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Otro 10 de octubre

  • oct 10, 200609:52h
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Todo empezó en una propiedad que Carlos Manuel, varón de la familia Céspedes y del Castillo, había comprado a su hermano unos meses antes de aquel 10 de octubre del año 1868 al precio de 81 000 pesos o, lo que era igual, a 163 076 escudos.

Se trataba de un terreno elevado en el cuartón de Punta Piedra, por el partido de Yaribacoa, en la región de Manzanillo. Estaba registrado con el nombre de La Demajagua y en él sobrevivía la familia del propietario y alrededor de una docena de esclavos. Negros, por supuesto.

En la fecha citada, el valiente cubano suscribió una encendida proclama donde hacía votos por la libertad y renunciaba a la tutela de sus esclavos. Ese desprendimiento, junto a otros de mayor costo filial, le ganó al patricio el título de Padre de la Patria.

Ni las objeciones de los jóvenes abogados-guerreros del centro por no plasmar en ley su decisión, ni los reproches por concentrar el mando o asir con urgencia algunos puntos de vista del septentrión moderno, desmerecieron el bautizo.

De aquel gesto en La Demajagua, esa Filadelfia criolla que hoy visitan pioneros y turistas insólitos, aseguran que queda un par de ruedas de cuatro y tres ejes, una campana y ciertas nubes.

El 10 de octubre de 1968, cien años después de aquellos campanazos rebeldes, Fidel Castro aseguró que Céspedes hubiera sido como nosotros, al igual que nosotros hubiéramos sido como él. Lo que es rotundamente cierto, en algunos sentidos.

Emilio Ichikawa
Miami

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