castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

exilio

PD en la red

Una necrológica

  • oct 28, 200612:50h
  • + comentarios

Necrológicas uno no siempre escribe las que quiere, sino las que puede, y a veces incluso las que debe. Sin desearle la muerte a casi nadie, lamentando la muerte de casi todo el mundo —y dado el tópico central de este blog podéis imaginar la excepción—, no deja de dolerme el tener que hablar de muertos que en vida fueron buenos cuando es más que evidente que me encantaría hacerlo sobre la muerte de alguien que incluso en sus últimos estertores me sigue pareciendo malo.

Hoy una amiga me ha comunicado la muerte del profesor Leonardo Fernández Mercané, del que fui librero durante muchos años. Habiendo sido Leonardo un hombre bueno es probable que muy pocos puedan identificarlo. Los hombres buenos rara vez consiguen ser recordados tan bien como los canallas. Fernández Marcané fue abogado en Cuba y profesor en los Estados Unidos, escribía sobre todo crítica literaria y daba conferencias. Era uno de esos abogados de la antigua República que tras llegar a los Estados Unidos fue reconvertido en profesor de humanidades, y más en concreto de literatura. Nunca tuvo una gran cátedra, pero fue profesor en numerosas universidades norteamericanas antes de entrar en Miami Dade College. Activo a pesar de su edad, formaba parte de la junta directiva que trataba de reactivar la idea de un Museo Cubano. Había escrito media docena delibros: El teatro de Tirso de Molina, Cuentos del Caribe, Gautier y el romanticismo, La superstición de Martín Fierro, El romanticismo hispanoamericano y La poesía romántica hispanoamericana. La suya no fue una vida de grandes sobresaltos —sólo el común a todos los cubanos de su generación y las siguientes—; su exilio tampoco. Hizó lo que todos, o al menos lo que la mayoría: sobrevivir dignamente en una sociedad que le fue por largo tiempo ajena, superar los resquemores que despertaba su condición de desertor de lo que demasiados consideraban el paraíso socialista, puede decirse incluso que triunfar honradamente en una sociedad muy distinta a la propia. No todo el mundo llega con sólo una maleta, dejando atrás la biblioteca familiar, los recuerdos, el país y logra llegar a enseñar en una universidad norteamericana.

Si Leonardo hubiera dirigido sus esfuerzos al comercio, a lapolítica, o a otras actividades que dieran dinero o poder probablemente también habría triunfado en ellas y su triunfo hubiera sido más tangible, pero prefirió dedicarse a los libros, a la educación y a la memoria, que no es lo mismo que a la nostalgia. Perteneció a la primera generación de exilados y compartió con ésta sus desgracias, esperanzas y triunfo. No es normal que un grupo de inmigrantes logre acceder a la clase media en una sola generación como lo han hecho los cubanos; no es normal que un grupo de inmigrantes transforme su medio ambiente en el nuevo país como lo han hecho los cubanos de la Florida. Leonardo aprendió a desenvolverse en un idioma distinto al propio, consiguió ser profesor universitario en una materia distinta a la aprendida en sus años de estudiante. Mantuvo viva la memoria de sus orígenes sin despreciar ni temer al mundo al que había llegado. Muere dejando como memoria la de un hombre bueno, y su necrológica debiera de ser un triunfo. Pero algo falta para eso. Necrológicas uno no siempre escribe las que quiere sino las que puede, ya lo dije. Conocí mucha gente detrás del mostrador de la librería en que trabajaba. Si he llegado a saber algo de libros, lo he aprendido en mis conversaciones con los clientes. Ana Rosa Núñez era bibliotecaría en la Otto RichterLibrary y tenía anécdotas sobre Amelia Peláez (o simplemente “Amelia”), sobre Lezama, sobre Mañach, sobre Manuel Altolaguirre, que exilado de España tuvo una imprenta en La Habana. No sé el sueldo de las bibliotecarias de la Otto Richter Library pero por alto que sea —y dudo que sea muy alto— no cobran lo suficiente en comparación con el inmenso trabajo que han hecho, conservando todo lo que significa la cultura cubana, construyendo prácticamente desde la nada la mejor colección de libros cubanos fuera de la Isla. Monseñor Gaztelu no hablaba tanto, pero cuando llegas a conocer la historia de la literatura cubana el simple hecho de compartir el mismo espacio que él era ya un honor. Luis Botifoll era banquero y al retirarse, en lugar de jugar al golf, organizó un grupo de amigos para coeditar libros viejos, antiguos, raros y agotados de importancia en la historia de Cuba —como el Cuba y sus jueces de Raimundo Cabrera o el Diccionario biográfico cubano de Calcagno, y así hasta veinte títulos. Armando Couto era escritor radial, había creado Los Tres Villalobos, el programa que encandiló a varias generaciones de cubanitos, y había tenido también una librería especializada en cine y medios de comunicación en La Habana. (Uno de sus más fieles clientes era un jovencísimo Guillermo Cabrera Infante).

Haciendo memoria podría recordar unos cuantos clientes más que dejaron, cada cual a su manera, una marca favorable en el mundo que los rodeaba. Todos los veranos, poco después de puntuar los últimos examenes y asombrarse de nuevo ante el tipo de personas que logran entrar en una Universidad, Miami se llenaba de profesores cubanos regresados del norte que se reunían allí, en la librería, a discutir de libros o de universidades, y era un placer tener de golpe quince o veinte personas bien educadas, bien informadas, discutiendo sobre literatura gauchesca o sobre literatura dominicana, o sobre los cuentos de Lydia Cabrera. Estaba Leonardo, desde luego, pero también Aparicio Laurencio de la Universidad de California en Redlands, historiador iconoclasta y divertido, muerto hace ya varios años de cáncer, y… son ya unos cuantos los muertos. Me alegra pensar que todavía quedan los vivos. Sin embargo todas las personas que he mencionado por su nombre en este artículo han muerto. Y todos sabemos que ese es el final lógico de cualquier vida. Todos han muerto dejando tras de sí cosas buenas —un libro, una obra, una biblioteca, una editorial— y recordarlos, dentro de lo triste, no tendría que ser amargo. Excepto porque todos han muerto en un lugar en el que se habían acostumbrado a estar, en el que la historia les había obligado a estar, pero que no era su primera elección. Puestos a morir y ser enterrados, ellos hubieran preferido hacerlo en Oriente, o en laHabana, o en Sancti Spiritus…

Ahora quisiera agradecerles su firma al final de un libro, la conversación que me dieron, las anécdotas que me contaron, su obra. Dicen que las necrológicas han de ser tristes y esta no ha sido la excepción. Pero les prometo que, con un poco de suerte, la próxima que escriba no lo será.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Publicado en
,
0 respuestas
Comentarios