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¿Qué será de Cuba sin Fidel Castro?

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    Editor Jefe
  • ene 24, 200702:34h
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Por Nina Kruschev*

La espera de la muerte de Fidel Castro es algo que sólo Gabriel García Márquez podría abordar correctamente. Su novela El otoño del patriarca capta perfectamente la decadencia moral, la parálisis política y el hastío brutal que envuelve a una sociedad que aguarda la muerte del que ha sido dictador desde hace mucho tiempo.
La separación del poder del Comandante Fidel será, por supuesto, únicamente una cuestión biológica, y las pocas imágenes que han aparecido desde que enfermó el año pasado muestran claramente que la naturaleza está haciendo su trabajo. Cuando llegue el final, el cambio en Cuba podría ser tan extenso como cualquiera de los otros que se dieron al morir los grandes dictadores del siglo pasado.
Stalin, Franco, Tito, Mao: todos, en gran parte, se parecían en sus fines y métodos. Sin embargo, la forma en que desaparecieron del escenario frecuentemente fue diferente y estas diferencias pueden configurar toda una sociedad en los años y décadas por venir.
Consideremos a la Unión Soviética. El 9 de marzo de 1953, desde el Golfo de Finlandia hasta el Mar de Bering todo se detuvo, del mismo modo que en Varsovia, Budapest, Praga y Berlín Oriental. En Beijing, el propio Mao Zedong se inclinó en señal de reverencia ante la enorme efigie de Joseph Stalin. Se podía ver a las multitudes de luto, llorando casi histéricas por todo el vasto imperio que Stalin había gobernado.
Con todo, con el paso de los días, la palabra estalinismo se eliminó del nuevo diccionario soviético y tres años después, mi abuelo, Nikita Kruschev, denunció “el culto a la personalidad” de Stalin en su famoso “Discurso secreto” ante el vigésimo Congreso del Partido Comunista. La distensión de la era de Kruschev que siguió tal vez duró poco tiempo pero, por primera vez en la historia soviética, se abrió la posibilidad del cambio -una posibilidad que Mijaíl Gorbachev aprovechó en 1985.
La muerte del mariscal Josip Broz Tito trajo consecuencias de otro tipo. Durante décadas, su gobierno personal impuso una unidad falsa en Yugoslavia. Después de su muerte en 1980, el Estado artificial empezó a desarticularse, lo que culminó con las guerras genocidas en Bosnia, Croacia y Kosovo de los 1990.
Sin embargo, no todas las dictaduras largas terminan en la desintegración y el caos. La muerte de Mao permitió que Deng Xiaoping saliera de la ignominia y el exilio interno. Deng rápidamente se deshizo de los herederos de Mao, la “Banda de los cuatro”, y en sólo unos años abrió la economía de China, fomentando una revolución capitalista que ha transformado al país de forma mucho más completa -y exitosa- que la revolución socialista de Mao. Por supuesto, el Partido Comunista sigue en el poder y el retrato de Mao aún domina la Plaza Tiananmen. Pero ambos son simples reliquias de ideas e ideales que en realidad están condenados al basurero de la historia.
España también evitó una disolución violenta cuando la dictadura fascista del Generalísimo Francisco Franco se derrumbó a su muerte. Aquí, se puede dar parte del crédito al viejo dictador pues, al reestablecer la monarquía bajo el rey Juan Carlos justo antes de morir, Franco le dio a España cimientos sobre los cuales reconstruir. Franco no se imaginaba que lo que Juan Carlos construiría, con la ayuda de un inteligente y joven burócrata del franquismo llamado Adolfo Suárez, sería la España moderna y democrática de hoy.
No fue accidental que los países comunistas estuvieran (y estén) gobernados generalmente por líderes ancianos y las democracias por hombres y mujeres más jóvenes. Esa diferencia es importante. Los líderes viejos pueden presidir exitosamente países que funcionan bien y que no necesitan una reevaluación radical de sus políticas y objetivos. Hay excepciones a esta regla, por supuesto -Churchill, Adenauer, Deng, Reagan- pero los Estados no pueden confiar en que la fortuna les envíe un líder excepcional. Es más probable que los líderes más jóvenes estén en mejores condiciones para lidiar con los problemas y cambios de los tiempos difíciles.
La competencia política obliga a todos los políticos, sin importar su edad, a estar alertas, anticipar problemas y mantenerse abiertos a ideas nuevas para resolverlos. Nadie puede permanecer encerrado en un alto cargo sujeto únicamente a su muerte o su propio aburrimiento. Los sistemas de un solo partido, las dictaduras de un hombre carismático o las combinaciones de ambas, como el caso de la Yugoslavia de Tito, son garantía de mentes escleróticas y gobiernos inertes.
Entonces, ¿qué será de Cuba cuando Fidel se vaya?
Muchos observadores describen a Raúl Castro, el hermano menor y heredero designado de Fidel, como una persona pragmática -el “Castro práctico”-. Cuando los espléndidos subsidios soviéticos a Cuba desaparecieron a principios de los 1990, fue Raúl quien se dio cuenta de que la supervivencia del régimen exigía que se hicieran reformas económicas y presionó para que se permitiera la reapertura de los mercados agrícolas privados para impulsar la producción de alimentos y evitar una posible hambruna.
Sin embargo, este es el mismo hombre que, como jefe del aparato de seguridad interna de Cuba, durante muchos años representó los nudillos de un régimen con puño de hierro y es directamente responsable de encarcelar -y frecuentemente torturar- a miles de disidentes. Así, tal vez lo más que se puede esperar sea un experimento tipo Rusia con una liberalización prontamente cancelada por la nerviosa vieja guardia del régimen.
Además, con el apoyo de aliados ricos en petróleo como el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y con el reciente descubrimiento de reservas importantes de crudo en la costa de la misma Cuba, introducir las reformas bien podría ser menos urgente. En ese caso, Raúl podría buscar aferrarse al sistema fosilizado que él ayudó a construir y a mantener con tanta brutalidad.
Pero el propio Raúl es viejo, así que podríamos esperar que algún Deng, o mejor aún, un Suárez surja en última instancia de las ruinas del fidelismo. Pero por el momento, los funcionarios comunistas más jóvenes, como el ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque, siguen siendo ideólogos de línea dura a quienes muchos cubanos llaman “los talibanes”. Si toman el control y se aferran a sus posiciones, Cuba podría enfrentarse a otra larga lección de biología.

Tomado de The Nation.

* Nieta de Nikita Krushev y profesora de Asuntos Internacionales en la New School University. El próximo otoño, la Yale University Press publicará su libro Imagining Nabokov.

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