- oct 29, 2006 • 22:43h
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Lectura de El Quijote en los 70s
“Cuando todos estuvieron dormidos abandonó los libros de texto y tomó El Quijote. No pensaba leerlo completo, era demasiado largo y se trataba de una novela, no podía enseñarle nada de la vida, simplemente necesitaba informarse para polemizar. Leyó varios capítulos, salteados y quedó sumido en una confusión creciente. El héroe resultaba ser un tipo feo, flaco, ridículo, que unas veces daba risa y otras lástima porque siempre estaba equivococado (en realidad no era un héroe, se las daba de héroe) y luchaba por la justicia sin conocer las leyes de la historia, ni tomar en cuenta a las masas, ni las condiciones objetivas y subjetivas, ni la correlación de fuerzas entre explotados y explotadores, y confundía las contradicciones antagónicas con las no antagónicas, las principales con las secundarias, las internas con las externas, porque en el fondo no sabía siquiera qué era la intradicción y por tanto no podía comprender la inevitabilidad de los períodos de acumulación de fuerzas, era incapaz de convertir los cambios cuantitativos en cualitativos, producir el salto y ejercer la negación de la negación sobre el proceso histórico para propiciar el desarrollo en espiral; era, en fin de cuentas, un pequeño burgués (farmacéutico, o más bien, boticario) que no había logrado suicidarse como clase y conservaba su carácter anárquico-individualista pretendiendo tomar la justicia por su mano. Se creía un héroe pero no había en él la más mínima muestra de humildad, sencillez o espíritu autocrítico. ¡Tenía hasta un criado! Todo ello se debía (según confesaba ingenuamen el propio autor) a que una montaña de lecturas mal asimiladas habían enloquecido, y al final, cuando recobraba la cordura, el mismísimo Cervantes recomendaba prohibir aquellos libracos. ¿Y el suyo? ¿No podía también El Quijote hacer un daño incalculable a las nuevas generaciones?”
Jesús Díaz, Las iniciales de la tierra, Monte Ávila Editores, Caracas, p. 259.




Formidable. Tengo que hacerme de este libro.
En el Instituto de la Habana,1960, vino a visitarnos a Gustavo Ventoso y a mi, por aquel entonces creadores del periodiquito estudiantil Vanguardia. De nada valieron sus acertados consejos, pues nos lo cerraron.
Volvi a oir su nombre de nuevo, como fundador de Encuentro.
Talentoso Jesus, en 1960, ya lo sospechaba