carga un bacalao a cuestas. “Toma”, insistió antes de marcharse, empujando el librito rojo, su diario. “Un tomo, para ti”.
Néstor Díaz de Villegas
Los Angeles






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