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Fascismo con rostro humano (III)

  • sep 05, 200609:15h
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La Revolución, suprema obra de arte

En uno de sus ensayos más conocidos, Walter Benjamin afirma que la política como teatro grandioso, más que como debate y transacción, no era simplemente la trampa del fascismo, sino su esencia misma. Es habitual observar, a propósito, que las concentraciones del Partido Nazi en Nüremberg, con su calculada combinación de discurso declamatorio, música hipnótica, coreografía masiva e iluminación teatral, encontraron su modelo en las grandes producciones operáticas de Bayreuth. No es casual, entonces, que la crítica del fascismo como teatro ilusionista —que se encuentra también, según una posible lectura, en el relato Mario y el Mago de Thomas Mann— aparezca de algún modo prefigurada en las arremetidas de Nietzsche contra Wagner, y que la wagneriana “obra de arte total” sea la expresión máxima de la “religión de la belleza” del romanticismo, en la que Broch encontraba el caldo de cultivo de ese “mal radical” que encarnó en el “kitsch sangriento” y el “kitsch de sacarina” de la Alemania hitleriana.

Totalitario al fin y al cabo, también el comunismo capitaliza el componente estético de los actos masivos, como se aprecia especialmente en el caso de Rumanía, el más fascistoide de los regímenes de Europa del Este. También en los países comunistas la sociedad se uniforma y militariza mientras el Estado intenta superar la separación moderna entre lo estético y el mundo de la vida, canalizando políticamente la energía erótica de lo que Carlos I, al reprimir a los comuneros castellanos, llamó “la gran serpiente plebe dotada de miles de cabezas”. Monstruo plebeyo convertido en caballero patricio desde el momento en que la Revolución se vuelve el único título de nobleza, la única denominación de origen reconocida, el solo icono aceptado por la iconoclastia jacobina.

En Cuba, la estetización totalitaria de la política está ya implícita en la idea, compartida con los ideólogos del régimen por muchos fellow travelers extranjeros, de que la verdadera obra de arte es la Revolución misma. Aunque en principio implica la noción del pueblo como agente, a un tiempo sujeto y objeto de la transformación revolucionaria, parece evidente que este tópico no puede sustraerse del todo a la concepción goebbelsiana del político como artista y las masas como la materia prima a la que aquel da forma. En El socialismo y el hombre en Cuba, Guevara distingue claramente entre “las masas” y un “grupo de vanguardia” ideológicamente “más avanzado”. Mientras en las primeras “se produce un cambio cualitativo que les permite ir al sacrificio en su función de avanzada, los segundos sólo van a medias, y deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad; es la dictadura del proletariado ejerciéndose no sólo sobre la clase derrotada, sino también individualmente sobre la clase vencedora.”

La celebración de la Revolución como obra de arte expresa también el deseo de trascender la diferencia entre el artista y el resto del pueblo, lo cual, como se sabe, termina propiciando un arte académico y kitsch. Si la verdadera obra de arte es la Revolución, los que la forjan con su trabajo y su sacrificio son los “verdaderos artistas”: por un lado el pueblo, por el otro el héroe, la otra cara de la moneda. Y no hay espacio, desde luego, para un arte al margen de esa totalidad “revolucionaria”; el arte en sentido estricto no puede entonces ser sino suplemento de aquel otro arte original, sea bajo la forma de canto lírico o del reflejo épico-novelesco.

Comprender la Revolución como obra de arte significa, además, señalar su fundamental diferencia de la sociedad civil y la democracia representativa. Si esta se compone de un parlamento tradicional, aquella es la “democracia directa” que Sartre elogió después de asistir fascinado a los discursos de Castro y sus conferencias con la gente de pueblo. Precisamente una de aquellas ocasiones, el acto masivo con que el gobierno revolucionario respondió a la expulsión de Cuba de la OEA, fue registrado en un importante documental de Tomás Gutiérrez Alea titulado Asamblea general.

Las cámaras, repartidas en medio del tumulto concentrado en la Plaza de la Revolución, captan la vitalidad de la multitud que vibra al compás del líder, en contraste con las imágenes de los cancilleres, gordos y con espejuelos, de los países americanos. A esos representantes diplomáticos insta Fidel Castro a reunir a sus pueblos, como hace él en esa Asamblea General Nacional en que, con evidentes reminiscencias teatrales de la Revolución Francesa, se declararon unos muy curiosos “Derechos del hombre latinoamericano”. Y es justo la apoteosis popular de aquel acto —el más multitudinario celebrado hasta entonces en Cuba—, el enthousiasmos donde la masa consagra sin mediaciones a las nuevas divinidades, lo que muestra el documental de Gutiérrez Alea, que recoge la voz de gente anónima como esa mulata que grita, histérica: “Con la Revolución y con Fidel hasta la muerte”.

Después de todo, aquella fanática tenía razón; era la muerte la que venía disfrazada en la explosión de júbilo de entonces, el “mal radical” —el mismo que Broch descubre en el kitsch y sus manifestaciones fascistas— gestado en el triunfal recorrido de Castro desde la Sierra Maestra hasta La Habana. En su sancta simplicitas, esa mulata de Asamblea general recuerda a los estudiantes que en la Colina Universitaria enterraron simbólicamente al Diario de la Marina sin darse cuenta, los muy ingenuos, que se estaban enterrando a sí mismos.

Duanel Díaz
Madrid

[Primera y Segunda Parte de este artículo]

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