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La mediocracia intelectual

  • sep 29, 200616:01h
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Mercedes Santos Moray alaba en la prensa un pretencioso libro de ensayos de Virgilio López Lemus, mientras a Ana Cairo se le dedica en el Instituto del Libro una sesión de “El autor y su obra”. Laidi Fernández de Juan es ya una “prominente” escritora con sobrados méritos para conformar jurados de concursos literarios. A Carilda Oliver Labra se le dedica la Feria del Libro.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes entra a la Academia Cubana de la Lengua; antes lo ha hecho Rogelio Rodríguez Coronel. Pero, ¿quién preside la Academia? No otro que Lisandro Otero. (En un obituario de Susan Sontag, Otero llegó a afirmar que la ensayista norteamericana había “acuñado” el “neologismo” de “camp”, disparate que equivale a decir que Broch acuñó el kitsch o McDonald el midcult).

El decano de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana —encargado, por cierto, del elogio de Otero en ocasión del Premio Nacional de Literatura— combina mediocridad y oportunismo a partes iguales. Su trayectoria de estudioso evidencia un sintomático corrimiento desde la ortodoxia marxista de los 70 y 80 a las estratégicas “aperturas” nacionalistas de los noventa. Si en La novela de la Revolución Cubana (1986) Rodríguez Coronel criticó duramente Adire y el tiempo roto de Manuel Granados, alegando que sobrevaloraba el papel de la raza y no representaba sino un “caso patológico” dentro de la Revolución, en su siguiente libro, publicado en 1998, incluye algunos estudios de comienzos de los 90 dedicados a la literatura afrocubana. En aquel panorama no había espacio para Sarduy, quien había sido descalificado por maitres à penser como Ambrosio Fornet y Fernández Retamar, pero ahora su obra narrativa es recuperada, en una conferencia leída en la Casa de las Américas, como una “intensa indagación sobre lo cubano”.

Lo mejor del libro de Rodríguez Coronel, por lo justo, es el título: Crítica al paso. Si de los posgrados del catedrático en la URSS salieron unos lamentables amagos de teoría literaria marxista, en estas ponencias leídas en Berlín o Panamá hallamos, como cogidas con alfileres, las citas de algún teórico de moda mal digerido.

El síndrome de la ponencia —y también el de la última moda teórica— aqueja, por cierto, a no pocos ensayistas cubanos que alguna vez fueron considerados “promesas”. Ese es el caso de la talentosa y excelente profesora Luisa Campuzano, uno de cuyos libros se titula Quirón o del ensayo y otros eventos. Tienen los viajes y alguna cuota de poder, pero los intelectuales orgánicos de la dictadura pagan esas prebendas en su obra, pues la autocensura, la servidumbre y el clientelismo limitan considerablemente.

¿No es significativo que toda la obra ensayística de Retamar posterior a 1959 sea dispersa y fragmentaria? ¿Que de sus libros de ensayo los únicos verdaderamente orgánicos son los dos estudios que escribió antes de la Revolución: la tesis sobre la poesía moderna en Cuba y el repaso de las corrientes de la estilística? Luego, ensayos sueltos, notas, ponencias. Calibán y su saga, donde Retamar discretamente va soltando, como un lastre cada vez más inconveniente, la artillería estalinista que en el panfleto original enfiló contra Borges y Fuentes.

Y si ese es el caso de Retamar, qué decir de los menos talentosos. Leyendo las revistas culturales de la Isla, a veces parece como si regresáramos a la chatura de los 70. Entonces, los mejores fueron silenciados y muchos mediocres pudieron publicar a sus anchas. Ahora, fugada por la válvula del exilio aquella efervescencia de los ochenta plena de ingenuas ilusiones de perestroika, sólo queda un páramo donde pululan los mediocres. Cabe repetir, entonces, aquella frase de Nietzsche que Lezama hizo suya más de una vez: “el desierto crece”.

Y crece bajo la apariencia de oasis de la apertura cultural e ideológica. No se exige ya, como en los tiempos del dogmatismo, la adhesión total y siempre renovada de los rapsodas; se diría que basta ahora con un apoliticismo de base aderezado con dos o tres críticas más o menos inofensivas, aunque algunos de los que han acaparado espacios en este contexto poscomunista siguen dispuestos a usar determinados resortes políticos en su afán por legitimarse. Recordemos, por ejemplo, el elogio, entre ingenuo y oportunista, del apologético documental de Oliver Stone sobre Castro que hizo Rufo Caballero en La gaceta de Cuba.

Que semejante traficante de falsas novedades pase como el non plus ultra de la “culturología” y que bodrios suyos como América clásica y Sedición en la pasarela sean elogiados en las revistas especializadas no es sino otro claro índice de esa mediocracia intelectual aupada por las instituciones de la Isla.

Duanel Díaz
Madrid

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