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Cintio Vitier, colaboracionista

  • oct 16, 200614:39h
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Por estos días conmemoran en Cuba los 85 años de Cintio Vitier. En medio de elogios, distinciones y reconocimientos de todo tipo, el maestro acaba de publicar unas memorias en las que, como en “El violín” (1967) y De Peña pobre (1978), inserta su propio Bildungsroman en la peripecia moral de la Revolución de 1959. No faltan los recuerdos de su infancia en Empalme y de los años de Orígenes, pero tampoco referencias a una historia reciente que incluye la inauguración en Caracas del XIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes y, claro está, los “cinco héroes”: Vitier imagina nada más y nada menos que lo que hubiera escrito Martí sobre ellos. Más de lo mismo, más “sol del mundo moral”, más empalme de la nación con la Revolución, más contribución a una ya larga hoja de servicios intelectuales.

Si a comienzos de los noventa, con el descrédito del marxismo y el auge del nacionalismo, Vitier se convirtió en el ideólogo estrella del régimen, y en 1994 llegó al extremo de recomendar la lectura de Martí a quienes se echaban al mar en busca de mejor fortuna, durante la llamada “Batalla de Ideas” sus intervenciones se han vuelto cada vez más lamentables. En el Centro de Estudios Martianos dijo que el esfuerzo educativo de la “Universidad para Todos” se desbarataba si seguían pasando por la televisión películas norteamericanas que hacen propaganda del american way of life; en poemas como los dedicados al niño Elián y a los cinco espías ha olvidado las enseñanzas de Lezama para ponerse al nivel del Indio Naborí.

No me resisto a la tentación de copiar aquí uno titulado “Ver un pueblo”, fechado el 14 de mayo de 2004 y publicado en Juventud Rebelde el 22 de junio de ese año. Así describe Vitier una de las tantas marchas populares convocadas durante la “Batalla de Ideas”:

Ver un pueblo marchando junto al mar,
con los niños en hombros de sus padres,
con las niñas de mano de sus madres,
con los brazos clamando como el mar,
ver un pueblo-bandera en el ondear
de sí mismo avanzando por la historia
que es la calle sencilla de su gloria,
de su barrio ensanchado por el mar,
ver un grito de seres cotidianos
que se alzan al cielo engrandecidos
por la luz de la patria, convertidos
en un ejército de soberanos,
ver un pueblo, mi pueblo, una mañana
enfrentando el infierno del vacío,
llegando al horizonte como un río,
volviendo a su casita, a su jarana…
Ser un pueblo marchando junto al mar.

En estos versos, que parecen escritos por un mediocre poetastro más que por el autor de “Noche intacta. Hojas”, Vitier toca fondo. El “infierno del vacío” es, desde luego, el imperialismo norteamericano, aludido con términos semejantes en otro significativo poema donde la mala poesía alcanza a traducir a la perfección el maniqueísmo kitsch del discurso oficial. Por un lado, “el imperio” sólo “concibe mercancías”, “sacrifica a sus poetas” y se coloca “en las puertas del infierno”; del otro, “una islita dice no”.

Es justo en virtud de esa resistencia al imperialismo convertida, después de la desintegración del campo socialista, en la principal baza de la propaganda del régimen cubano, que Vitier ha entregado un cheque en blanco a la dictadura. En la carta que publicó para apoyar la reforma de la Constitución con la que en junio de 2002 el gobierno respondió al Proyecto Varela, el diputado por Bayamo dejó claro que no defendía un sistema político, que siempre puede ser corruptible y desvirtuarse, sino la continuidad con los mayores, con Bolívar y Luz, el antimperialismo como “nuestro destino manifiesto.”

Entrevisto por su discípula Rosa Miriam Elizalde, insistió en que “Cuba es el único país que ha asumido el antimperialismo, y eso es por Martí”. Y es justo el reconocimiento de esa asunción lo que lo lleva, aun consciente de que “la política no es el reino de los valores absolutos”, a apoyar incondicionalmente el referendo que determina la irreversibilidad del socialismo en Cuba. Para Vitier, apenas importa lo que el gobierno haga, cuánto reprima los derechos de la gente y destruya la economía del país, mientras asuma el antimperialismo martiano.

