- sep 11, 2006 • 11:15h
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Hace ahora ochenta años, el escritor ruso Borís Pilniak escribió un relato que resultó decisivo para su posterior fusilamiento por el NKVD el 21 de abril de 1938. No conozco la traducción al español de ese relato, lejana lectura que hube de recordar en los días posteriores a la aparición de la “Proclama de Fidel Castro al pueblo de Cuba” anunciando la delegación “con carácter provisional” a que lo obligaba una “crisis intestinal aguda con sangramiento sostenido”.
Una furtiva y desganada nota a pie de página de un libro que relata los días de Pilniak en la Lubyanka< informa que el relato fue traducido al español como “La muerte del Comandante en Jefe”. (Rastreo ahora catálogos de bibliotecas con la débil intuición de que el autor de la traducción fuera el catalán Andreu Nin, otra víctima de la represión comunista, pero no encuentro huellas. Ya se sabe: en esta materia siempre cuesta encontrar huellas.)
Sin embargo, en ruso, en la precisa y nada apacible lengua rusa de Pilniak, el relato se titula “Rasskaz o Nepogoshonnoi Luny“, “Relato acerca de una incombustible Luna”, en una metafórica alusión a la inmortalidad simbólica de los mitos revolucionarios, cuya realidad se ha ocupado de validar con creces el mercado en el caso de Ernesto Guevara, llamado “Che”.
El relato de Pilniak fue escrito el mismo año en que nació Fidel Castro en Birán, en el Oriente de Cuba, y es un roman à clef. Recrea una de las tantas intrigas palaciegas que salpimentaron —hubo sal y pimienta; también, y más, cal viva— los años de transición del leninismo al estalinismo, cuando Mijaíl Frunze, célebre y carismático Comandante en Jefe del Ejército Rojo, fue forzado por Stalin a operarse de una úlcera sangrante en el estómago. La operación era innecesaria —la úlcera ya había cicatrizado cuando Frunze entró al quirófano—, pero nadie se atrevió a discutir la orden de Koba. Las secuelas que la intervención dejó en Frunze, éstas sí profusamente sangrantes, lo llevaron a la muerte facilitando así la, digamos, transición hacia uno de los regímenes más sangrientos —más furibundamente hemorrágicos— que conoció el pasado siglo. Su nombre, el de Frunze, perduró en mil escuelas y fábricas de toda Rusia. También en la célebre Academia Militar de la que se graduó buena parte de la oficialidad cubana de más alto rango. Incluido aquel Arnaldo Ochoa que Raúl Castro se encargó, diligente, de llevar al paredón.
Me ha alegrado que la hemorragia de Castro me recordara aquel relato, porque he vuelto a leer a Pilniak y, de paso, he revisado los materiales de su proceso en Moscú y otros conexos. Pero no me ha alegrado tanto que la noticia me condujera a una historia de dictaduras y hemorragias intestinales que no acabara ni con las primeras ni con las últimas. Una historia que cuenta el final de su protagonista, a la vez que sentencia a su autor.
Pero la memoria, ya se sabe, no es materia domesticable. Y sus caminos conducen, como todos los que pasan por la literatura más genuina, a pensar en el silencio o la muerte.
Ese Fidel Castro, candidato a “Luna incombustible”, que se marchó sin haberse ido en realidad ha generado un escenario tan insoportablemente ridículo, que parece urdido por ese duende de la excepcionalidad cubana que nos persigue desde siempre.
Francamente, no son buenos días para los cubanos. Ni para las víctimas en el exilio, cuyas manifestaciones de alegría han sido censuradas desde la miopía y el desdén, ni para las víctimas en Cuba, que, me cuentan, comienzan a desarrollar una imbécil piedad hacia el hemorrágico líder, que jamás mostraron por los fusilados, los presos o los exiliados. (Parecen ir a una con Natascha Kampusch, considerando a su raptor un tipo complejo y entrañable.)
Continúo, como desde los primeros días, sin descubrir razones políticas para el entusiasmo. Ni razones de ninguna otra índole. Salvo la dudosa alegría —que me acompañó siempre— de saber que Fidel Castro iba a acabar muriendo. Bien visto, alegrarse de lo obvio me convierte, nos convierte, en reo(s) de la peor voluntad para hacer historia.
El relato de Pilniak acaba con una niña que, celebrados ya los funerales del Comandante en Jefe, intenta apagar la luna que, pálida y terca, se empeña en seguir iluminando el paisaje. Doce años después fusilaron a Pilniak.
Alguien lo lee hoy y busca a esa niña entre las pioneritas que celebran un cumpleaños de Fidel Castro. Las esperanzas son escasas. Mas, ¿quién sabe?
Jorge Ferrer
Barcelona



