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Dos falacias paralelas

  • sep 18, 200618:33h
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Los recientes comentarios de Rosa Miriam Elizalde y Rafael Hernández sobre la situación cubana ilustran sendos tópicos a los que suelen recurrir los intelectuales de la dictadura. Por un lado, la convocatoria al descubrimiento de la Cuba profunda; por el otro, la afirmación de la existencia de una sociedad civil, aún insuficiente pero garante de cierta participación democrática.

Cuando, siguiendo el consejo dado por Juan Ramón Jiménez en el prólogo a La poesía cubana en 1936, Elizalde llama en El Mundo a mirar “isla adentro”, en sus palabras resuenan desde luego aquellas de María Zambrano sobre la “Cuba secreta”, a las que la periodista de Juventud Rebelde, discípula confesa de Vitier, ha apelado más de una vez. Sobre el hecho significativo de que la gran pensadora malagueña, defensora de la República española y ligada sentimentalmente a Cuba desde la década del 30, jamás haya apoyado públicamente al régimen de Castro, ni maestros ni discípulos han aportado explicación alguna. Un denso silencio sobre la cuestión se percibe en las cartas cruzadas después de 1959 entre Zambrano y el matrimonio Vitier-García Marruz.

Pero la dicotomía idealista de la Cuba aparente y la secreta, semejante a la antinomia entre el “país superficial” y el “país profundo” señalada por el argentino Eduardo Mallea, ha servido a algunos ideólogos del régimen castrista, recicladores del nacionalismo origenista ante la súbita inutilidad de los manuales soviéticos, para velar aquella otra dicotomía, esta sí fundamental, entre la Cuba real y la de la prensa oficial. Enrique Ubieta, por ejemplo, afirmaba a propósito de Suite Habana que “los que sólo ven casas maltrechas, viejos carros y rostros apesadumbrados no entienden esta ciudad, este país único. No conocen las claves humanas, individuales y colectivas, de la resistencia, de la creación.” Y ahora dice Elizalde a los lectores españoles que la “cotidianidad esencial de la isla” es que todos aman a Fidel y temen su muerte, y que para los cubanos “no tiene ningún atractivo la famosa noción del pluripartidismo”. “No hablo por todos los cubanos, pero camino las calles, sufro las colas y comparto las luces y las sombras de este país como cualquier hijo de vecino”, aclara esta muy particular cubana de a pie que, para presentar un libro dedicado a descalificar groseramente a los opositores cubanos, ha viajado medio mundo.

Ahora bien, si gente como Ubieta y Elizalde (oficialistas al punto de escribir en Granma y Juventud Rebelde, poéticos al extremo de seguir a Vitier y a García Marruz), gustan de los esencialismos que trasmite el tópico de la “Cuba secreta”, los científicos sociales, aquellos que manifiestan en revistas especializadas una posición más crítica, prefieren en cambio reflexionar en torno a la “sociedad civil”. Rafael Hernández, Aurelio Alonso y Fernando Martínez Heredia, siquitrillados una o más veces en los casos de Pensamiento crítico y del CEA, han echado mano de Gramsci para articular una crítica del estalinismo y, de forma más moderada y eufemística, de los errores del socialismo cubano, solicitando de paso una mayor intervención de los intelectuales en la vida pública. Menos dogmáticos que los marxistas de la vieja guardia como Portuondo y Mirta Aguirre, aunque también menos inteligentes y cultos, estos intelectuales revolucionarios reunidos en Temas tienen en su crítica dos límites evidentes: el que marca los escasos lectores de la revista, y el que marca la defensa del régimen a pesar de sus errores pasados y presentes.

Así, Hernández, entrevistado por Mauricio Vicent, afirma que Estados Unidos nunca ha sabido cómo “lidiar con el nacionalismo cubano”, como si este no hubiera cambiado en nada desde 1959 hasta hoy, y reconoce que la “gente de abajo” puede participar en las decisiones “menos de lo que debería”. Aunque asume una perspectiva mucho más distanciada que Elizalde, coincide finalmente con ella cuando destaca que “la forma en la que Fidel se ha relacionado con el pueblo” no es la de un simple presidente y señala que su liderazgo carismático ha contribuido a un “consenso”.

Hernández parece no advertir que justamente esa forma “directa” de relación entre el líder y su pueblo determina una sociedad en la que no hay un más allá del gobierno y, por tanto, no cabe la existencia de una auténtica sociedad civil. Alguien que autoriza su discurso desde las ciencias sociales debería ser capaz de percibir esto mejor que nadie, pero no es sólo, ciertamente, falta de luces lo que hay detrás de las declaraciones de Hernández sino un claro propósito de enmascarar la realidad, que se hace evidente cuando, citado por uno de los castristas españoles de Rebelión, afirma que Cuba “es un país donde las fuerzas del orden tienen uno de los niveles de actuación coercitiva de más bajo perfil”.

Poner consenso donde hay represión ha sido siempre la tarea fundamental de la ideología. Y en ello los poéticos y los científicos, los de Juventud Rebelde y los de Temas, se encuentran sin dificultad. Salidas de un mismo tronco viciado, la Cuba secreta y la Cuba civil, no son sino dos fábulas ideológicas que intentan suplantar el mundo verdadero, duro y desnudo, de la dictadura castrista.

Duanel Díaz
Madrid

Ilustración © Arturo Cuenca

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