Según el ideólogo del “período especial”, ha llegado la hora de desarrollar por fin ese “proyecto realmente cubano” antes frustrado por la injerencia de Estados Unidos en 1898 y por la alineación con la URSS en los setenta. Su contribución a esa empresa será destacar la originalidad autóctona de la Revolución, retomando los argumentos centrales de Ese sol del mundo moral y de Lo cubano en la poesía. “Cuba es la Revolución” y “La poesía es inmanentemente antimperialista”: este par de perlas que Vitier suelta en la entrevista con Elizalde están íntimamente relacionadas. De ambas ecuaciones se deduce aquella otra según la cual Cuba es la poesía: la misma identificación de lo cubano y la poesía que subyacía a las conferencias del Lyceum.

Vitier no sólo le ha entregado su voz a la Revolución, ésta ha venido a darle cuerpo al fundamentalismo poético que anima su pensamiento desde que, siendo muy joven, quedara fascinado con la Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea. Haciendo coincidir el país invisible con el aparente, para Vitier la Revolución ha constituido, después de la desintegración “moderna” de la República inauténtica, una especie de nueva Edad Media que, como aquella profetizada por Berdiaef, viene a restaurar la comunidad espiritual. Consecuencia extrema de semejante filosofía de la historia, su celebración de la Batalla de Ideas no es sino el término monstruoso a donde puede conducir una búsqueda espiritual que se desinteresa de aquello que, como la democracia liberal, tiene lugar en niveles más prosaicos y evidentes.

“Cuando uno mira a su alrededor, no ve nada semejante”, dice Vitier a propósito del “desarrollo del pensamiento y la conciencia a nivel popular” en que consiste, según él, la susodicha batalla. “No creo –añade– que sea excesiva confianza en mi propio pueblo, en mi propia historia, pero en este momento no hay otro país que tenga más luces –como se decía en el siglo XVIII, la luz no sólo en la mente científica, sino en la vida espiritual. El mundo está viviendo una general decadencia espiritual.” (“Revolución es la sustancia misma del país”, Juventud Rebelde, 14 de julio de 2002.) Y tres años después afirma: “En la quijotesca Batalla de Ideas que se sigue librando hoy en Cuba frente al gobierno torpe y sordo de los Estados Unidos (…) como lo previera José de la Luz, la defensa de la latinidad es nuestra defensa de la identidad.”(Sonia Sánchez, “Premio de la Latinidad para Cintio Vitier”, Granma, 15 de mayo de 2005).

La percepción apocalíptica de la decadencia de Occidente, junto a un nacionalismo de estirpe católico-arielista, garantizan la legitimación espiritual de la pedagogía nacional-socialista. Ahora es el posmodernismo, antes era el existencialismo, ambos rechazados como manifestaciones de la decadencia moderna esencialmente ajenas a nuestra identidad nacional. Las mismas ansias de renovación espiritual, el mismo nacionalismo “antimoderno” que ha condicionado el pensamiento de Vitier desde los años 50 preside ahora unas intervenciones públicas donde el perfil del sabio despistado se confunde con el del nostálgico religioso entregado al más vulgar cesaropapismo.

La ridiculez que entraña semejante sublimación de una campaña tan ordinaria e intrascendente no escapa a una paradoja fundamental: el antiintelectualismo de Vitier termina aislándolo definitivamente de la realidad cubana; sus ansias de luz espiritual lo conducen directo al oscurantismo. Como evidencian los escritos reunidos en Resistencia y libertad, en los que descalifica la crítica intelectual en nombre de la originalidad americana, su pedagogía no es heredera del siglo XVIII, sino de la reacción antiilustrada. Más que de Guillermo de Baskerville, Vitier está cerca de Jorge de Burgos, aquel sombrío bibliotecario ciego imaginado por Umberto Eco en El nombre de la rosa. Si éste llega al crimen por preservar el dogma que garantiza que sólo el espíritu sople dondequiera, el guardián de la palabra martiana y de la eticidad cubana ha llegado a legitimar con ellas los crímenes y desmanes de la dictadura castrista.

Duanel Díaz
Madrid

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